Apostilla a la represión


Las hirientes imágenes de los desalojos en la Plaza de Catalunya, justo en esa álgida bisagra de la sociedad-espectáculo (Primavera Sound a un lado, Champions League al otro), remiten incesantemente a las vinculaciones entre poder i violencia. Poder estatal i violencia policial, en este caso. Sin embargo, por muy primitivistas que sean esas imágenes, por muy “ancien regime” que suponga esa expresión de brutalidad desaforada y uniformada -aunque no legalmente identificada-, es necesario recordar que no nos hallamos en una sociedad disciplinaria. El uso de la fuerza intimidatoria que emerge en situaciones como esta no es pero un elemento articulador de lo que podríamos llamar la praxis institucional cotidiana. De hecho, la ineficacia, grosería y burda fascinerosidad de estas acciones sólo dan a entender lo poco “preparados” que están realmente los poderes para ejercer la disciplina: el poder espera y desea otro tipo de relación con la masa que lo sustenta, y cuando se lanza al lodazal de la represión, se muestra a sí mismo como el típico hombre de negocios brabucón al que un exceso de alcohol convierte en peligro público: sí, se muestra violento, pero sus acciones, lejos de contribuir a sustentar su posición de poder, le sumergen en el descrédito. No vivimos en una sociedad disciplinaria, sino, como decía Deleuze, en una sociedad de control. En ella, la violencia es, tiene que ser, para resultar efectiva, simbólica, abstracta. Esa misma violencia que se ha estado ejerciendo durante años y años y ante la cual prácticamente nadie había reparado. La violencia explícita de las sociedades disciplinarias crean nuevos hombres. La violencia abstracta, elíptica, de las sociedades de control, sencillamente los desplaza, los ubica allí donde deben estar y, después, los elimina.

“La orden, la voz de mando, la consigna vertebra las sociedades disciplinarias, pero la espina dorsal de las sociedades de control es la contraseña, la cifra, la clave de acceso. En las sociedades disciplinarias el hombre está encerrado; en las de control, hipotecado. A diferencia de la disciplina, el control no es reinsertivo sino que opera por exclusión, es excluyente, y el «castigo» que impone no permanece ligado a un cuerpo y a un lugar —las sociedades de control son en extremo tolerantes con las anomalías que no obstante señalan— sino que se agota en el no-lugar del tránsito. Ser apartado, pasar a otro espacio de «tolerancia» vigilada es la «pena» impuesta a los hombres que ponen en peligro el nicho en el que están: pasarán a otro nicho y poco más, pues en ninguno encontraran resistencias correctoras que intenten devolverlos a la «normalidad» de procedencia. En las sociedades de control no se cura ni se reforma a los hombres, se les distribuye, facilitando su dispersión y, en última instancia, su desaparición.” (Deleuze, G: Post-scriptum a las sociedades de control)


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Una respuesta a “Apostilla a la represión

  1. Las almas post-post-post- (pasadas de rosca) están devastadas, y aquí hay un paralelismo, en el sentido de Spinoza, con el espacio. Se han vaciado, desconchadas como ostras, y el paisaje psíquico es lo más parecido a estos neoprimitivismos que sufrimos especialmente en las urbanizaciones periféricas, aunque se hayan extendido los destrozos hasta los centros urbanos: pero para ellos no existe la crisis económica, siempre les quedará el impuesto reaccionario. Para un alma el gravamen pudo ser esquivado años atrás por esa celebración hilarante de lo efímero que fue la postmodernidad, pero yo no me creo que estar devastado, igual que a una manzana no le debe gustar verse reducida a escombros duraderos, sea motivo de satisfacción. Aún así lo prefiero al maquillaje, al afeite y el adorno que esconden medio quilo de mierda en las tripas.
    Salut amic meu, ens trobem d’aquí a poc, espero!
    Xavi

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