Tierra quemada

(Publicado el 17 enero del 2011 por sigueleyendo)

De mica en mica, doncs res

-Todo esto que ves, hijo mío, un día será tuyo.
-¿El qué? ¿Las cortinas de la ventana?

The Tale of Sir Lancelot;
Monty Phyton and the Holy Grial

Vamos a hablar, como diría Perec, de especies de espacios. Espacios autistas y espacios depresivos. El contexto actual invita a ciertas consideraciones sobre desastres socioeconómicos y la consiguiente emergencia de espacios inhabitables.

Porque, no nos engañemos, las legislaciones y los martillos neumáticos están haciendo de la misma noción de espacio algo bastante precario, cuando no directamente sulfuroso. Paradójicamente, el espacio se convierte en algo fundamentalmente incómodo. Pongan si lo desean el calificativo “urbano” a continuación y verán cuán lejos estamos de discutir sobre una inofensiva abstracción euclidiana. Aún más paradójicamente, parece que el espacio urbano se ha quedado sin sitio.

Pero no nos precipitemos. Vayamos d(espacio). Ya por los setenta, los efluvios algo hiperventilados de la postmodernidad nos dejaron el legado de los no-lugares: la sociedad tardocapitalista había desarrollado tal nivel de laxitud que había encontrado incluso la forma de hacer realidad la utopía. Realidad muy común.

En efecto, el “u-thopos” griego se trasladaba con una pasmosa literalidad al contexto contemporáneo y se ubicaba en esos grandes, asépticos e impersonales espacios en los que residía el aquí y ahora de la sociedad posthistórica, convertida en un amasijo de situaciones de tránsito, anonimato y consumo transparente: aeropuertos, centros comerciales, zonas de paso en medio de la nada.

Nacía el no-lugar y con él la no-música (piensen en el Music for Airports de Brian Eno) e incluso el no-individuo, sustituído por flujos de partículas circulando en un mayor o menor desorden, cuyo perfil identificativo no era tanto aquello que hacían sino allí por donde pasaban (ellos mismos o sus tarjetas de crédito). Una curiosa entelequia: espacios cerrados que invitan al tránsito y hacen olvidar que existe un mundo exterior del que se diferencian.

El no-lugar, como una marisma en la que la civilización se hubiera estado relajando calmosamente hasta llegar a su feliz disolución, daba la bienvenida a lo que después avispados como Baumann han tenido a bien de llamar sociedad líquida.

Sin embargo, por muy extraño que parezca, eso fue hace ya mucho tiempo, en una galaxia muy lejana. Si algo nos ha enseñado la postmodernidad es que, al no existir ya la historia, ésta puede retomarse en cualquier punto sin obligación de respetar ningún raccord narrativo. La historia convertida en un fenómeno ambient.

E incluso puede tomarse en un punto anterior a sí misma. O sencillamente ajeno, Y ahí estamos. Tomemos nota de la manera en como se resquebraja la anatomía del espacio urbano que nos rodea: el resultado de esa lógica mercantil profundamente depresiva basada en la correlación euforia-hundimiento ha llevado a la proliferación de ruidosas promesas urbanísticas transformadas en silenciosas pesadillas.

Por un lado, la falta de liquidez económica paraliza las maquinarias y deja el espacio destripado en un estadio de suspensión; por el otro, la falta de liquidez mental hace a las máquinas aún más estúpidas y convierte el espacio atestado en un lugar hostil: allí donde primero hubo algo y después el proyecto de otro algo mucho más lucrativo que iba a sustituir al anterior, ahora no hay sencillamente nada, o algo sencillamente inhabitable.

Solares, espacios estériles, desiertos cercados por carteles en los que reza “trabajamos en obras de mejora” -lo cuál supuestamente sirve para explicar por qué todo parece haber empeorado-, calendarios polvorientos, plazas descorchadas y cercenadas en cada uno de sus puntos cardinales. La hipertrofia del capitalismo nos ha trasladado no ya a la post-historia, sino quizás a una pre-historia, a un tiempo atávico en el que el espacio era un concepto sórdido jamás pensado para que un ser humano pusiera los pies en él.

Hemos pasado de los no-lugares a las tierras de nadie. Y con ello, de la sociedad líquida a una especie de sociedad gaseosa. Puesto que este espacio no parece ya existir para ser ocupado (ni okupado), ni siquiera transitado. Si no más bien observado desde la óptica de un sujeto que ya no aspira a confundirse con el flujo de los demás sujetos disolutos, sino a evaporarse en el aire y desaparecer con el resto de cosas volátiles. Haría falta ser un mineral gaseoso para hallar cobijo en una tierra que no quiere ser poblada.

El espacio urbano, en una especie de cruel giro, se convierte en algo que expulsa toda posibilidad de ser-ahí, como diría Heidegger. Se dice que en este mundo no se puede vivir. Siendo más exactos, tendríamos que decir que en este mundo ya no se puede existir. Como diría Barón Rojo: “tu nombre no existe / dejaste el redil / y en tierra de nadie / tendrás que vivir”.

Cierto es que la topología de los no-lugares implicaba una cierta disminución de todo aquello que asociamos a la individualidad, a la autenticidad del nosotros como entes pobladores. Sujetos transformados en intervalos, en situaciones disipadas. Pero al menos aún podía esgrimirse el argumento de que se trataba de una transmutación. Nos acostumbraríamos a la sinuosidad del río. Triunfarían Heráclito y Nietzsche por encima de los engorrosos racionalistas con Parménides y Platón a la cabeza.

Pero el advenimiento de las tierras de nadie implica la derrota de todo y el triunfo de nada. La clausura de toda posibilidad, de toda habitabilidad. Haber conseguido que una calle se convierta en un vacío sin sentido, que una manzana de casas sea una permanente visión de un tiempo no humano. Que una plaza se alce como un monstruoso primordial lovecraftiano amenazando con deglutir todo atisbo de deriva humana por sus dominios de acero y parterres inalcanzables.

Quizás la rueda consiguió expulsar el mito de nuestro pensamiento. Pero el ladrillo (y su cobarde huída) ha conseguido expulsarnos a nosotros y situarnos en un vacío en el que no hay ni pensamiento ni mito. Una tierra de nadie como un frío y distante planeta de suelo impracticable y atmosfera venenosa. Y, a pesar de ello, parece que la única alternativa sea evaporarnos en ella. Ni siquiera tendremos ya el recurso de aguantar la respiración.

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