Carmen Pollock o el franquismo abstracto

De vegades les coses surten com surten i quan surten. Així, sens més. Sense cap premeditació ni cap quadern de bitàcora previ, la confluència de dues patologies mentals molt específiques en una afortunada ocasió de misticisme escriptural dóna com a resultat l’Obra en majúscules, aquella cosa enigmàtica a la que se sap no cal treure-li ni una coma malgrat no se sàpiga exactament què és allò que ha brollat de les quatre mans i les diverses cavitats, tant cerebrals com estomacals. És així com un servidor, juntament amb Riot Über Alles, va explorar a partir d’algun ocurrent joc de paraules sorgit entre brindis i brindis -un per tu, un altre per tu, un altre pels dos i per l’emoció que ens provoca veure com van rajant les paraules i saltant d’una banda a l’altra- certes fondalades de l’inconscient hispànic més inquietant. El resultat és aquesta investigació d’infraperiodisme gonzo el títol del qual és el que encapçala aquest post, i el contingut del qual no deixa espai per al dubte. El per què sí que és però dubtós. Jutgin vostès mateixos i estalvïint-se d’intentar encetar amb qui això escriu cap creuament inquisitorial al respecte. Com a mínim fins que no hagi pogut fer-me una idea de quina ha estat exactament la transfiguració que s’ha dut a terme.

"Triunfo", segons Riot Über Alles

CARMEN POLLOCK O EL FRANQUISMO ABSTRACTO

Es difícil escribir sobre un fracaso que resulta implicante tanto para el criterio personal como para el político. Más difícil aún, si hablamos de un conjunto orgánico que históricamente se presupone ligado a la etapa más sulfurosamente brillante de nuestra historia sociopolítica. Si bien durante dicho periodo (englobado entre la primera mitad del pasado siglo y, si cabe, hoy día) los libros son incapaces de eludir los muchos triunfos ambivalentes que se inscribieron sobre los metales preciados pertinentes, este aspecto de la realidad española requiere quizás una revisión. Aún y condescendiente y comprensiva, la revisitación de la figura (a nuestro parecer gigantesca e ineludible) de la artista Carmen Pollock y su obra requiere de un ojo clínico que ha de lograr discernir entre la leyenda y el hecho, entre la persona y sus actos.

Me encuentro con Carmen en un oscuro almacén situado en una callejuela sin salida del barrio de Salamanca. Me sorprende la forma en como arquea su cuerpo enjuto, cubierto por un vestido de Balenciaga sobre el cual se adivinan las salpicaduras de algún que otro lienzo quizás dejado a medias. El vapor que rezuma la cloaca cercana dota a la escena de un hábito de confesión inconfesa, de comunión ejercitada en la rebotica de la misa diaria. A unos pocos centímetros de sus huesudos tobillos descansa un lienzo en blanco, adaptado a la dureza del suelo urbano español. Aún y sabiendo que he llegado a este punto recomendado por los informes del alcalde don Jose María de Porcioles, Carmen me dedica una mirada escrutadora, existencialista. Sabe que estoy invadiendo el escaso espacio de sentido que su vida como costilla del Generalísimo le permite disfrutar. Arquea sus recias cejas, hunde un pincel de marta en el interior de un cubo de pintura Titán color carne y se inclina ante el lienzo-suelo-mundo que se extiende a sus pies.

“La formalidad pictórica es relativa, como lo es la libertad de la mujer”, nos comenta Carmen mientras precipita sus primeros trazos sobre la incipiente obra. Ella no toca el lienzo: política personal. De una creatividad austera y de certeros objetivos, Carmen Pollock (AKA Marquesa de Vilagrassa), comúnmente conocida por sus enfrentamientos a toda forma de pobreza ontológica no justificada me muestra la técnica, el sutil devaneo del gesto, siempre sin tocar el lienzo. “Para mí, pintar es como casarse y ser una diligente esposa. Sin llegar a tocar al sujeto implicado, hay que llegar a crear un tumulto de sensaciones que te acrediten como objetivo principal de su cuenta bancaria. Eso y, en la medida de lo posible, no sufrir desgarros severos”. Carmen protege su Balenciaga con una bata que se me antoja farmacéutica. De vez en cuando se arrodilla y pone un huevo, material que utiliza para representar la vivificación de su descendencia sobre cada obra producida. Tiembla a menudo, se nota que duda y que tiene algo metido dentro mientras crea. Carmen, según cuenta la leyenda, nunca pinta sin algo consistente y recio dentro de sí, algo que sea capaz de demostrarle que, por mucho que insista en su ilimitado gesto libre para mostrar lo ecuestre de su tiempo libre, siempre es capaz de retener su genuflexión en pos a no perforarse algún órgano con la invasiva y melosa invocación de sí misma siendo sí misma.

La veo maniobrar sobre esa tela que empieza a domarse sobre los adoquines y comienzo a esbozar mis primeras dudas. Sostiene el pincel en alto, resquebraja el vacío con una calculada combinación de gestos de vanguardismo consorte, y en el momento en que el “dripping” empieza a embadurnar la tela (muestra de abnegación donde las haya, el “dripping”), dudo sobre si hablarle de la escena que se está cociendo en ese momento en el East Village o remarcar la extraña metáfora visual por la cual esos goteos me recuerdan a los aviones italianos soltando sus particulares versiones del expresionismo sobre Santillana del Mar. Carmen parece detectar mi desazón, sujeta firmemente el pincel con una mano y con la otra me hace un gesto ambiguo, como si me invitara a participar de la creación al mismo tiempo que me dejara constancia de que cualquier esfuerzo por mi parte para entender todo este proceso sería estéril:

-Gusta?
-Gusto?
-A eso me refiero -replica, adusta, dura, visigótica. El gusto podría ser mío. O tal vez suyo. Usted me comprende, verdad?
-Por supuesto -asiento, bajando la cabeza e intentando buscar una réplica a la altura. Sólo me viene a la cabeza un tema de Frank Zappa, que considero poco oportuno. El cielo se vuelve cada vez más gris, más nórdico.

-Hábleme de los reptiles. ¿Por qué esos títulos, siempre referidos a la sangre fría y elegante?
-Los reptiles son algo muy importante para mí -Carmen limpia el pincel con la boca y lo deposita al lado de la copa de Chinchón. Los reptiles han sido lo que más han significado para mí después de mi marido, comprende? Ya sé que no pinto evidencias, para algo soy expresionista abstracta. Pero la cadencia de la inauguración de pantanos, las necesidades de mi bajo vientre y el aspecto predominante de mis muebles me hace pensar que soy una serpiente divertida que vive en un árbol supergrande con niños rogando mi comparecencia sin cesar. Bajo (en mi pintura) y muestro lo más íntimo de mis conversaciones con todos ellos. Con los muebles, los niños, todos recubiertos de escamas, ¿comprende? Bajo el sol, todo es muy hermoso. Casi tanto como los retratos ecuestres. De hecho -comenta, visiblemente emocionada- los retratos ecuestres y los reptiles lograron sacarme de la “habitación”.

-¿La “habitación”? -pregunto sin ánimo de ofender a tan incuestionable presencia. Ha de pensar el lector el peso de tamaña aura y empuje cósmico. Me resisto a pensar de esta forma, pero viéndola agitar el pincel nuevamente humedecido en un poso de pintura que se me antoja casi rupestre, y observando con un detenimiento casi clandestino sus ademanes, comienzo a temer que las visitas regulares de Salvador Dalí al Palacio del Pardo hayan ejercido alguna influencia en Carmen más allá de lo que los ensayos sobre historiografía del arte puedan llegar a denotar. Su piel parece translúcida, como una cortina raída por la acción de un sol inclemente. El goteo se vuelve cada vez más nervioso. Un sereno cruza la calle adyacente y nos mira de soslayo sin reparar en la adecuación que todo esto presenta respecto a todo lo demás. No sé si me explico. Necesito un trago.

Cuando Carmen Pollock bebe, lo hace en serio. No se ha visto en España un gesto más cartesiano a la hora de alzar el chato o destinar la inclinación de la botella. Carmen es como la bandera de un barco sin rumbo, como un zeppelin. Como unas nalgas de nube. Como la nube que cubre los testículos de dios: en esa épica, en ese mano-a-mano con lo sobrenatural se mueve Carmen. Como un japonés vengativo o una avispa dentro de una sauna: elegante y agresiva, hermosa sin llegar a faltar al respeto.

Bebe. Se sacia y entonces me cuenta:

-Sí. La “habitación” es donde me mantuve protegida y a salvo durante meses de mi propia menstruación. Mi regla, que vino a instigarme recién cumplidos los 13, quiso hacerme fértil para el mundo que tenía que venir. Un mundo donde mi aroma vaginal resultaba de lo más apetecible y mis cabellos podían fundirse entre dientes de hombres mayores y experimentados. Permanecí en “la habitación” durante, aproximadamente, catorce años. Cuando salí (mucho más consciente y velluda) mi menstruación me convirtió en ejemplo y virtud. Sangrando fue como pinté mi primer cuadro expresionista sobre el pasillo que iba del cuarto trastero a la habitación de invitados. Lo dejé todo perdido. Tuvimos que derrumbar el piso para aislar la obra. Fue muy emocionante y al tiempo asentador de virtudes.

Me percato de que, mientras rezuma estos racimos de memoria, salteados y carcomidos como el último resuello de una despensa olvidada, el pincel no ha cesado de describir órbitas sobre la tela. Ha empezado con un núcleo central de gotas apilotonadas, maderadas, como un enjambre de abejas sometidas a un experimento norteamericano. En el perímetro inmediatamente posterior, el cuadro se ha convertido en un laberinto de seudopodios, laminaciones provenientes de algún tipo de recuerdo unicelular de nuestra artista, que a cada gesto me recuerda más a un personaje de Julio Verne. O quizás era de Dostoievski, o quizás a ninguno de los dos o a todos a la vez. ¿Será quizás rusa? ¿Una espía? ¿Carmen Pollock es la “Garganta Profunda” de Kissinger en tierras cristianas?

Intento cerciorarme de aquello de lo que en realidad no tengo la más remota idea y la beso en la comisura de los labios, acercando de forma muy timorata mi lengua a ese precipicio seminarista que es su paladar, agrietado por el tiempo como intuyo que lo está también su vientre, así como creo adivinar las varices que surcan sus piernas como latigazos de agua embravecida desafiando las leyes de la naturaleza. ¿De qué naturaleza? No me pregunten, bastante tengo con encontrarme a mí mismo dentro de esas cavidades de deseo atávico. Carmen responde a mi beso atenazando sus manos alrededor de mi cintura, buscando el elemento colgante que me distingue de un mueble. No depara palabra. Escruta el último gorgojeo del pincel y, como si estuviera ya satisfecha, se despoja de la bata que cubría hasta ahora su ceñido vestido de Balenciaga.

– Sé un reptil, mi vida -así es Carmen de natural y espontánea-, sé un reptil ahora y dime SSSSSSSSSSH.
– SSSSSSSSSH -he de confesar que, a pesar de que lo hago francamente ilusionado, salivo en exceso y parezco tonto- SSSSSSSSHSSSSSH…

Me siento Caudillo por un rato: reptando destrozo el lienzo con mi pecho porque sé, y lo sé muy bien, que aunque Carmen sea muy expresionista también tiene dientes por dentro. Me siento ecuestre, me siento bajo el cálido abrazo de las aguas de un pantano mesetario.

Pero.
Pero,…

…todo cuanto había hecho de la Carmen expresionista un paraje ávido de interpretaciones, un jardín de plantas carnívoras, se convierte ahora, por la irrupción de su vertiente abstracta, en un páramo difícil de descifrar. Ya no hallo su turgencia equívoca, me resulta difícil detectar las pulsaciones de sus orejas escrutando mis pensamientos, no tengo la menor idea de cuál es el siguente paso a seguir. ¿Sothebys, Madelman, El Molinón? Mi piel se resiente de ciertas tentaciones a las que ha tenido tan cerca, y que sólo le han dejado el prurito del deseo. Llevo 13000 kopeks en el bolsillo, y el aeropuerto se me antoja tan lejano como cualquier otra cosa a la misma distancia. Aún así, ante la proverbial presión que a un lado aglutina mi deseo y al otro mi orgullo profesional, le lanzo una última pregunta. Un último haz de luz de su boca para todos los artistas del mundo. La pregunta definitiva.

-Carmen. Una cosa. Déjame un momento la boca. Eso. Una cosa más: ¿arte o realidad? ¿Qué opinas?
Carmen Pollock: expresionista abstracta, abnegada esposa, consorte experimental, reina del happening nacional y portadora de la respuesta que, como una vetusta anciana, de boca en boca ha ido polinizando las más dignas flores dentadas. Carmen: el principio y el final de la vanguardia. Me suelta el labio, separa su rostro lo suficiente como para que la distancia me haga entender que ha acabado de usarme, se relame.

– Has dicho si “arte o realiad”? Lo he entendido bien?
– En efecto. Carmen. Quiero decir… señora. Caudilla, eh… fragata infernal…
– Te responderé -trago saliva y mi esfínter se convierte por un instante en el centro de todas las geometrías no euclidianas (ni ecuestres).
– Renuncia. Ni uno ni otro, muchacho. Triunfo. Sólo triunfo.

Triunfo. Suena bien, actual. Fresco. Y de alguna forma, adecuado. Me tiemblan los labios.

Dicho lo cual, se retira.
No sin antes regalarme una mirada que me recuerda en exceso a la que yo mismo me dediqué esta mañana antes de afeitarme.

PS: La obra “Conversación casi sindicalista” fue subastada en un local de Dubái hace escasamente un año. Un jeque desbocado y semental, Shamir-Al-Asshief, lo compró por una cantidad mareante de ceros romanos y noches palaciegas. Desde entonces, se desconoce el paradero de Carmen Pollock, así como de Judas Iscariote -invicto tras 20 asaltos-, mientras en el Sinaí una zarza sigue ardiendo como el trasero de una mona en celo.
Y ellos mirando.

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