Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (5)

Modelo de libre circulación en el carrussel del poder instituído

Notas sobre poderes

A estas alturas del entramado volvemos por una noción que bien pudiera parecer agotada desde hace ya algún tiempo, desde que se hicieron las taxonomías definitivas tras las cuales parecía que no quedaba nada por dilucidar. Pero el poder es cosa importante, quizás la más importante, porque refiere a las dos formas que tiene el ser humano de relacionarse con la exterioridad: la afectación y la efectuación. Afectar o verse afectado por cuerpos y situaciones. Efectuar estrategias para modelar esas afectaciones. Ambas son intervenciones en el espacio, en sus dimensiones y texturas. De lo que extraemos que el poder es fundamentalmente un asunto espacial. Y más concretamente una economía de esos espacios: cómo se regulan, cómo se ocupan y desocupan, como se interfiere o libera la dinámica vital de quienes circulan y habitan en ellos. Cómo se gestiona su valor.

Existe un poder que hasta ahora parecía ser el único poder existente: el que emana de lo instituído y se ejerce por la comodidad que otorga el sentirse no legitimado, sino impune. El poder institucional o mejor, el poder instituído, puesto que actúa siempre como una acción consumada, un participio verbal que no deja opción a otras conjugaciones. Pero hay otro tipo de poder, un poder cuyas efectuaciones y afectaciones no aspiran a instituir nada, sino precisamente a socavar lo instituído. No es una negación, puesto que sus dimensiones no son análogas al otro tipo de poder y por lo tanto no existe una confrontación simétrica. El poder instituído lleva consigo, por si acaso, el gérmen de todos los contra-poderes que pudieran darse. El otro poder actúa en los intervalos del primero, en sus puntos ciegos, y al mismo tiempo en sus superfícies más vastas. Actúa, fundamentalmente, allí donde resulta más difícil ser percibido. De ahí que hablemos de él como de un poder disipativo, o evanescente. Puede parecer una forma de poder algo endeble, en comparación con la maquinaria de la que dispone el poder instituído. Pero considerar la qualidad por la cantidad nos parece a estas alturas un recurso insostenible. Sabemos poderosamente, desde Nietzsche, que lo ligero puede resultar inabordable. Y desde Freud conocemos la capacidad que tiene la cultura de hincar la rodilla ante el empuje de un simple fantasma. Así que no se nos ocurra menospreciar las capacidades del poder disipativo, por favor. Menos aún teniendo en cuenta que dicho poder es todo él, en el fondo, pura posibilidad.

Existe una nada sutil diferencia en la manera como el poder instituído y el poder evanescente o disipativo -guerrilla- intervienen en la economía del espacio:

-El poder instituído, derivación tardomoderna del aparato de captura y depredación capitalista, opera una usurpación del espacio por medio de una ampliación y amplificación de códigos y de una saturación de legalismos. El espacio vital ve reducido su sentido a través de una ampliación de significaciones. Allí donde todo está previsto ya nada resulta posible. Los lugares que genera y gestiona el poder instituído son por lo tanto lugares comunes, en los que todo cuanto puede llevarse a cabo es la circulación tautológica de la información: un juego de inputs i outputs ya contemplado.

-El poder disipativo, por su parte, opera un movimiento distinto: en apariencia interviene recortando parcelas, avanzando por medio de la incidencia en puntos concretos del territorio (eliminando barreras, extrayendo a demarcaciones específicas su estatuto legal, atentando contra la integridad del cuerpo político, en definitiva), pero lo que en realidad hace es añadir un suplemento fantasmagórico, que amplia el espectro de lo posible por medio de una reducción de lo evidente. Un ocupante inesperado, un trazado no previsto, un uso del espacio no legalizado, una nueva distribución de afectos sobre el territorio.

-El poder instituído anhela la acumulación y concatenación ordenada de cuerpos-código. Complica (cabe decir que lo complicado no es lo complejo) la narratividad de los acontecimientos por medio de la esclerotización de sus pliegues ficticios e imprevisibles. Por su parte, el poder disipativo busca lo translúcido y la fugacidad de lo no explícito ni expuesto, incluso de lo neutro. Simplifica la narratividad, erosionando los flujos codificados y sustituyéndolos por situaciones temporalmente autónomas.

-La formulación del poder instituído és 1n. La del poder disipativo es 1(n-1). Es decir, el añadido potencial que aplica lleva implícito en sí mismo una erosión del principio fundacional de lo unívoco y de lo estable. En este tipo de espacios es donde se dan las epifanías, que son situaciones límite en las que emerge el sentido, fruto de la confrontación incontrolable de la realidad con su propio fantasma [lim 1–>1(n-1)].

El poder instituído opera por preceptos enunciados. El poder evanescente y translúcido opera por afectos desquiciados.

-El poder instituído se ha apropiado del concepto presumiblemente liberador de la heterotopía, convirtiendo la heterogeneidad en un trampantojo que remite directamente a la multiplicidad de perspectivas en el ejercicio del control. El poder disipativo, en este sentido, es terriblemente anti-moderno. Tan anti-moderno como dadá. Remite a la utopía entendida como a-lugar. Pero no aquello que no tiene lugar (como dijo Baudrillard en su momento en relación a la primera Guerra del Golfo) ni el consabido no-lugar postmoderno. Sino aquello que no requiere ni busca un lugar: lo suyo es el espacio abierto, la inmensidad translúcida. La guerrilla, como el urinario de Duchamp, no se interpreta ni se expone: sencillamente aparece y sucede.

-La guerrilla, como el urinario de Duchamp, es la versión más perversa y al mismo tiempo diáfana del sketch. No hay que olvidar, en este sentido, que mientras que la revolución puede resultar irónica (en tanto que inducida desde las alturas), la guerrilla tiende al humorismo (que no a la comicidad), ya que emana desde abajo y desde allí mismo se expande y se distribuye. Genera pequeñas catástrofes sin remedio, mientras que la revolución se inserta en una lógica de desastres netamente dialéctica en la que dichos desastres son perfectamente reversibles.

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