A las armas, econotariado!

Economista de tipo medio a punto de cortar amarras

 

De un tiempo a esta parte estamos asistiendo a un fenómeno de ligera disrupción mediática. Y entiéndase que la ligereza de dicha disrupción se debe más a la singularidad y dispersión de esos fenómenos, que ocupan simples quantums del espectro informativo, que no a la relevancia de lo que dan a entender. Me refiero a la aparición, en distintos medios, de economistas de alcurnia y en algunos casos de catastrófico juicio estético -lo cual no tiene que ser precisamente malo- ejecutando un revés dialéctico a la consabida prosodia cientificista y por ende inaccesible con la que el gran fantasma de la economía se había hecho fuerte estos últimos años. Dichos ilustrados del capital (Gay de Liébana, Sala i Martín) han empezado a proclamar la necesidad irrevocable de una alternativa de violencia y de rebeldía por parte de la población ante el funesto thelos que el gran Leviathan financiero está dibujando en el horizonte. Han pasado de repartir culpas entre el vulgo, incidiendo en esa malsana costumbre de la sociedad civil de vivir por encima de sus posibilidades, a plantear que quizás la única posibilidad que tengan de sobrevivir sea tomando la opción de la guerra. No hablamos de tanques ni de milicias, todavía. Pero sí de un estado de ánimo y de una predisposición ignífuga. Valga aquí introducir la salvedad de Arcadi Oliveras, rarísima avis casi quimérica de todo este teatro.

Este cambio de rumbo en ciertos economistas resulta altamente significativo. Es la plasmación de algo que también apunta el gran Antonio Baños en su libro Posteconomía; hacia un capitalismo feudal, y que más una hipótesis ingeniosa tendría que ser considerado a estas alturas un estado de cosas inapelable. El camino que inició la economia con David Ricardo -el primero en teorizar sobre un estadio abstracto del hecho económico a partir del concepto de equivalencia y de valor, que establecía el necesario arbitraje de un patrón intangible de cara a establecer las correspondencias monetarias de las mercancías, llámese capital- fue un viaje de ascensión hegeliana hacia una abstracción pura, una entelequia en la que la economía se desvinculaba cada vez más de su anclaje material, social y positivo (en tanto que ciencia aplicada) para convertirse en un entramado hermenéutico destinado a descifrar y codificar, de forma cada vez más infructuosa, los movimientos gástricos de ese ente ingrávido y omnisciente que era y es el capital. Con la tiranía del capital financiero como buque insignia de toda noción de crecimiento y de progreso económico, la economía dejó de tener sentido porque, sencillamente, el capital se bastaba de sí mismo y de unos cuantos sumos sacerdotes para otorgar -en los menos casos- o usurpar -en la mayoría.

Ahora, ahogados por la arenisca que desprende el desierto de lo real, incluso los economistas se han dado cuenta de la política de tierra quemada que el capitalismo financiero deja tras de sí, y también delante. Se empiezan a percatar de que su función es cada vez más estéril, porque no pueden predecir, ni normativizar y, en algunos casos, ni siquiera entender. El proceso de ascensión se ha frenado en seco y en la caída de bruces en el cenagal, la visión holística de las cosas empieza a ser preclara y cruel. Y sí, llaman a la rebeldía y a la violencia. Aunque por el momento el apelativo es exterior, y su Yo particular no parece tener aún pretensión de inmiscuirse como agente activo en la rebelión. Permanecen en una lábil frontera, allí donde sí se sienten con fuerzas para instigar y lanzar imperativos de futuro. Y quizás también porque su cerebro paramétrico espera que, a la larga, de esa guerra acaben saliendo luctuosas estadísticas económicas algo más controlables que les permitan recuperar la potestad perdida.

Para tener un testimonio del asunto aquí mencionado:

 

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