Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (3)

Palimpsesto estepario; datación desconocida

Paul Virilio no fue el primero en decirlo, pero sí quizás el que más se apresuró en hacerlo; como quien no dice la cosa: lo visible está íntimamente ligado con el lugar del control. El haz de luz transforma el espacio abstracto en el que cualquier cosa puede suceder en el lugar en el que sucede lo que sucede. Y así se vuelve objeto prístino de control. La farola es el antepasado de la cámara de videovigilancia. En este asunto podemos ir siguiendo (en la medida en que se dejen seguir, lo cuál es por suerte relativo) otros tercios: por ejemplo, el que nos pone sobre la pista de cómo al poder dejó de interesarle represaliar, castigar o simplemente liquidar al individuo, optando, contrariamente, por preservar su corporeïdad y no sólo eso: hacer su presencia más visible. Darle notoriedad, convertirlo en un lugar atiborrado de significaciones en el que fuera posible establecer mil y una estrategias de control. Y lo prioritario, para controlar un cuerpo, es localizarlo. Conocer el dónde. Pero también el cuán a menudo, el con quién, el por qué por allí y no por aquí. A toda esta operación de detección y seguimiento le siguen, después, sus corolarios y correlatos incidentales: normativización y regulación de los espacios, distribución de los movimientos, contemporización de los actos. Sólo cuando alguna de estas operaciones quirúrgicas falla ( y fallar supone, en estos términos, hacer algo que esté fuera de lugar), el aparato de control se vuelve grotesco, recupera toscos arcaísmos e incurre en espamos de suplicio.

El control económico también tiene su mode geometrico, y su fórmula es aplicable a lo dicho y a lo que pueda decirse.

(–> e – e / x)

Algo como un drástico recorte financiero en determinados sectores y servicios públicos (educación, sanidad, etc) tiene, en última instancia, una determinación topográfica: con ello se pretende desplazar determinados elementos (individuos o grupos), reordenar las piezas del tablero por medio de ejercicios de presión y asedio, de manera de algunas de estas piezas se vean obligadas a distribuirse en otros emplazamientos, posibilitando así un nuevo orden en el juego. El recorte de los recursos económicos, materiales, estructurales es, en última instancia, un recorte del espacio. Cartografía del far west: no hay sitio suficiente aquí para los dos, forastero.

Así lo vemos: el control opera por sustracciones en el contexto de un juego muy serio de visibilidades y evidencias. Algo muy distinto a esos desconcertantes añadidos que las situaciones brumosas y las neblinas humorísticas aportan a la realidad. El laberinto se vuelve en un caso trazado geométrico (y por lo tanto, a la larga, resoluble por medio de la supresión de posibilidades), mientras que en el otro deviene desierto, estepa: vastas y crecientes extensiones de indefinición, ideales para el escondrijo, la visión panoràmica y el fulgurante movimiento nocturno. Lugar manifiesto en un caso, espacio latente en el otro.

[El laberinto clásico funciona sobre una premisa: el Minotauro existe sólo para hacerse visible a ojos de Teseo. Sin la coagulación del misterio bajo la forma de un monstruo que espera pacientemente agazapado, el laberinto de lo razonable no ejecutaría su último compás. El laberinto mantiene cautiva a la criatura, pero sólo aparentmente oculta. En el fondo, refuerza su visibilidad en tanto resulta necesario encontrarla, localizarla, para resolver el propio misterio del laberinto.]

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