Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (1)

Puntos de emergencia en la nebulosa textual

En los retazos libres que me (nos) permiten los latigazos de la realidad y las espumas de la ficción llevo cierto tiempo inquiriendo sobre cómo dar salida a un proyecto de ensayo. Y lo de darle salida resulta muy pertinente, puesto que en él experimento derivas a través de terrenos que tienen que ver con las nociones de espacio, de situación. Y también de prácticas de resistencia, de guerrilla y de movilidad disipativa. Y me acabo percatando de que lo más justo es exponenciar lo propio del ensayo y, lejos de proponerme su glotona liquidación en aras de algo parecido a un lib(elo) o a un lib(ro), me aventuro a ensayarlo. Ensayar un ensayo. Esta perpetuación de lo incipiente puede culminar en algo que jamás pueda darse por terminado o ni tan sólo por formado, pero son los riesgos de la exploración. Y dado que este blog me recibe de forma bastante errática, llenándose a partir de un vagabundeo por mi parte muy poco sistemático, muy ligado a la urgencia y a la emergencia de ciertos pathos, he creído oportuno diseminar dicho ensayo de un ensayo en él. Lo que supone que éste no podrá ser leído de manera homogénea, que ser verá constantemente interrumpido por otras consideraciones aún más urgentes en ese momento, y que por lo tanto se efectuará como una especie de guerrilla en el seno mismo de esta bitácora. De hecho no está claro ni siquiera que algo en él venga necesariamente antes o después de otra cosa.

Veremos.

De momento, expongo la primera irrupción justo después de estas últimas líneas. Sin presentaciones de ningún tipo y con cierto grado de alevosía. Lo de la nocturnidad, en el tamiz espectral de la pantalla del ordenador, es algo difícil de definir.

Escena 1: La Masacre

Exterior Día (o Noche)

La paleta de color ha decidido optar por un espectro tan escuálido como la cabeza del caballo que relincha agonizante en medio del sangriento barullo. El desencaje de las figuras es absoluto, y sus gestos y expresiones aparecen tensionadas en una serie de rictus más allá de los cuales no parece adivinarse nada más. La masacre ha llegado a tal estado de enajenación física que se ha hecho del todo autosuficiente. Autosuficiente i omnivisible. No hay reverso posible ni otra dirección a la que proyectar la mirada. Convertido, por obra del imaginario colectivo y de la argucia individual, en un cuadro del que no hay escapatoria posible, El Guernica es posiblemente el mayor ejemplo de la sobreexposición del horror y, con él, de la denuncia. Nada vamos a discutir aquí sobre lo que pueda haber de encomiable en su mensaje o de retruécano en su estética. Lo que nos concierne tiene más que ver con la manera en como el cuadro mismo afronta el hecho de intervenir en el estado de las cosas. Picasso exorciza un plano – secuencia totalmente explícito (cabe decir aquí que el pintor jamás fue un defensor de las sutilezas, precisamente) dando a entender con él que el conflicto es, necesariamente, algo que se deja ver y que hay que ver: tanto si atañe al desastre como a la oportuna respuesta moral que debe ejercerse ante el mismo. La acción ética e histórica de El Guernica parte de una insoslayable persistencia retiniana: nunca vamos a dejar de ver esa escena, por mucho que cerremos nuestros ojos a cal y canto o que emigremos al rincón más alejado del planeta. Y también nos entrega una tesis: la utilidad del cuadro reside precisamente en eso. Su llamada a filas se basa en el poder que le otorga el que nada ni nadie pueda hacerlo invisible.

Escena 2: El Héroe

Interior (o Exterior, dependiendo de la época del año), 100 % Algodón, Diversos Colores

Hay que ver qué porte, qué osadía ésta de plantarse ante las raíces mismas del mundo y sus infiernos y mirar desafiante un horizonte ensangrentado que huele a tabaco y también a billetes de dólar recién quemados. Pero al fin y al cabo los héroes, los puntos de inflexión de la historia a partir de los cuales experimentamos el arrojo de canviar por fin de idolos, tienen estas cosas. No se ocultan, no se parapetan tras las socorridas instancias gubernamentales o tras el plumífero vaivén de los acuerdos y los protocolos. No, los héroes son seres visibles que combaten a sangre, roca y piedra, son seres tan seres, tan metafísicamente expuestos a su propio devenir, que no dudan ni un instante en cruzar el límite de sí mismos y convertirse en algo que les trasciende. En algo que los drena al mismo tiempo que asienta firmemente los trazos de lo que será su futuro escudo de armas y su flamígero retrato de combate. Un avatar de la lucha y la resistencia tiene la obligación de ser siempre un futurible retrato, lo que conlleva que su espíritu debe mostrar una más que amplia disponibilidad a la representación. Es el todo icónico y polvoriento, imagen y semejanza de sí mismo. Las facciones del combate campo a través son las facciones de su rostro, el campo de batalla y su poblador se integran en una faz que todo lo absorbe y todo lo proyecta. Vívido, visible y omnipresente. Algo debe de haber en su ánimo incendiado que, a través del tiempo, les haga saber ésta y otras verdades. Ernesto Guevara sabe ésta y otras verdades. Me las transmite con la convicción de la que sólo pueden presumir los héroes, los líderes. Ante semejante hecho explícito, ante semejante invitación a la resistencia orgullosa que percibo en ese rostro tenso y morenazo, sólo me queda asentir, y espetarle un murmulloso “gracias, compañero” al dependiente que me entrega la camiseta dentro de una bolsa de plástico.

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