Los (otros) muertos

Un buen día nos despertamos con huellas de escarcha encima de los hombros y una pesadez inaudita en los párpados. Tras los farolillos chinos de verano que vieron consumirse nuestros bailes y los fuegos de artificio ante los que estuvimos tantas y tantas noches cegándonos los ojos, llega esa mañana eterna en la que nos damos cuenta de que estamos muertos.
Antes podría decirse que estábamos insultantemente vivos. Tan vivos que el resto de cosas a las que no nos sentíamos ligados parecían piezas de orfebrería funeraria. Nuestro patrimonio era hermoso e insumiso. Esculturas sonoras. Versos pornográficos. Sed de azar y de objetos imposibles. Hambre insaciable. Nada de medias tintas. Ningún prisionero.

Pero ahora estamos muertos.

Lentamente, con una enorme desidia, hemos descolgado los teléfonos y nos hemos comunicado la triste noticia. Entre balbuceos, como es lógico. Empleando un lenguaje  quebradizo y lleno de agujeros. Descalzos sobre el suelo de gres, sintiendo el frío bajo los pies. Y ni hablar de sollozos; la muerte es seca como un corcho abandonado. Con el tránsito de los que ahora presumen de vivos exhibiéndose sin pudor ahí fuera, nuestro intercambio de impresiones ha sonado como algo muy profundo y lejano. Ecos en un pozo abandonado.

-Oye, ¿te has dado cuenta?
-Sí, claro. Tú también, por lo que veo.
-Mm-mm –así responde uno de nosotros, esbozando una concisa afirmación sin abrir los labios de los que cuelga un cigarrillo. U otra cosa.
-¿Os habéis percatado en el aspecto de la gente? Están hinchados, como los ciudadanos de un país que ha ganado la guerra… dios, es asqueroso.
-Repugnante.
-Odioso.
-¿Y ahora qué?
-Ni idea.

Por supuesto. ¿Cómo van a tener ideas los muertos? Los muertos no conceptualizan, no racionalizan lo que les sucede porque no les sucede nada, lo último que les pasó fue morirse, y cuando eso sucedió de hecho no estaban aún muertos. Agonizaban. Una vez consumado el tránsito, una vez superada la agonía, ya no queda nada. Gente como nosotros, esa generación a la que algunos llamaron pendencieros y otros calificaron de bellos conspiradores, hubiera sin duda preferido vivir una agonía eterna antes que desaparecer de esta forma. Pero ni siquiera eso ha sido posible. La agonía ha quedado sepultada bajo el sueño, el estertor se ha desplegado en la más absoluta invisibilidad, ignorante de sí mismo, despojado del último gran poema escénico que podía permitirse, que era el sufrimiento. En cambio, todo a quedado reducido a desaparecer sin dejar rastro. Ni huellas de dolor suspendidas en el aire, ni las dobleces apasionadas del último suspiro en las sábanas. Algún veneno que desconocíamos se desplegó la última noche en nuestra venas y sin mediar palabra nos apartó de un plumazo. Nos convertimos en ceniza sin haber llegado a arder.

Para quien ha mirado a los ojos al ruido y al desorden y los ha moldeado en su particular fragua, en la mesa de vivisecciones de las que salía atropelladamente el elemento del crimen y del arte, el silencio rasposo de esta mañana es lo más parecido al pánico que jamás haya podido experimentar. Aún y estando muerto.

Hacía tiempo que no tenía la oportunidad de observar el cielo. Siempre habituado a posar los pasos sobre el cemento, el granito o los suelos resquebrajados, un imaginario visual que siempre me resultó atractivo, como el cutis de una mujer fatal maltratada por la vida. Pero ahora el suelo se ha evaporado, se ha convertido en uno de esos parajes de niebla del que surgen licántropos o carromatos que cruzan entre chirridos el esquivo perfil de los cárpatos. Así que la vista se dirige hacia arriba. Desde la ventana este arriba es tremendamente limitado, encorsetado entre el marco y el alféizar, pero aún y así es suficiente. Tampoco es mi intención entregarme a una contemplación sin fin. Sólo un instante de reposo. Esperaba, a tenor de las lúgubres circunstancias, un cielo plomizo y fértil en nubarrones. Pero curiosamente, alguien podría calificarlo de fantástico. Amplio y luminoso, casi artificial, una bóveda pintada por un amable artesano para celebrar lo bueno de la vida en su conjunto. Quizás para celebrar alguna carga tormentosa que felizmente ha sido repelida. Desde mi ventana veo a la gente charlar vagamente mientras espera que cambie la señal del semáforo: de pie ante un cruce de peatones, apoltronada en el asiento del coche con el teléfono móvil insertado en el cráneo bombeando tentadoras llamadas al cáncer. Todos ellos albergan, seguro, la sensación de que algo ha hecho que este mundo sea hoy un poco mejor.

A lo largo de los años cada uno de  nosotros mutó en decenas de avatares distintos en función del arrebato estético y vital que nos causaban nuestras conjuras. Asistíamos a los circuitos de estetas subterráneos con heterónimos imposibles, paradójicos en el mejor de los casos cuando no directamente absurdos. La forma en como nos convertíamos a nosotros mismos en cobayas en las que inoculábamos el gérmen de nuestro ideario era, lógicamente, imposible e insultante. Pero aún y así llegó a hacerse realidad. Durante un tiempo. Un tiempo en el que creíamos que en cada rincón putrefacto podía levantarse un Cabaret Voltaire furioso y efímero, y que cada gesto inconsciente era en sí mismo un acto de transformación total del mundo. Promovimos formas de creación aberrante, conducidas por enfermos que eran capaces de sacar perfume de entre unos escombros. Los recuerdo, los recordamos a todos, uno a uno. Nos asalta a la memoria continuamente su singularidad irreductible, su silueta de personajes ideados por algún maestro de la ciencia ficción o de la nigromancia. Y es probable que ahora, como nosotros, ellos estén también muertos. O algo peor, normalizados, lobotomizados en las cámaras secretas de alguna institución llena de burócratas con corbata de color azul celeste.

Nos reunimos en la terraza de un bar en una plaza donde palomas hipertrofiadas pugnan con perros mutantes por el dominio del purgatorio. Allí estamos. Encogidos, con la cabeza gacha y ese sol insultante que ha saludado desde buena mañana nuestro desahucio. Tres sombras enjutas sorbiendo café. Tres cadáveres en busca de su asesino, aún no sabemos si con la intención de saldar cuentas. El café sabe a rayos fritos, como hecho con agua de vertedero. Aún y así, lo bebemos, para qué discutir en estas circunstancias.
Somos los que éramos y no sé si los que ya no seremos jamás. Nos encontramos de nuevo antes que nuestra silueta se diluya por completo y no seamos capaces de reconocernos.

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