Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (4)

Siga la flecha para la próxima movilización

El inaprehensible tamiz a través del cual el poder instituído ha transformado el espacio público (al que también podríamos llamar espacio urbano) hace de todo acto pretendidamente inusual que se lleva a cabo en él un acto manifiesto. La urbe se rige por un entramado de puntos focales y zonas de registro movidas por una pulsión escopofílica, y por lo tanto, cualquier acción que se exponga a este control impúdico no hace más que alimentarlo y llenarlo de razones. De instrumentos de recarga. Las cámaras de seguridad ubicadas en esquinas estratégicas, los radares de detección en las carreteras, los puntos de control que es establecen en los distintos flujos de circulación de personas, todas esas fases de condensación y coagulación retiniana del devenir anónimo, han sufrido una sutil metamorfosis en lo que a su razón de ser se refiere. Empezaron siendo una estrategia preventiva ante hipotéticas amenazas revoltosas, como instrumentos de captura de salvedades. Agazapadas en los clarooscuros, situadas en puntos ciegos de la atolondrada visión ciudadana, operaban como registros que servían a un propósito de localización específica. El asunto era trabajar desde la opacidad con el fin de hacer visible lo que, de normal, pasaba desapercibido. Hasta que se cayó en la cuenta de que no era necesario ese revestimiento, porque el flujo humano, bajo determinadas condiciones y circunstancias (cada vez más usuales), tiene una tendencia natural a hacerse visible. Se abraza al convencimiento de que esse est percipi: ser es ser percibido. Se hace innecesario incluso el principio de individuación disuasoria: “centenares de cámaras te vigilan / pero en el fondo no te importa / a quién si no le demostrarías que sigues ahí?”

“Si nadie nos ve, si nadie nos escucha… No somos nada”

Ante eso, el camino está felizmente trillado. La captura visual del individuo y de la muchedumbre no forma parte de un estado de excepción, porque esa muchedumbre ha interiorizado una politización de su propia vida por la cuál lo más normal, en lo que a dignificación de la acción civil se refiere, es compactar su propio flujo, molecularizarse y cristalizar en un evento explícito, y a poder ser, prolongado. Ampliar el tiempo de exposición. En consecuencia, nada más acorde con la topología de lugares manifiestos que el poder maneja que, precisamente el acto manifiesto por excelencia: manifestarse.

Toda manifestación ciudadana es un auténtico drama semiótico. En ambos sentidos: por acto representado y por lo dramático que resulta. Quizás revuelva alguna conciencia demasiado estomacal o algún estómago demasiado concienzudo hablar en estos términos, pero es así. A la sobreexposición a la que la multitud se somete hay que añadir el dispositivo de enunciación y discurso que en ello se injerta, y que agrava la sobreexposición de los cuerpos con una sobrecodificación de los mensajes.  Todo en una manifestación es pura representación de una ausencia: ausencia de flujo -su espacio lo ocupa la multitud-, ausencia de veraderas situaciones -reemplazadas por recorridos pautados y paradas estratégicas-, ausencia de signos amenazantes -sustituídos por logos, consignas y, por supuesto, manifiestos.

[nada que ver con la metáfora de las “mareas humanas”: las mareas son un influjo cósmico, su punto álgido se da durante la noche y su movimiento es incesante y retráctil. Las mareas son un milagroso fenómeno de contagio entre el magnetismo y la liquidez del mundo, son pura immanencia que se revuelve en un sueño nocturno y desaparece con la visible placidez de la mañana.]

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