Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (7)

La máquina y su soberana capacidad para la catástrofe

La máquina y su soberana capacidad para la catástrofe

La guerrilla no es un hecho histórico. No es un dato, algo dado. En tanto que se sustrae a la historicidad de lo consumado, la guerrilla se adecúa mucho más a la naturaleza de las situaciones y los acontecimientos. Su naturaleza es votátil, disipativa y performativa. Lo suyo no es el participio, sino el potencial inabordable del infinitivo y la constante fractura del gerundio. La guerrilla jamás será una conjugación estable (sido): su campo de operaciones tiene que ver por contra con lo virtual (el ser) y con lo performativo de su despliegue (siendo). Ahí también (o quizás fundamentalmente) se diferencia de la revolución; la guerrilla, en el sentido de la pragmática de los hechos, de la jurisprudencia del legalismo histórico, jamás ha triunfado. Jamás se ha impuesto como estado de cosas a nada ni a nadie. Si acaso puede pensarse en algo semejante a un triunfo, éste tiene que tomarse en su acepción de posibilidad abierta constante (la guerrilla está siempre en condiciones de triunfar) o de operativo de performatividad en constante movimiento (la guerrilla está triunfando). En el momento en el que se posa en el cenagal de lo ya dado, en el momento en el que la guerrilla se da por hecha, sencillamente desaparece. Muere por hipertrofia, fruto del contagio de otras realidades con las que se la quiere emparentar pero respecto las cuales no guarda semejanzas, quizás tan sólo recelos comunes.

En este sentido resulta pertinente anotar que la guerrilla no tiene por qué asumir -necesariamente- ciertas formas y estrategias. Especialmente en el actual contexto, en el que la geopolítica física ha dado paso a una geopolítica translúcida e ingrávida en la que el despliegue del conflicto difícilmente se da dos veces en el mismo terreno. El mundo está progresivamente complicado e imbricado, al tiempo que su aspecto se adocena. No pensemos pues en la guerrilla como algo necesariamente ligado a grupos de combate cubiertos de manchurrones destinados al camuflaje, ni siquiera en brazos armados de fusiles y pies envueltos en el cuero recio de una bota militar. La guerrilla, dicho sea de paso, no es tal o cual grupo humano, tal o cual manifestación concreta. La guerrilla es un concepto operativo, una modulación. Y como tal, adquiere una u otra forma en función del cartografiado en el se produce y del cuerpo de deseos y urgencias que lo posibilitan. Sigue siendo ese cuadro de hombres armados en la selva, pero también es otras muchas situaciones: una confabulación de multiplicidades anónimas en la red, una acción de desconcierto, un conjunto de gestos emergiendo en tanto que problemas aparentemente irresolubles en el plano de una comunidad supuestamente estable. La guerrilla toma muchas formas, pero se le pueden atribuir un conjunto de rasgos por medio de los cuales pensarla y a través de los cuales pensar. Podríamos decir que, desde un punto de vista genérico, la guerrilla es una máquina abstracta que se efectúa en lo real como conjunto de efectuaciones que provocan la disrupción del significado y la irrupción del sentido en el terreno de lo (presumiblemente) dado. No debe de sorprender que se le atribuya esta doble articulación: en tanto que potencialidad, que esquema infinitivo, la guerrilla posee una dimensión latente de maquinaria, en el sentido en el que habla Deleuze de ella. Una planificación virtual que tiene más de pulso poético que de estrategia militar. Un entramado de líneas e instrucciones posibles.

Por otro lado, la guerrilla muestra también una dimensión inmediata y fugaz de fenómeno performativo, de actitud urgente que se efectúa de manera precisa, micrológica, para después regresar al terreno de la bruma. En ese espacio de efectuación, la guerrilla sustrae al mundo una parte de sus significaciones asumidas y las contrarresta por medio de una acción que añade una x y una n: una incógnita indeterminada y un grupo de agentes, víctimas y beneficiarios múltiple. Un ronroneo catastrófico. Esa es otra diferencia respecto a los procesos revolucionarios. Allí donde la revolución instaura el terror como mediación necesaria, como antesala de desazón a lo que debe de ser una nueva utopía regente ligada a una unidad de legitimación (pueblo), la guerrilla inocula la catástrofe como instancia soberana de caos en el que aletea el fervor de una multiplicidad de acción (multitud). En la guerrilla habla la multitud, aunque el agente catalizador sea un sólo individuo o un sólo gesto. El pueblo y la revolución quieren darse a conocer, necesitan dejar su huella en el registro histórico porque es allí donde la instancia de representación a la que pertenecen encuentra su razón de ser. La guerrilla y la multitud, en cambio, permanecen translúcidos, porque forman parte del extraño conjunto de la acción directa, de la perseverancia hasta cierto punto imperceptible. La revolución y el pueblo generan postales, souvenirs. La guerrilla y la multitud generan en cambio afectos, sensaciones comunes que no requieren un marco en la pared on una página en el álbum para saberse a sí mismas. ¿Quién realmente desearía tener un urinario firmado en el salón de su casa? O mejor aún, ¿quién desearía hacer un hueco, buscar un lugar especial en el salón de su casa para exponer en él un urinario firmado?

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