Breviario sobre desapariciones

Por aquí tampoco…

(originalmente publicado en Quimera, no recuerdo cuando)

1) falsación

la del hombre de camisa a rayas y cuello desabrochado que se debate entre la somnolencia y la vigilia, cómodamente recostado en una butaca de cuero negro. El espacio que lo rodea, que podría corresponderse con la asepsia de una sala de espera cualquiera, lo masajea con su luminosidad blancuzca y él, sin oponer apenas resistencia, percute el aire con rítmicos balanceos de cabeza mientras la revista que sostiene barre el suelo a cada sacudida. La mujer sentada a su lado, vestida de púrpura y aferrando un pequeño bolso negro, refunfuña entre dientes acerca de la insulsa compañía que le ha tocado en suerte. Le mira de reojo decepcionada, como si se tratara de un artefacto que no estuviera funcionando de acuerdo con lo que prometía el manual de instrucciones. Un pequeño intercambio de palabras insignificantes hubiera bastado. Cómo está hoy el tiempo, cuál es su dolencia, quizás ya conozca usted al médico. Pero por lo que parece incluso esta mínima posibilidad le ha sido negada. Ante semejante situación opta por cerrar los ojos y, mientras imagina en los riscos de su cerebro otro tipo de personaje con el que llenar este gris compás de espera –una mujer de su condición y similares preocupaciones, o tal vez un joven de espíritu atlético y juguetón con el que se permitiera, quién sabe, incluso fantasear inofensivamente- descarta con la circunspección de un analista matemático la actual hipótesis, la de ese hombre de camisa a rayas y cuello desabrochado. Una hipótesis que finalmente no ha cuajado, y que se desvanece en un respiro dejando disponible hasta nueva tentativa esa cómoda butaca de cuero negro y ese gris compás de espera.

2) olvido

o bien hallarse un buen día con la inquietante sensación de que aquella persona ha desaparecido de su lado sin dejar rastro. Las pruebas físicas parecen ser lo bastante concluyentes: el aroma a vacío de la estancia, la mitad de la cama intacta, sin una sola marca de presencia humana sobre la sábana o la almohada, una retahíla de colgadores desnudos y suspendidos en la nada. Un escalofrío metódico adheriéndose al espinazo con sus zarpas heladas, centímetro a centímetro. Intenta entonces recuperar alguna imagen, alguna evidencia del pasado reciente que le remita a lugares comunes, a entrañables paseos o a instantes de amor supuestamente imborrables. Alguno de estos instantes debería emerger, flotar por encima de las aguas turbias como una boya a la que aferrarse encontrando así la placidez de un breve reencuentro. Pero constatar entonces todo lo contrario, que ninguna de esas posibilidades responde a la demanda. Mar lisa de mutismo. Ante esta circunstancia tan solo resta entonces la opción más agreste, la del cabezazo en la pared. La del impacto que parte el cráneo y de la herida majestuosa a través de la cual la materia gris de la memoria se esparce por el suelo  formando un espeso charco. Inundar entonces las manos en él y arrastrarlas por ese desparrame como el que busca desesperadamente una joya en medio de un lodazal, obteniendo solo un opaco silencio por respuesta. El opaco silencio que señala, precisamente, que ya no hay nada que hacer. Que, definitivamente, ya no se acuerda de ella. O de él. Qué más da.ve

3) vegetación

tras el paso barrado de una unidad de cuidados intensivos. Hace ya tiempo que yace postrada en la cama, sujeta a una inercia absoluta, ajena al contenido alboroto de lloros, abrazos y gestos compungidos que danzan a su alrededor. Pero la situación no es ni mucho menos tan trágica como podría parecer. No se limita a la simple imagen mórbida de un cuerpo conectado a un sinfín de mecanismos, aparatejos y palabras compuestas: encefalograma, electrocardiograma, bomba de respiración asistida, catéter de suero fisiológico, sonda de drenaje. Expresado en semejante terminología todo ello no parece más que un inventario de torturas modernas avaladas por la ciencia y su afán por preservar la vida o cualquier bosquejo terminal de la misma. Pero lejos de eso, en este preciso instante en el que todo parece asfixiado por el vacío, su estado vegetativo supone por el contrario un paso más en la compleja y a veces problemática escala evolutiva del ser humano. Un ser que desde siempre ha pugnado por hallar su consumación lejos de sí mismo, como ya atestiguaron extáticos los místicos en su momento, ebrios de piedad, prietos sus rostros bajo una angulosidad arcaica. Así como el verdor de la hoja solo lo es en tanto que esta se deshilacha  invisible en su flirteo con la luz y el aire, su vida ya solo lo es en tanto que diseminada, esparcida como un espectro blanco deslavazado a través del prisma de la pérdida. Estranjera, forastera, respirando lejos de sus pulmones, palpitando fuera de su corazón, pensando al margen de su propio cerebro. Disipada su presencia y desvanecida su silueta, como una historia que rehúye sus cauces desmenuzándose en otras historias aparentemente inpropias. Así las cosas, su cuerpo ya solo es el registro de una metamorfosis, como el sudario rasgado que señala el vuelo de la mariposa. I es realmente una suerte que todos esos cachibaches de precisión estén ahí para dar fe de ello, segundo a segundo.

4) Fijación

de la mirada que se deposita gradualmente sobre la fotografía que permanece clavada en el corcho de la pared, imagen escarchada oteando desde la distancia, con esa expresión de suficiencia que a el siempre le resulta tan incomodante. Cómo deshacerse de ese escrutamiento agujereante que no parece conocer el descanso, que se mantiene avizor dia y noche, sorprendiéndolo en las posturas más banales y en las circunstancias más impropias. Había intentado ensayar la estrategia de la indiferencia e incluso del menosprecio, pero ambas le parecían movimientos esquivos, atajos que pretendían ahuyentar el encuentro antes que presentar batalla, optando quizás a una victoria solemne. Así que la fotografía seguía allí, como un accidente de la materia que resulta imposible de arrancar; por parte de él los gestos seguían siendo meditabundos, pertrechados en la distancia y siempre atentos a los aguijonazos de ese retrato. Pero, ¿si por fortuna o simplemente por un riguroso azar, tal y como afirman tantos y tantos sabios ya enterrados, es necesario obrar por un extremo para alcanzar el contrario? ¿Y si de la misma forma que la muerte puede implicar la vida, por medio de la guerra llegar a la paz  y por el amor exacerbado sucumbir al puro odio, podría la proximidad más extrema conducir al distanciamiento definitivo? No le parece en absoluto una entelequia. Entonces, en ese momento, con el torso blandiéndose curvo, él aproxima sus ojos a ras de la fotografía, acariciando casi con ellos el papel satinado y, por una simple cuestión de convergencia física y falta de perspectiva, la silueta que ve en él se vuelve más y más difusa, sus trazos se evaporan y esos ojos antes escrutadores se tornan primero dos grandes manchas para después, junto con el resto, desparecer en un manojo de confusión donde ya nada perdura. Adiós para siempre.

5) Retraso

en el servicio de autobuses, que provocará que el inefable hombre de letras, tenido en alta consideración incluso por parte de aquellos que jamás han ojeado un libro suyo, llegue con retraso al homenaje que sus amigos y colegas y editores y lectores le organizan en una concurrida librería del centro, parapetada tras un espeso enjambre de callejuelas medievales. Consciente de su fama de individuo estricto y responsable así como de la estricta responsabilidad que comporta su fama, recorrerá las últimas calles que le separan de su cita con el corazón no ya en un puño, sino debidamente guardado en el bolsillo de la camisa, protegiéndolo de inclemencias e inesperados pasmos. Llegará finalmente a la puerta de la librería que, llena hasta los topes, parece engalanada a la espera de un gran acontecimiento. No sin grandes dificultades conseguirá hacerse un hueco entre la primera marea de gentío, ésta formada por una nube de curiosos que se agolpan alrededor del lugar sin saber exactamente qué está pasando, paralizados por la vaga sensación de relevancia y de acto oficial que todo aquello traspúa. El avance más allá de este primer flanco será pero más duro, tanto que le resultará casi impracticable el dar un solo paso, aún y audándose de estudiados y sutiles codazos, consiguientes disculpas y otras lindezas. No acertará a intuir el final del tumulto, a pesar de creer que lo único que debe hacer es seguir recto, ahora con violencia si fuera necesario,  una vez llegado a su destino, disculparse por el retraso. Transitando por el espesor de ese trópico sentirá el sudor resbalando por su nuca, su corazón latiendo inquieto en el bolsillo y una creciente sensación de amenaza esparcida por toda aquella multitud de rostros, que no parecerán prestar atención al hecho de que están cerrando el paso al destinatario de ese esperado homenaje al que asisten. Cada segundo pesará como una losa, cada centímetro se dilatará como un páramo que devora el futuro a cada paso. ¿Y si no llega nunca? ¿Y si la turba le deglute y borra su huella entre el anonimato, después de tanto esfuerzo por llegar? Por fin, tras una eternidad, conseguirá hacerse fuerte en la primera fila, justo en frente de la mesa donde debería de sentarse  recibir los consabidos elogios. Pero la silla reservada para él no estará donde debiera, y la expresión de los contertulios, visiblemente envejecidos, reflejará un semblante melancólico y volátil. Lo que allí se celebrará no será lo que él formalmente esperaba. No un homenaje en vida sino un sentido recuerdo póstumo, diez años –cree adivinar a través de cuchicheos- después de su repentina desaparición. Todos estarán invitados al acto. Todos, por supuesto, excepto él.

6) Vagabundeo

de una idea que

¿cuál qué cuál idea? Sí, alguna cosa, algo debería de estar aquí escrito, un nuevo ejemplo, una bella historia llena de sedosos pasajes, pero no. Pero no. No está, en su lugar no ha nada, perdida, perdida por el camino justo antes de hacerse visible, quién sabe por dónde andará; por el mar de las cosas jamás consumadas, por el desierto de las ideas nunca realizadas. Nos la ha jugado, sin duda. Punto y final.

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