Nietzsche, Debord y la desposesión del intelecto; educaciones intempestivas

Monitorización de un conjunto de competencias básicas

Monitorización de un conjunto de competencias básicas

Se trata de un juego de situaciones cruzadas y, hasta cierto punto, de conceptos encontrados. En muchas ocasiones el pensamiento surge de una manera apropiacionista, cristalizando en nodos cuya germinación brota del encontronazo de esquejes aparentemente distintos. Pensar es, pues, una forma de asilvestrar la botánica. De introducir un sesgo algo salvaje en la reglamentación ajardinada de los argumentos y las reflexiones.

La educación es algo complejo. Mejor dicho, la institución educativa es algo complejo. El hecho educativo en sí es bastante más simple, sobre todo si se lo diferencia del adoctrinamiento y del amaestramiento, disciplinas que requieren de un aparato coercitivo y de un cuerpo sancionador y disciplinario bastante prolijo. La eduación, en cambio, se basa en la transmisión personal de un entusiasmo. El de enebrar distintas correas de pensamiento con el objetivo de garantizar que no sólo se pueda seguir pensando, si no que -especialmente- se quiera seguir pensando. Eso separa la educación del automatismo, si bien hay algunos procesos nucleares que incorporan necesariamente una parte del mismo (la mnemotecnia, por ejemplo). Querer pensar es, en definitiva, tener la potestad del pensamiento como algo propio que atañe a las propias condiciones de subsistencia, y que convierte a la larga el intelecto en un factor de resistencia social y político. Faltaría saber si en este grupo de resistencias podríamos incluir también lo cultural, especialmente en estos tiempos en los que la cultura parece más una geografía de batalla que un proceso de emponderamiento colectivo.

Cuando la educación se transforma en un mecanismo para la divagación enajenada, la soberanía del intelecto se ve dramáticamente usurpada. Actúa como un sistema disipativo cuyos reflujos no contribuyen a la consistencia del propio intelecto, sino a otra cosa. La inoculación de determinados esquemas de apaciguamiento moral y emocional (bajo los aspectos concretos de la tolerancia, cierta equidad prostituída o esa monstruosidad pseudoreligiosa llamada realización personal) es una muy notable via de narcotización del intelecto por medio de la alienación educativa. Una forma domotizada y servil de felicidad sustituye a la trabajosa determinación que siempre comporta algo tan notable como el pensar y el querer pensar. Como también es narcotizante la intromisión del valor de cambio en el proceder educativo, un corolario -el del valor de cambio- que es una de las funciones derivadas de una abstracción tan poco edificante como la del capitalismo, cuya maquinaria está basada en la necesidad irrevocable de pertenecer al sistema bajo pena de extinción. El servilismo moral y la servidumbre económica equiparan aquí el hecho de servir al de ser de utilidad. La conclusión es pues que tan sólo un intelecto al servicio “de” puede ser útil “para”. Piensen en ciudadanías, religiones y planes de Bolonia y comprobarán que el trazado es fácilmente transitable.

Nietzsche y Debord, tan aparentemente alejados en tantos aspectos, prefiguran cada uno a su manera el diagnóstico de este servilismo del intelecto. En cierta forma son estratos diferenciados de una misma capa geológica que hoy en día tomaría probablemente el nombre de cognitariado. En la serie de conferencias tituladas Sobre el porvenir de nuestras instituciones educativas Nietzsche arremete contra un modelo formativo que promoueve la educación como una factoría de capacidades lucrativas preparadas para ser aplicadas de forma inmediata en cuanto dicho proceso de formación finaliza. Tras ello hay también un trampantojo bajo la forma de una democracia fangosa en la que el desarraigo respecto al máximo común divisor es contemplado como un anatema entorpecedor. Incluso como una forma de desarreglo, en cuyo diagnóstico paroxístico nos hallamos hoy en día gracias a la extensión de la farmacopea como una materia troncal encubierta en muchos mecanismos docentes. Nietzsche habla también de la pausa, de la soledad meditativa y de un arrojo muy poco hedonista en el proceso de transmisión del pensar en las cosas que pasan. Es quizás la única forma de garantizar que aquello que se piensa no sea usurpado en el febril proceso de acumulación de evaluaciones y de orientaciones. Algo de lo que hoy vamos sobrados. La escuela, en la época de Nietzsche, neutraliza el brillo del concepto por medio de la mediocridad lucrativa. Algo que también le sucede al protagonista de Jakob Von Gunten, de Robert Walser.

Por otro lado, Debord, en La Sociedad del Espectáculo, clama contra la espectacularización del entramado cultural. Lo suyo atañe a una institución educativa sumida en el sueño de los aparentemente justos, bordada con los oropeles de una izquierda que cree haber tocado el cielo tras someter a Marx a un lifting literario y estético de cierto calado y de haber reconvertido milagrosamente a la burguesía en una especie de clase especializada y especialista en la liberación del intelecto. En las distancias cortas y los auspicios de un salón, se sobreentiende. La servidumbre de este intelecto y del circo que se genera a su alrededor, al que podríamos llamar tranquilamente cultura, es la actualización (via nomenclátor soviet) de lo que ya advirtió Nietzsche casi un siglo y medio antes: la desposesión de la potencia que tiene el pensamiento para ser y querer ser, para perseverar en su conducta que es, de forma genética, algo eminentemente intempestivo. La desposesión de todo el utillaje conceptual empieza obviamente en las aulas. Sea en las de un instituto o en las de una universidad. Empieza cuando se invierten los términos y se enseña que es fundamental aprender a ser feliz, cuando en realidad es aprendiendo que sobreviene cierta felicidad (también es educativo llegar a saber que un exceso de la misma resulta sospechoso o incluso contraproducente). Cuando no se considera el valor de la educación, sino la educación de unos valores. Cuando se omite que existe una economía interna al proceso de aprendizaje (como existe una economía del sueño, del sexo, etc) y se proyecta en cambio el hecho de aprender en la matriz de una economía ajena. Los alumnos (y también los docentes, no nos olvidemos) son una forma de proletariado extensa, delicada y hasta cierto punto bastante desamparada. El fenómeno educativo es un entramado cuyas estructuras devienen instancias espectrales para los directamente implicados. El profesor se ve anorreado, el alumno sometido a vapores ataráxicos, todo sucede como si nada. Porque, efectivamente, no sucede nada. No se produce nada. Se expropia todo, que es algo muy distinto. No nos engañemos, no entra la letra con sangre. Es el pensamiento el que es extraído en medio de un largo, sangrante y mudo proceso.

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