MET

Texturas visibles de una muerte vertical

Escribo a poca distancia de las ruínas que echan raíces a través del suelo que es cada vez menos suelo y más una materia movediza, un cenagal de barro y hojas muertas que se desplazan por la inercia de la misma muerte. La muerte no es quietud, es el paso a un movimiento inútil y carente de sentido, un movimiento burocrático y funcionarial, como el paso necesario pero no suficiente de los años en el curso de la historia, o como el parpadeo incesante de cuando a uno se le obliga a mantener los ojos abiertos y a mirar las cosas sólo por si acaso. La muerte es eso: el desplomarse de los edificios hacia su propia interioridad, el hacerse ajenos a todo y sin embargo obligados a sufrir el proceso inercial de la decadencia, de la depauperación. La muerte es percatarse de que no queda nada más por hacer excepto “estar ahí”. Y a poca distancia de esas ruínas (que tienen forma de edificios pero también de personas, incluso de mesas de fórmica salpicadas por la lluvia y cercadas de sillas vacías) escribo precisamente para extirpar esa muerte, ese mórbido pulso inercial. Escribo para introducir un vaivén inesperado, un crepitar de la madera decrépita. Escribir es también una cierta forma de muerte, pero es una muerte distinta. Es una muerte deseosa de sí misma, que se traiciona constantemente, que fracasa porque no puede quedarse quieta ni tampoco relajarse en el automatismo. Escribir es una muerte que se sorprende a sí misma, que se mata a sí misma. Porque sospecha que el mundo sería un lugar mejor sin ella, como en ese cómic que leí de pequeño (y que no recuerdo qué superhéroes ofertaba), en el que alguien decide matar a la muerte. Y al matarla provoca el caos y el pánico y tiene que volver a darle vida. Escribir es eso: dar muerte a la muerte, arrepentirse y recobrarla. Constantemente. Hay una muerte que es el desplomarse en el vacío. Y otra que es sufrir el vértigo de encararlo. La primera corresponde a cierta forma de vida. La segunda, a cierta forma de escritura. Y el peor pecado es intentar escribir sobre la primera e intentar en vano vivir la segunda.

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