La trama de todo (y lo de más allá)

Detalle de un teatro de los sueños abandonado y de las líneas de fuga derivadas

Este es el primer caso de cross-over en el que esta bitácora participa. Animado por los recuerdos de esas sagas superheroicas de la juventud en la que universos paralelos desaparecían y hordas de terribles alienígenas obligaban a trabajar codo a codo a todo aquél que tuviera unas mallas de colores en el armario (fueran para hacer el bien o para esparcer el mal), me permito establecer el primer eslabón de este engarce hipertextual. En este caso es una réplica-remake-secuela animosa de un post publicado en el bloc Conócete a mí mismo de Victor Nubla. Concretamente, este. Recomiendo encarecidamente leer con anteriodidad dicho post para disfrutar al máximo de las intrigas, subtramas, giros y cliffhangers de esta saga.

En el capítulo de hoy:

La circularidad del proceso de producción mencionado en ese post resulta interesante, puesto que demuestra que la producción de realidad y por lo tanto de sentido es eminentemente un proceso de cariz energético, un sistema autopoiésico que, en su funcionamiento como circuito, expele siempre un excedente que, de una parte, desborda la propia circularidad cerrada del proceso (y, en cierto modo, genera una realidad “otra”, exterior), y por la otra garantiza la continuidad, en tanto este excedente es indispensable precisamente para producir la realidad “propia”. Podríamos hablar por lo tanto de dos formas de economía integradas en este sistema: una economía de la preservación, que garantiza la estabilidad del proceso de producción y de consumo, y una economía crematística, que trabaja fantasmagóricamente a partir del excedente generado por la primera, y que contribuye “espectralmente” a la existencia de aquella primera economía. Digamos pues, a lo Bataille, que en la economía de producción de lo real hay siempre latente una “parte maldita” cuyo parquet de operaciones de alto riesgo es la imaginación y cuya operatividad es cierta matemática entrópica. Lo que resulta evidente es que la producción de este excedente de realidad (denominémoslo sueño, pero también arte) no es un mecanismo que “represente” el escenario de determinadas represiones pulsionaless. Es decir, no es una estructura codificada que sea necesario  interpretar, sino que es precisamente la forma de expresión no-codificada de la maquinaria de deseo que trabaja de forma inmanente en el mismo plano de la realidad. Entender este excedente exterior como sistema de representaciones (como “teatro”) es el primer paso para convertir precisamente el sueño y el arte en el mismo vehículo de la represión, a partir de la forma temprana de esta represión, que es la represión lingüística y con ella la represión metafórica. La primera forma de ambición que codifica el deseo es la aspiración a controlar el devenir a partir de la generación de discursos y expectativas que promueven el considerar la realidad exterior como un sistema de situaciones pre-visibles y por lo tanto controlables si se dispone del oportuno manual de instrucciones / interpretaciones. Lo simbólico siempre ha sido némesis de lo metafórico, de eso no cabe duda. Uno desborda el lenguaje en su grieta de interpelación a lo exterior de sí mismo. El otro, por lo contrario, liquida el problema del misterio por medio del gran milagro de la correspondencia y la analogía.

Quizás por mi parte (una parte malditamente filosófica, me temo) matizaría la cerrazón que ese circuito mencionado puede inspirar. Una cerrazón que en cierta forma ya he cuestionado cuando he hablado del excedente de energía que desborda la fórmula del circuito cerrado. Me resulta interesante conceber que, mientras se trabaja en esta dimensión exterior o de alteridad (lo que excede el circuito), el sujeto atraviesa un plano de temporalidad no histórica y que se podría equiparar a la temporalidad mítica (o en todo caso poética, en su acepció griega / trágica). Lo verdaderamente fructífero a mi entender es que, aun cuando esta temporalidad es el gérmen del espacio de la imaginación (que en última instancia es el que posibilita la ligadura de las facultades sensibles e intelectuales y por lo tanto la capacidad de generar conceptos y pensamientos en el campo de la realidad “propia” o cotidiana, siempre que entendamos que eso de crear conceptos y por lo tanto de pensar es algo en cierta medida muy parecido al arte), en caso alguno debemos sucumbir a la obsesión paranoica de interpretarla, de dotarla de significaciones propias de la temporalidad histórica (secuencialidad, causalidad, contigüidad, y en última instancia, teleologia), puesto que de hacerlo estaremos liquidando precisamente todo el potencial de esta a-historicidad de la que participamos, tanto en el sueño como en la creación artística. O dicho de otra forma, no hay que entender las incongreuencias del sueño, como tampoco hay que clausurar los problemas que genera el arte y el desconcierto promovido por algunos pensamientos. El hecho de participar de ese tiempo “otro” es precisamente indispensable para asumir que, en cuanto que seres dotados de un pliegue “mítico”, no estamos condenados a la pragmática de aquello ya dado y de la re-presentación de los hechos, sino que, como en el eterno retorno tal y como lo concibe Nietzsche, estamos en disposición de generar siempre contextos de realidad inéditos, nuevos, que nunca se agoten en la narratividad de la historia. En definitiva, estamos en condiciones de repetir siempre aquello completamente diferente.

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Una respuesta a “La trama de todo (y lo de más allá)

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