Inteligencias de la miseria

Suplicio tras intento de emancipación

Suplicio tras intento de emancipación

La Economía ha muerto. Y al mismo tiempo lo económico nos atraviesa completamente.  Esto puede parecer curioso, incluso paradójico, pero visto desde una cierta perspectiva no lo es tanto. Es la evidencia de un corte de naturaleza casi parricida: el tutelaje científico que ejercía la Economía en tanto que manual de instrucciones al que recurrir para registrar lo sucedido, delimitar lo que sucede y preveer lo que sucederá (esto es, la integración de lo económico en una trama histórica de hechos y de datos con un cierto potencial de consumación) se ha desvanecido en favor de una constelación de experiencias, micrológicas en muchos casos, cuya intensidad de propagación y de inoculación genera, en tiempo casi real, su propio correlato de interpelaciones. El Uno (la Economía, así, en mayúsculas) se pierde en el horizonte para dejar paso a la multiplicidad de las efectuaciones (lo económico). Esta multiplicidad siempre ha existido, lo humano siempre ha acontecido según unos parámetros económicos (entiendiendo lo económico como el trazo que da cuenta de las formas en cómo se preserva, se gestiona y se optimizan los recursos no sólo materiales, sino afectivos, intelectuales e incluso espirituales). Pero de un tiempo a esta parte la comprensión de lo económico ha experimentado una mutación crucial. Ahora lo económico es algo inmanente, emerge de forma constante en el plano de las cosas que pasan, y en ese emerger (dramático, en la mayoría de casos) genera y disemina múltiples enfoques del problema, articulados y propagados por los propios agentes afectados por el mismo.

Sin duda la aparición de esta nueva forma de precariedad llamada cognitariado ha posibilitado dicha propagación. Una cierta forma de inteligencia colectiva (en lo que refiere a la extensión de sus articulaciones) y al mismo tiempo guerrillera (en lo relativo a su intensidad motriz) ha propiciado la irrupción transversal de toda una serie de conceptos y de diagramas (lo que Foucault llamaba herramientas, en su sentido más instrumental) por medio de los cuales aquellos estratos (ciudadanía, multitud, clases sociales) que antaño eran subsidiarios de una propedéutica ajena que determinaba científicamente la naturaleza de los hechos (los científicos economistas) resultan ser ahora los que generan y manejan esa misma propedéutica. Nociones como acumulación, desposesión, empoderamiento, austericidio, no son hipostasías de un Logos oligárquico que las disemina y las distribuye como maná intelectual, sino que son trabajados en la literalidad mundana de los hechos y de sus principales afectados. En cierta forma se ha producido una simbiosis entre la infraestructura i la superestructura: lo económico y lo cultural se entrelazan, se contaminan. Ya no es exacto decir que uno condiciona al otro, sino que ambos entretejen un tapiz heterogéneo en el que resulta casi imposible llevar a cabo distinciones tan diáfanas. No se trata de que todos seamos potenciales ecomomistas, sino que todos percibimos aquello que resulta potencialmente económico en el discurrir de los hechos. Y se piensa y actúa en consecuencia.

Quizás se deba a que la eugenesia social que pretende llevar a cabo la cultura de clubs actual (el Club Bilderberg, el Club de las Finanzas, el Club de la Troika) ha revivificado el enfoque materialista de los hechos. En semejantes circunstancias el intelectualismo ingrávido que promovía la Economía en tanto que ciencia ha devenido una instancia estéril. Lo económico se comprende y se conceptualiza, fundamentalmente, porque se sufre. Es una cuestión de afectación de los cuerpos y de los espacios (cuerpos violentados y espacios usurpados), una cuestión biológica, fisiológica. Al fin y al cabo, Economía y Ecología comparten la misma raíz (“oikos”) referida a hogar en tanto que espacio y patrimonio común de subsistencia. Irrumpen pues en un caso y en otro las nociones de equilibrio, de preservación y de sostenibilidad. La simbiosis se genera de manera espontánea en la lógica interna de un ecosistema “natural”, y también puede suceder lo propio en un ecosistema humano (Hohenberg y Holls lo llaman “aglomeración por simbiosis”, generación de riqueza y de recursos a partir de la proliferación de singularidades que comparten recursos y oportunidades, algo que podría servirnos de contrafectuación a la “acumulación por desposesión” que articula el discurrir del capitalismo).

Con todo, no deja de ser curioso. Curioso que sea a partir de lo económico que se de carta de defunción a la Economía. Aunque eso no es nuevo. La intelligentsia siempre ha sido refractaria a la propagación de las ideas que permanecían valladas en sus cortijos. La Política también está muerta, precisamente porque ahora todos tenemos el pleno convencimiento de que somos animales políticos, mucho más que los bustos parlantes que nos azotan con su retórica en esas “largas noches” que ponen el broche de oro a las grandes fiestas de la democracia.

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