Un injerto acerca del recreo

La hora del patio es una simple cuestión de perspectivas

La hora del patio es una simple cuestión de perspectivas

Vivimos en una época en la que las cosas ya han llegado, están ahí, sin necesidad de haber partido antes de lugar alguno. Esto lo había escrito Paul Virilio y alguien lo recitaba con encubierta afectación en una de esas veladas en casa de otro alguien o del mismo. Esas veladas. Tardes-noche de precario equilibrio entre el escrúpulo y lo crápula, escenas de plano fijo y amasijos de diálogos. Mientras agitaba el hielo troceado en el interior de una coctelera con aspecto de pulmón de acero, o mientras pulsaba el botón de un robot de cocina en cuyo interior se dirimía el paso de las verduras hacia el universo de las estructuras subatómicas. Es posible que esta frase venga a su encuentro en el actual contexto (difícil que sea él mismo quién fuerce su aparición); un pequeño latigazo de palabras entretejidas irrumpiendo oportunamente al son emmudecido de ese cartel sobre el alejamiento del fin del mundo. Ese cartel que estuvo y ya no está pero que quizás vuelva a aparecer. La contracción de las distancias, la erosión de la profundidad y del efecto de perspectiva, un campo gravitacional completamente innovador que aglutina los acontecimientos sobre una misma superficie, despojándolos de historia. La inmediatez de los hechos, todos ellos ya consumados, definidos en el acto. Lógico pensar, pues, que en cierta forma el apocalipsis se aleje en cuanto tal: ¿qué sentido tiene una catástrofe escatológica, un juicio final ligado a salvas proféticas y a una previsora narración de expiaciones, si de hecho ese mismo juicio ya está aquí y ahora realizado, estilizado como un manto de secuencias que se despliegan y se desvanecen al mismo tiempo, futuro soluble diluído en un presente lechoso y entero? Ninguno. Ningún sentido. Fin de la distancia y de la memoria, fin del mito. Todo cuanto yace aquí ya realizado, en el fondo exhibe tan sólo la muesca quemada de sí mismo. La huella de su inabordable alejamiento para siempre jamás.

En esa misma velada ese alguien o quien fuera que salmodiara este pronóstico intuyó que todo cuanto le queda al ser humano en este nuevo tiempo es tan sólo la hora del recreo. En efecto, se habló de la hora del recreo con la acidez añadida justa que proporciona el sorbo del gin tonic, la patraña calculadamente violenta del intelectual adicto y politoxicómano.

-El patio, la superficie de cemento situada en el tejado de la escuela, una cancha cercada por vallas oxidadas y por la vertiginosa posibilidad de la caída al vacío más allá de sus límites. La hora del patio es el reino de Cronos, devorando paulatinamente a los niños, uno a uno, antes incluso de que estos hayan tenido la ocasión de cagarse en el bocadillo que les han preparado sus padres (de esa forma tan infantil, esa maldición entre dientes algo informe que espera poder definirse y hacerse recia y contundente con el paso de los años, hasta el que niño ya no tan niño se vea con la necesaria convicción como para espetar a sus mayores en “mecagoentodo” alto y claro); el patio en el que todo es juego, correr de un lado a otro atizado por el aliento de la competición, por el instante mágico y perverso en el que se intuye la posibilidad del poder absoluto y del sometimiento de todo lo ajeno. Esto es así, queridos míos.

-Ajá.

Él, como todos, está ahora preso en la hora del patio. El confinamiento dentro del perímetro de un mundo a la vez reducido e inacabable. No hay expectativas, ni prámbulos. Tan sólo paseos esquizofrénicos, carreras en diagonal acortando las distancias y buscando la mejor posición para el remate. Alguien ha procurado cercenarle la yugular al profesor de turno y que de esta forma no sea capaz de accionar el silbato anunciando el final del recreo. Permanece moribundo y desangrándose poco a poco en una esquina, y con él agoniza también el regreso a las materias, a las asignaturas pendientes, a la historia particular y sus advenimientos. Aquí, en el patio, todo está dado y acabándose constantemente.”

 

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