Visto y no visto; lo infraleve, la guerrilla y la acción disipativa (8)

Trama reglamentaria para la exposición del botín usurpado

Trama reglamentaria para la exposición del botín usurpado

Al principio de esta serie de bosquejos asomó la lengua T.E. Lawrence, si bien liminarmente evocado a través de palabras impropias. Sin embargo, esa invocación de la fórmula “sin prisioneros” (que también promulga su avatar fílmico) arroja algunas cuestiones interesantes. Trazos relativos a la forma en cómo esos procesos de efectuación y afectación que caracterizan el movimiento-guerrilla desarrollan una muy particular forma de emponderamiento, de agenciamiento. Cuando Lawrence proclama la necesidad de no hacer prisioneros, más allá de una cierta sintomatología de la crueldad, está evocando qué tipo de economía despliega la guerrilla para consigo misma: no hay apropiación, no hay captura de lo ajeno con vistas a construir un mecanismo de reserva y de intercambio, una economía del uso en la que los cuerpos sean concebidos como signos de una dialéctica más propia de los ejércitos e incluso de los bancos. La captura de prisioneros, así como el secuestro, convienen a una determinada forma de apropiación de la alteridad en la que el captor incrementa su poder en base a la usurpación del o de lo capturado. Una forma de interlocución que genera mecanismos y cálculos de equivalencia, en el que las personas, los bienes, las municiones o las porciones de terreno son reducibles a una condición de signo cuya circulación y cuya acumulación definen el mantenimiento de un estado de cosas que trasciende el fragor puntual del conflicto bélico. El aparato bélico, así como el bancario y el político (éste desde cierto punto de vista) se entregan al conflicto sólo y tan sólo cuando se ha garantizado la solvencia del mismo, cuando las pérdidas calculadas son asumibles y cuando el avance en territorio enemigo supone una promesa de incremento en el territorio propio. Dialéctica de la usurpación y de la apropiación, garantía de un incremento del espacio reservado al “para-sí” en detrimento del “ello” o de lo “otro”. Cualquier otra forma de entender este operativo es considerado un “riesgo suicida” e  immediatamente reducido de intensidad al nivel dialéctico del protocolo y la negociación no armada (si bien su esquema de funcionamiento sigue la misma pauta).

En el caso de la guerrilla no existe esta economía de la usurpación y la acumulación, porque la guerrilla no trabaja nunca para-sí. Su campo de efectuaciones y afectaciones no refiere a un cuerpo homogéneo, a un organismo supraindividual que absorba en su seno las necesidades singulares de emponderamiento. Llámese a este organismo “estado”, “pueblo” o incluso “clase”. La guerrilla es un movimiento que huye tanto la colectivización como la individualización de su pathos. No refiere ni a una trascendencia irrevocable ni a una subjetividad caprichosa. La guerrilla trabaja y se confunde con el propio territorio y su objetivo no es otro que preservar el campo de posibilidades que supone ese territorio. Su economía es más bien una ecología: no se apropia de nada sino que se aporta a sí misma como factor de emponderamiento del territorio. ¿Y qué se supone que es este territorio? La extensión soberana del desierto, el laberinto poético de la jungla, la trama heterogénea de una comunidad todavía por llegar. El movimiento-guerrilla es entonces una aportación de gran intensidad a la configuración ecológica de una mente, de una forma de pensar en la que los cuerpos, los cerebros, el lenguaje y el entorno trazan un intrincado circuito de resonancias y afectaciones mútuas. El movimiento-guerrilla defiende la perseverancia del oceáno pensante de Solaris, la co-participación de toda singularidad en un proyecto transversal de supervivencia y de cortesía a nivel ecológico. Una cortesía que pasa necesariamente también por una renuncia, por una forma de resistencia ante determinadas enunciaciones y ciertas disposiciones de aquello conocido como Ley. El ejércido regular se alimenta del reclutamiento y la reclusión (la de los propios soldados en los cuarteles, en las cabinas de sus aparatos y antes en las trincheras; la de los prisioneros y los bienes enemigos confiscados), mientras que la guerrilla se nutre y nutre a su entorno de la deserción y la disipación. Deserción de ese orden coercitivo, irrupción de una resistencia al mismo tiempo aguerrida y volátil que no pretende asentarse, sino precisamente liberar el territorio y las posiciones del mismo.

La guerrilla no es músculo, no es una pretensión de fortaleza intimidatoria. Su constitución es más bien precaria, débil, membranosa. Su disposición no es usurpar, sino convertirse en catalizadora de una necesidad inmanente, de un clamor casi pre-personal. No avanza en el sentido militar del término, sino que se pliega y se repliega, efectúa una modulación de diferencias singulares en un punto y un contexto muy determinados para después confundirse nuevamente  con el contexto. Si lo analizáramos en términos de cibernética, el movimiento-guerrilla aportaría un “bit”, una instancia de modificación y de diferenciación en el mapa que depende pero de su correlación solidaria con el territorio para poder efectuarse realmente. En este sentido la ontología del devenir expuesta por Deleuze y la cibernética desarrollada por Bateson resultan muy parejas. Para Deleuze no existiría, por ejemplo, un corte nítido entre el mongol, su montura o la estepa en la que se mueve. De forma análoga, para Bateson no existe un sesgo definitorio que separe el leñador de su hacha y ésta de la corteza del árbol. Si nos atreviéramos a pensar simultáneamente ambas perspectivas podríamos llegar a la conclusión de que el movimiento-guerrilla es un devenir computacional. Un bit performativo.

La guerrilla no traza planes: ella y el territorio forman un plan conjunto e inabordable por la política y la estrategia bélica convencionales. La guerrilla, como los hongos, es una situación fronteriza y frágil, en algunos casos casi enfermiza, cuya porosidad y capacidad de confabulación con el territorio son su verdadera potencia. ¿Verán alguna vez a una guerrilla actuar fuera del ecosistema en que emerge? ¿Disponer del espacio ajeno como lo hacen las estructuras militarizadas y la ideología acumulativa de los estados-nación-banco? ¿Hacerse visible hasta la extenuación, imponerse e imponer la imagen de sí misma y arrastrar con ello al colectivo hacia su propia sobreexposición, como sucede con la prostituída noción de ciudadanía que arrastramos?

La guerrilla es algo que emerge fuera de la evidencia pero en el epicentro mismo de la necesidad. No es un espectro como definió Marx el comunismo, sino más bien una instancia de indeterminación, un momento de fábula. El movimiento-guerrilla es un movimiento poético, un pliegue trópico sobre la superficie de las cosas. Y como todo lo poético tan sólo es comprensible a través de la exterioridad respecto a sí mismo que expresa. Una imagen sin órganos.

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