Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (6)

El mapa y el territorio y el final feliz

Excursos sobre la efectuación de la guerrilla

Huelga decir que, con semejante caracterización -aunque tal vez sería más justo denominarlo bosquejo o aproximación- el concepto de guerrilla supone ante todo un concepto eminentemente práctico, una forma de pensar que requiere, ineludiblemente, de un espacio en el que efectuarse. Y dado que dicho espacio no puede ser un lugar (en el sentido de porción o acotación del espacio sometida a regímenes de codificación y a instancias de institucionalización), las consecuencias de todo ello en el marco de la Historia son más que relevantes…

La guerrilla no aspira a efectuarse en ni a afectar a la infrastructura (o el continuum material de los medios de producción), ni tampoco a la superestructura (el tejido de códigos y discursos que promueven la institucionalización así como la ideología). Ambos son lugares comunes de la revolución: en un caso dicha revolución aspira a tomar el poder y por lo tanto a reconfigurar dicha infraestructura (las revoluciones burguesas y proletarias), mientras que en el otro pretende influir en el poder por medio de una remodelación cualitativa de la superestructura (la revolución enciclopedista, pero también la revolución copernicana). La guerrilla, por su parte, no pretende ni puede llevar a cabo dichas efectuaciones, porque opera directamente fuera de cualquier estructura: al apostar de forma decidida por hurtarse a sí misma de todo plano unívoco, de toda localización de su praxis en lugares comunes, la guerrilla se hurta también de toda ansiedad estructurante y, con ella, de toda historicidad. Las revoluciones, tarde o temprano, aspiran a hacer (la) Historia. La guerrilla opera fuera de la Historia y, de esta manera, no sólo se sustrae a sí misma de la historicidad, sino que también sustrae a la propia Historia de su poder de convocatoria y de registro. Si la Historia tiene su razón de ser en documentar lo que ha pasado (y de esta forma asegurarse en cierta medida de que no vuelva a suceder, “lo pasado, pasado está”), la guerrilla introduce un elemento de delirio en dicha historia, al convertir el registro positivo en un interrogante: ¿qué ha pasado?

 [es la pregunta que se hace el ejército americano cuando se enfrenta por vez primera a las guerrillas del Vietkong, a su operatividad selvática y casi imperceptible. También se hacen esa misma pregunta las fuerzas regulares de Batista en los inicios de la rebelión castro-guevarista, que cuanto menos en dicho inicio tiene mucho más de guerrilla que de revolución. Es algo equiparable también a lo que le sucede a un lector habitual de novela cuando se enfrenta a los entresijos de un relato breve: acostumbrado al despliegue cronológico, visible y contemporáneo de la acción -cuanto menos en el concepto “clásico” de novela-, se ve desbordado por la potencia disipativa y la naturaleza espectral del relato, cuya intensidad literaria reside en buena medida en su capacidad para desvanecerse justo ahí donde el lector creía poder empezar a controlar su discurrir. “¿Qué ha pasado?”, “¿Qué es lo que he leído?”]

 ,lo que convierte su praxis y su potencial de efectuación en una situación siempre novedosa, porque en tanto que no histórica, siempre puede volver a suceder, y hacerlo con los rasgos imprevisibles de algo que, en realidad, jamás ha pasado. La guerrilla se despliega, como el mito, en el espacio inasible del eterno retorno.

Insistir en los pasos abiertos entre la guerrilla y dadá es aquí pertinente. En primer lugar, fíjense que dadá es, de todos los movimientos artísticos de esa heroicidad pre-bélica, el único que se resiste al sufijo -ismo. dadá no es dadaísmo. dadá es dadá, lo que supone que dadá es una instancia que emerge incontrolable fuera de los marcos la historicidad artística. Sin adscripciones a una temporalidad registrada (-ismo) ni a un sentido de la propiedad (también rechaza la mayúscula del nompre propio). De hecho, dadá aparece en buena medidad para soliviantar dicha historicidad. Sus aportaciones son muy similares a las que lleva a cabo la guerrilla en su intento de dislocar la historicidad de lo político y de lo social: acciones intensas, evanescentes, que no pretenden significar nada, sino tan sólo suceder. Son puro sentido de la praxis, pura afectación de la realidad por medio de una efectuación carente de dramatismo y de trama. La irrupción inesperada de un cuerpo guerrillero en medio de la jungla -o en medio de la urbe- es equiparable a la irrupción del urinario de Duchamp en medio de un museo. Ambos provocan un cortocircuito de doble calado. Por un lado están diciendo “no se molesten en registrarme, no formo parte de la historia, soy un fantasma que emerge en su borde exterior”, y por el otro, constatan que dicha irrupción es la sintomatología de una crisis en el seno mismo de la historia, de sus valores, instituciones y pre-juicios. La existencia de dadá y de la guerrilla, incluso (o sobre todo) en su dimensión translúcida, fugaz y carente de espesor, es la expresión misma de una cierta muerte del relato-historia-Dios. El relato de los grandes movimientos artísticos, el relato de los grandes movimientos políticos y sociales. De lo que cabe en el interior de un manual, de un mapa, de una plegaria.

La guerrilla, como dadá, da-qué-pensar, precisamente porque resulta algo casi siempre impensable en el momento de su irrupción, y dará-que-pensar porque su potencia de situación a-histórica los vierte como posibilidad futura en tanto algo que, en términos de realidad y de código, de lugar y de estructura, no ha pasado.

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