Un fragmento de algo

Con afecto indeterminado

Una crónica que forma parte de otra historia bastante más larga y compleja que por el momento nadie conoce. Los motivos por los cuales la publico tampoco los sabe nadie, ni siquiera yo mismo. Pero como buen ejercicio de estilo su crecimiento y dispersión en tanto que micelio subterráneo cae fuera de mi jurisprudencia.

Escribir, aunque sea tan sólo un simple párrafo. Escribir con algo de nervio no para dejar consignado ningún refugio al que regresar cuando todo amenace con el primer desmorone, sino precisamente para darse impulso. Escribir todo esto para saltar por la ventana con determinación, sortear las corrientes de aire y planear en el éter sobrecargardo de la ciudad. Penetrar en las alcobas en cuyo interior se fragua el consabido rosario de gestos infieles, de seducciones impropias destinadas a generar el placer de la confusión. Escribir como antesala a una forma superior de expresión. A una forma de escritura en la que ya no existan signos, ni superficies sobre las que engarzarlos. Una escritura perfecta en su cualidad fantasmal, siempre a la espera de una tirada de dados, de un golpe de palanca que ponga en movimiento la maquinaria del azar tras la cual ya resulta innecesario poner una palabra tras otra. Allí se va a dar todo y todo va a perderse al mismo tiempo. Sin necesidad de forzar la imaginación, sin el peso de la lectura y de una frágil posteridad. A cada movimiento se abre una nueva grieta en la piel del mundo, y a través de ella ese mismo mundo se deshilacha en decenas de mundos posibles. En esa suspensión total de la realidad es donde se percibe más claramente que nunca más va a ser necesario escribir. ¿Para qué confabular un artefacto impreciso a través del cual conjurar lo posible si ese conjuro puede ejecutarse en esas salas de juegos, en el metódico automatismo del silencio, tan sólo interrumpido por los chispazos de otros silencios que me rodean, chispazos que son pura agonía, afasia, fiebre hirviendo en el fuego del fracaso?

El primer indicio de que el proceso se estará desplegando será sin duda el momento en el que, sin pretenderlo, deje de escribir todo esto. No ya la supuesta crónica de mi desventura exploratoria, el patético seguimiento de algún hijo de puta taxiderminzado con el serrín dorado de su fortuna. Esto se ha ido borrando incluso antes de que existiera cualquier pretensión de escribirlo. Si es que jamás hubo alguna. No, será cuando deje de escribir estos retazos en los que sigo mostrándome atrapado, en los que todavía palpita un cierto resquemor al abandono, en los que me dejo sacudir por la tentanción de la nada y la pulsión por dejar registro de esa tentación. El momento en el que supere definitivamente esta contradicción culturizante y me desprenda de este retrato grafológico con el que aún me sigo identificando. En ese momento, cuando estas palabras desaparezcan, el motín a bordo habrá dado comienzo. Y, antes de ser pasto de los tiburones, antes de someterme al paseo sobre la quilla, me habré confundido con las nubes de pólvora y las olas embravecidas asaltando la cubierta. Seré humo y agua.  

Todo o nada. Todo y nada.

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