Contra Europa; o sobre la necesidad multitudinaria de un proceso de descolonización

No por esperado el martillazo ha sido menos doloroso. La defenestración (casi) definitiva del bien común -me resisto a emplear el concepto de Estado del Bienestar, tanto por el mancillamiento irreversible al que lo ha sometido la adocenada socialdemocracia como por el tufo a don adquirido, casi hipostasiado, que desprendre- se escenificó a dia 11 de julio del año 2012, recuerden la fecha, enmarcada en una clamorosa ovación de la que fue partícipe, por activa y por pasiva, una gran mayoría de la cámara de representantes de esa otra gran argucia que es la “voluntad general del pueblo de España”. Una lectura atenta de Paolo Virno nos llevaría a descubrir suculentas y dolorosas revelaciones en tan pocas palabras, pero su desarrollo desborda en mucho lo que modestamente me he propuesto aquí. Remito por lo tanto a la obra del propio Virno para goce del explorador intelectual (en el # 7 de la revista Multitudes hay un ensayo del propio Virno que es un buen resumen del asunto). Sirva esto sólo como preámbulo de lo siguiente.

No voy a recrearme aquí en la flamígera condena de lo que no puede ser ya más claramente condenado. Los epítetos, calificativos y interpelaciones al papel que el gobierno español juega en el proceso de hegemonía de un espectro social muy determinado -las castas defensoras de una eugenesia encaminada a dinamitar lo público y enhaltecer la especulación mercantil de la existencia ajena- son ya bastante concluyentes. Lo que me obliga a apostillar algo en este asunto es la necesidad de pensarlo en relación a un marco mucho más amplio. Este marco es Europa. Europa como entelequia que se ha usurpado a sí misma cualquier posible relato de fraternal emancipación, si es que realmente disfrutó jamás de alguno. Europa como constructo basado en el apriorismo de una convergencia territorial y económica que empezó -de manera muy significativa- como simple ensamblaje de intereses muy particulares alrededor de la producción industrial y los movimientos mercantiles (la famosa Comunidad Europea del Carbón y del Petróleo de 1951) y que, bajo la apelación a una necesidad común de no beligerancia, ante el miedo a una enésima aniquilación global en el continente, llevó a escena diversos dispositivos de síntesis por medio de los cuales se postulaba la virtual tendencia histórica de todos los territorios a un marco único de convivencia. Una especie de Pangea que sustituía los movimientos tectónicos de aproximación geográfica por movimientos administrativos de aproximación política.

Pero todo eso es pura escoria narrativa. Europa es el trampantojo cartográfico a través del cual, y gracias entre otras cosas a la desintegración del bloque comunista y del factor de contrapeso que ejercía, se ha expandido el verdadero fantasma. Llamarlo capitalismo es tan anacrónico como ingenuo, y quizás nos lleve a imaginar posibles dialécticas de superación igualmente anacrónicas e ingenuas. Lo de neoliberalismo empieza también a sonar a recurso agotado. Sería más adecuado quizás llamarlo un  orden de higienismo social encaminado -como decía al principio- a esclerotizar lo público en beneficio de una muy privada especulación sobre la subsistencia de lo ajeno. Esto supone que este orden afecta no sólo a los medios de producción (de riqueza material pero también de conocimiento, de afectos), sino al depositario final de estos medios, al agente activo que los produce y los disfruta. Este higienismo es un realidad una eugenesia, destinada no ya a explotar los recursos sino a exterminar a sus posibles beneficiarios. Genera una economía ignífuga a la que sigue necesariamente una política social de tierra quemada. Y es este nuevo orden de cosas el que, incrustado primero y expandido después, ha convertido Europa en una entidad cancerosa cuya metástasis desborda su propio perímetro. Europa, siempre sojuzgada en su globalidad por las ínfulas despóticas de unos territorios particulares, ha invertido el proceso y se ha transformado en un agente patógeno que coloniza estos mismos territorios. De hecho Europa jamás ha existido. Fue interrumpida como proceso en su momento por sucesivas guerras y cuando parecía que podía empezar a ser una realidad, resultó ser la carrocería política de un vector financiero en proceso de aceleración constante cuyo final aún no se vislumbra. Incluso el habitual malo en estas películas, Alemania, tampoco ostenta en esta ocasión la autoría. Quizás sea el súbdito más aventajado, el que podrà recoger algún rédito una vez el proceso sea irreversible. Pero no es ni mucho menos el Primer Motor Inmóvil de esta constelación de desastres.

Y aún y así, se sigue estableciendo una especie de consenso ilustrado acerca de Europa, una demora en el análisis crítico del asunto porque supuestamente en el fondo del oscuro túnel que es esta caja de Pandora subsiste una semilla plenamente europea llamada esperanza. Lo cual es completamente falso. Europa es, en toda regla, un Imperio. Un imperio que se ha encontrado a sí mismo, balanceado por la despótics efervescencia de los mercados y por el despertar neo-arcaico de la jerarquía de castas y del privilegio particular. Ante ello no es posible otra reacción que no sea la de la descolonización de las multitudes respecto a este Imperio. Pero no sólo respecto a él, sino también respecto sus prefecturas administrativas simbiotizadas con las estructuras estatales y afines. En este orden de cosas, el nepotismo del gobierno de turno español es tan sólo la punta del iceberg. Y sí, es necesario decapitar esta punta. Pero sabiendo que bajo él hay una gélida y gigantesca volumetría de poder y de control. Un Leviathan al que es necesario despellejar.

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