La posibilidad de una ciudad

Las ideas y los conceptos de lo que a uno le parece propio y cercano siempre llegan de otra parte. Es, en cierta medida, la base fundacional del pensamiento entendido como algo creativo: forzar las estrecheces de lo immediato y buscar el ahínco para comprender las cosas allí donde nace la extrañeza de lo exterior, de lo impropio.

Es en base a eso que, por ejemplo, uno puede reflexionar sobre las desventuras de su día a día cotidiano en Barcelona a partir de los esquejes mentales de un señor muerto hace mucho tiempo, geográficamente adscrito a Francia y filosóficamente adscrito a sí mismo y, en segundo término, a otro -llámese Gilles Deleuze. El caso es que no muchos días atrás me topé con un fragmento de Henri Bergson acerca del concepto de “lo posible”. Un término gaseoso, translúcido y evanescente. Lo posible siempre aparece en nuestro imaginario en el mismo horizonte y la misma línea de flotación que la utopía: allí, a lo lejos, ligeramente visible pero siempre con unos pasos más de ventaja respecto a nuestra posición. Por mi parte, me abstendría de hablar sobre ello si no fuera porque a través de Bergson hallé una caracterización de “lo posible” bastante más nutritiva. En el sentido de que genera las suficientes proteínas mentales y los suficientes aminoácidos anímicos como para vigorizar el pensamiento.

Para Bergson, lo posible es una situación doble y compleja: es la percepción casi immediata de algo que sólo nos es dado cuando ese mismo algo se ha realizado de manera ya completa e irresoluble. Cuando todos sus contornos se han definido y su hospedaje en el presente se yergue definitivo es cuando, a través de esa misma imagen aparentemente incólume, algo nos arrastra con ella hacia atrás. Nos retroatrae y nos lleva a entender todo aquello que eso pudo ser, habiendo sido finalmente lo que es. Una especie de melancolia retráctil. Un buen día nos levantamos perezosos tras una noche agitada, nos miramos al espejo y, ante la ineluctable presencia de ese rostro desencajado y de ese fláccil bajovientre, la posibilidad de nosotros mismos, todo aquello que hubiéramos podido ser antes de esa fatal coagulación, se nos muestra.

Es lo mismo que sucede con las ciudades desvencijadas por la inversión riesgo del espectáculo. Lo mismo que sucede con Barcelona. Una ciudad que se vendió en su momento como el cobijo de enormes posibilidades -financieras, de ocio, deportivas, etílicas, sexuales- y ante cuya naturaleza de ganga en venta fue pormenorizadamente vendidad a pedazos, barrio a barrio, en función de distintas avalanchas de postores cuya mayor peligrosidad era precisamente no ser conscientes de ello. Durante mucho tiempo vivimos bajo el dosel engañoso de que finalmente un determinado tipo de posible ciudad se estaba realizando. Agazapamos el malhumor mediterráneo y sacrificamos lotes enteros de siestas y parrandas nocturnas bajo la condición de que, a la larga, la realidad acabaría realizándose a sí misma. De que lo posible y lo real serían uno, finalmente.

Y ahora, cuando notamos el escozor de ciertos arrebatos parecidos a la indignación -no nos engañemos, en Barcelona, así como en otros muchos sitios, ya no vamos a sentir nada que no sea el simulacro a lo que realmente querríamos sentir-, nos topamos con una espectralidad urbana saturada de monstruos de feria y sustos de segunda categoría. Y antes esa visión, ante la pornográfica firmeza de lo ya asentado, es cuando nos retraemos y pensamos en lo que Barcelona era y pudo ser. En todas las canalizaciones que se hubiera podido construir y decorar a partir de los precarios fastos de antaño. Paseando por el mausoleo de la Vila Olímpica, por las pandémicas cajelluelas del barrio Gótico, e incluso haciendo cola en la Filmoteca con el mismo porte anodino con el que guardamos turno a ser desnudados por los controles de seguridad del aeropuerto, en esos instantes, tenemos la soberana opción de pensar que, de hecho, Barcelona dejó de ser real justo en el momento en el que se nos dijo todo lo contrario. Justo ante esas fantasmagorías petrificadas nos entregamos a la visión de una ciudad que ha quedado atrapada en el estadio de una posibilidad perenne. Justo ahora que Barcelona empieza a desaparecer bajo la costra sucia de su escarcha, es cuando nos es dado el beneficio a pensar que tal vez esa ciudad hubiera sido posible.

Una auténtica distopía, con mayúsculas sostenidas en silencio por una estatua humana al final de las Ramblas, allí donde acaba una realidad y empieza otra. Sin descanso aparente.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s