La trama de todo (y lo de más allá); excurso atávico

Infructuosa tentativa de codificación reticular con vestigios de ausencia

Infructuosa tentativa de codificación reticular con vestigios de ausencia

La locura es la matriz de la sabiduría

Giorgio Colli

Intempestiva agitación obliga. Incauto ánimo exploratorio empuja a retomar las consideraciones de este-ese panegírico algo delirante acerca de los vaivenes de aquello que contemplamos (en la mayoría de ocasiones) y pensamos (las menos y más afortunadas) como realidad y, en ella, sus brumas y recodos imaginarios. Lo que ya se expuso en su momento tuvo dos excursiones añadidas en la bitácora de Conócete a mí mismo y que puede hallarse aquí y aquí. Dos meandros que, lejos de cualquier pretendida sujeción del asunto, espoleaban más si cabe una incauta perseverancia en el mismo. Aletargada la dimensión biológica, el marchamo de Physis con el que se inició el toma y daca, la cosa se ha prodigado por territorios mucho más lábiles, lo cual no deja de ser muy pertinente en relación a esta trama. Nos hemos aventurado a la procesión de lo religioso y lo sagrado, así que recuperando el hilo (no el de Ariadna), vamos a hablar, y sobre todo a escribir, sobre el mito.

En alguna otra parte se había apuntado ya que el proceso por el cual la articulación de lo real (quizás sería más pertinente hablar de lo actual, lo real como categoría está cada vez más desacreditada desde que se procedió a su sistemática desertización) se entretegía con lo imaginario por medio de una estrategia de exceso y de estabilización nos situaba en una circunstancia cuanto menos problemática. La de asumir una copertenencia constante a, por un lado, la temporalidad histórica, el argumento objetivo y positivo por el cual las cosas se suceden según un régimen de producción lineal de conservación y previsión, y una temporalidad exterior, ajena y de parámetros difícilmente domesticables, que podríamos tranquilamente considerar como mítica. Los trabajos que se llevan a cabo en las fases del sueño tienen pues una doble naturaleza, que en cierta forma supone la repetición cotidiana de un momento genético: el del pliegue fundacional en el que se produce el encuentro entre Apolo y Dionysos. O lo que es lo mismo, la conjunción (desprovista de dialéctica, es decir, de un régimen de equilibrio simétrico) de un desideratum creativo y tendiente al exceso, rebelde ante ciertas estructuras lógicas de correspondencia -Dionysos- y una tendencia a construir, en base a ello, un cierto plano de fijación y estabilidad con el objetivo de mantener algunas huellas reconocibles de ese mismo proceso -Apolo. Huellas formales que son las que posibilitan la construcción de eso llamado cultura.

Pero el encuentro entre ambas instancias, que no son ni mucho menos autoexcluyentes, no arroja un universo de figuras cerradas. La extrañeza y el delirio controlado forman parte consubstancial de esta síntesis, y de ella se deriva, como una grieta permanentemente abierta hacia el afuera, lo simbólico. Es de menester aclarar este punto: no nos referimos a una categoría de lo simbólico que podría fácilmente instalarse en el terreno de la hermenéutica de salón y de la terapia psicoanalítica, tan absorta en la necesidad de clausurar cualquier vestigio de enigma; lo simbólico es precisamente aquí una formulación que incorpora un suplemento de carencia. Puede parecer paradójico, y así es: el símbolo es la instancia por la que lo actual / factual experimenta la inoculación añadida de un rasgo que, al mismo tiempo que lo proyecta fuera de sí en dirección a lo Otro (y por lo tanto lo amplia), desvanece buena parte de su consistencia como signo perteneciente al curso de esa misma factualidad. Es el precio que hay que pagar por sobrepasar el borde exterior de los hechos e instalarse en el terreno de los acontecimientos: allí donde, esquivando la reglamentación de Cronos y su voracidad, emerge el sentido de lo insensato. El devenir.

¿Qué valdría el encarnizamiento del saber si sólo hubiera de asegurar la adquisición de conocimiento y no, en cierto modo y hasta donde se puede, el extravío del que conoce?

Michel Foucault

El devenir mítico que se instala y fluye en este tipo de pliegues comparte con lo onírico y también con la locura una cierta imposibilidad muy productiva: la de no ser codificable como obra. Escribir no sobre ello, sino en ello, implica necesariamente renunciar a ciertas nociones y sujeciones que se encuentran en la base fundacional del humanismo y de la cotidiana estabilización de los hechos. Allí donde se despliega lo mítico no hay obra, no hay discurso o archivo. Hay la emergencia de lo indiscernible, que obliga a generar un mapa inédito de conceptos. Un diagrama o máquina abstracta que apunta modulaciones y formas operativas, pero que no asume como propias las legislaciones de la narración. La Odisea, la Ilíada, no fueron concebidas como obras: son excursos en los que la razón incipiente se contamina de forma irreversible de su alteridad atávica, de la dimensión de sí misma que no puede decirse, sino tan sólo acontecer. La co-pertenencia a lo mítico, a lo imaginario, convierte así mismo la escritura, incluída esta misma, en la huella de una ausencia. En el rumor laberíntico de algo que en realidad jamás ha estado allí de forma explícita. Y, por lo tanto, en el anuncio de una reiterada proliferación de fantasmas en los que jamás encontraremos la reproducción exacta del mismo eco.

Así casi son las cosas, y así casi se las hemos contado.

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