Pragmática de los espacios; el sentido, lo público y el arte procesual (escorzo)

Especie de no-lugar; imagen tomada desde un espacio exterior.

Especie de no-lugar; imagen tomada desde un espacio exterior.

“Vivir es pasar de un espacio a otro
haciendo lo posible por no golpearse”
(Georges Perec)
“No sabemos lo que puede un cuerpo”
(Baruch Spinoza)
El 22 de abril del 2009 un trabajador perteneciente al cuerpo de funcionarios del Ministerio de Economía español (en aquellos momentos bajo el mando de Elena Salgado) fue sorprendido por sus compañeros y superiores en el meollo de una tarea que causó y sigue causando una mezcla de incredulidad y estupefacción. Poniendo a prueba las solícitas capacidades de los dispositivos periféricos de los que disponía en el despacho, se embarcó en la titánica empresa de imprimir internet. Todo internet. Tras horas y horas de abrir y cerrar ventanas, de refrescar páginas y (por supuesto) de cargar la bandeja de papel de la impresora láser el funcionario, que respondía y suponemos que sigue respondiendo al nombre de Roberto F. fue exhortado a poner punto y final a su disparatado encomio. Para aquel entonces el habitáculo del despacho era un completo caos de papeles amontonados, a los que Roberto no había tenido la ocasión de poner orden ni concierto. Cuando fue desalojado la impresora seguía escupiendo folios febrilmente, atrapada en la inmensidad de la orden que se la había envíado. Fue necesario desconectarla abruptamente, puesto que resultaba imposible borrar todo cuanto quedaba latente en la cola de impresión. El funcionario en cuestión también fue desconectado abruptamente y su paradero posterior nunca llegó a conocerse.
Esta historia, que hubiera hecho las delicias de Borges o de Mallarmé, no es una historia real. Fue publicada (precisamente en internet) en el periódico líder del trampantojo y del trompe-l’oeil informativo, El Mundo Today. Pero el hecho de no ser real no implica que no resulte pertinente. Al contrario, por lo general los mitos y las ficciones acostumbran a resultar mucho más pertinentes que la realidad, en tanto su capacidad de narrar no está sujeta a la veracidad, que como ya apuntó en su momento Nietzsche es básicamente una cuestión moral y por lo tanto, en último término, un artificio mucho menos interesante que la ficción, puesto que éste pretende ser gratificante mientras que el primero aspira a ser edificante. Y ya sabemos cómo acaba por lo general el éxtasis del ladrillo.
La historia de nuestro buen funcionario (que supone una especie de reverso antitético del funcionario kafkiano, puesto que lejos que pretender escapar al entramado absurdo de su trabajo se empeña en incrementarlo exponencialmente) resulta pertinente porque arroja un relato sutil y potente sobre las nociones de espacio y de lugar. Nociones que tienen que servirnos para explorar los entresijos de la ecología que forman las artes escénicas y sus diversos territorios contextuales. Lo que el protagonista de esta noticia lleva a cabo no es otra cosa que la galileana pretensión de convertir el espacio en algo localizable. Es decir, subsumir el magma polimórfico de aquello que sucede a la geometría estable de lo dado. Fijar la virtualidad del espacio (la red) como campo de posibilidades en el marco de una sucesión de lugares (hojas impresas) que, en la ensoñación cartesiana del protagonista, constituyen la aspiración de un urbanismo del sentido en el que éste, localizable, distribuible e incluso encuadernable, pasa a ser una cartografía de significaciones. Allí donde el espacio latente de internet se abre como una estepa, cuya exploración obliga al nomadismo y a una permanente transitoriedad de las acciones, nuestro funcionario (representante quizás de la animosidad del aparato de estado por administrar el espacio) busca estructurarlo y dejar registro del mismo. Cada hoja impresa es un lugar, una ubicación fija en la que el espacio queda coagulado, listo para engrosar las secciones de un archivo como los edificios y las secciones de un territorio urbano engrosan las listas de las políticas del territorio, los análisis demográficos y los manuales de uso. Por supuesto el relato es hiperbólico y la empresa, lanzada a la desaforada búsqueda de un control holístico, acaba en fracaso. Pero no deja de ser una epifanía de los groseros procedimientos con los que se pretende de manera constante transformar aquello que es acontecer y textura (el espacio) en ser y texto (lugar). Todo ha de tener un lugar.
La misma expresión “tener” u “ocupar” un lugar en el espacio ya nos encamina hacia la consideración de que, aún y pareciendo estar sobre el mismo plano, no estamos pisando el mismo territorio. De que espacio y lugar no son la misma cosa. Como no lo son tampoco el sentido y el significado. Un lugar es siempre una usurpación de espacio, un recorte en las brumas de lo posible para edificar la atalaya de lo pre-visible. Como indica la demografía, el lugar es siempre una porción de espacio “asignada” o “incorporada”, destinada a cobijar un núcleo de habitación estable y sujeto a un cuerpo de reglamentaciones y jurisdicciones concreto. Es por lo tanto una acotación cuyo objetivo es hacer que lo que suceda en el interior de sus límites actúe de acuerdo con las leyes mismas que han contribuído a dibujar su perímetro. Ni más ni menos que el principio básico de la geometría. Y los lugares no son un patrimonio exclusivo de la demografía o del urbanismo. La tendencia a encapsular y a someter el asilvestrado sentido de lo que acontece a la regularidad de una cadena de montaje o de una retícula residencial se ha implementado en todos los ámbitos. El lenguaje y las cosas tienen sus propios “lugares comunes”, caminos trillados que ofrecen cierto nivel de seguridad a cambio de asumir la propia minusvalía. El lugar es el cobijo en el que uno se olvida de la existencia de un afuera.
A menudo se encubre bajo nomenclaturas de espacio lo que no es otra cosa que un lugar común, con la pretensión de constituir zonas de regulación y de control de los comportamientos allí donde se venden espacios de autonomía y de crecimiento exponencial de la singularidad, sea individual o colectiva. El caso más paradigmático de lugar común es sin duda el espacio público: una entelequia que en la mayoría de ocasiones nace ya muerta, puesto que su gestación está previamente contaminada por una grave immunodeficiencia completamente adquirida. Donde se apunta la existencia de un espacio público la mayoría de las veces se está delimitando en realidad un panóptico social, un lugar de vigilancia basado en la permenante visibilidad de sus ocupantes, en el que la divergencia y el conflicto (por lo tanto el gérmen mismo de toda posibilidad de construcción de sentido) quedan irreversiblemente esclerotizados en favor de una noción de apaciguamiento que no es otra cosa que la instauración de un vasto circuito de control interiorizado por parte de todos sus actores pasivos. O en palabras de Manuel Delgado,  «[La noción de espacio público] hace que cualquier apropiación considerada inapropiada de la calle o de la plaza sean rápidamente neutralizadas, por la vía de la violencia si es preciso, pero sobre todo por una deshabilitación y luego una expulsión de quienes osen desacatar o desmentir la utopía, por lo demás imposible, de una autogestión basada en el consenso civil y la “buena convivencia ciudadana”» (Delgado, M: El espacio público no existe, aparecido en http://manueldelgadoruiz.blogspot.com.es/2012/02/el-espacio-publico-no-existe-articulo.htmlDelgado)
El espacio es ilocalizable.
¿Puede un lugar ser espacializable? Eso implica cierto proceso de inoculación, cierta capacidad para afectar un lugar y aplicarle un determinado suplemento de algo que le desborde. Narcotizarlo.
En los rituales de apelación a lo sagrado, por ejemplo en aquellos que le suponemos al periodo paleolítico, los individuos se refugian en cuevas, habitan en lugares. Pero esos mismos lugares se ven transmutados por el factor performativo del ritual, que mantiene una estrecha relación simbiótica con la materia de lo inmediato. Las pinturas sobre las paredes, las afectaciones sonoras que se entretejen y amplifican por las bóvedas naturales que genera la roca, no delimitan un lugar de significados, sino que generan un espacio de sentido. No remiten a lo dado, sino que abren lo dado a lo posible. Y en ese posible, la distinción entre espacio y ocupante desaparece en favor de un devenir conjunto, de una inmanencia en la que el sentido surge precisamente en las zonas indiscernibles entre uno y otro. El oficiante del ritual y el espacio en el que dicho ritual se lleva a cabo participan de la misma narcotización, una especie de intimidad extremadamente periférica. Un paso a través. Un movimiento incesante que permite vislumbrar la cualidad fundamental tanto del espacio como del sentido: el intervalo, el tránsito ajeno al resultadismo delimitado. El espacio y el sentido son procesuales. El espacio no delimita el sentido de aquello que en él se lleva a cabo, de la misma manera que el sentido no denota nada de dicho espacio más allá de lo que en él acontecte. En el espacio entendido de esta forma lo que se produce no es tanto un mecanismo de significaciones como un campo de expresión, algo inmanente, que no se deja reducir a la política y a la economía de los signos, basada en la correspondencia y la equivalencia. Es algo mucho más monstruoso.
«De modo inseparable, el sentido es lo expresable o lo expresado de la proposición, y el atributo del estado de cosas […]. Es “acontecimiento” en este sentido: a condición de no confundir el acontecimiento con su efectuación espacio-temporal en un estado de cosas. Así pues, no hay que preguntar cuál es el sentido de un acontecimiento: el acontecimiento es el sentido mismo» (Deleuze, G: Lógica del sentido, Barcelona, 1994, Paidós, pag. 44)
Otro ejemplo de espacialización de los lugares es el fenómeno squatter. Empleamos premeditadamente el término anglosajón porque no remite de manera tan explícita a “ocupar” como a “vivir” un espacio, a pesar de que en ambos casos se esté hablando de fenómenos alejados del legalismo. A pesar del activismo que se le supone, “ocupar” respira una cierta pasividad verbal idónea para la política de confección de los lugares. Cuando se dice que todo cuerpo ocupa un lugar en el espacio se nos entrega una dramaturgia de la relación entre ambos eminentemente vegetativa. Algo parecido a un “estar ahí”, depositado. Cuando en el fondo lo fundamental del fenómeno squatter es lo que “se hace” en ese lugar, o lo que es lo mismo, las estrategias que se operan para hacer de ese lugar algo otro respecto a sí mismo, un dispositivo de intervenciones en el contexto destinadas a modificar no sólo los usos sino también las categorías afectivas de ese lugar. Por medio de la inoculación de elementos externos, la intrusión de variables operativas que no le eran propias. La narcotización, nuevamente, del lugar para devolverle la condición de espacio de sentido. El concepto de espacio diáfano es una tautología: todo espacio es diáfano, porque el espacio (el espacio de lo sagrado, el espacio squatterno es, sino que puede ser. En el momento en el que se le asigne un atributo estable dejará la condición de espacio y pasará a ser un lugar. Un lugar para quedarse, un lugar para realizarse, un lugar para perpetuarse.
Determinadas prácticas y movimientos recientes estructurados como dispositivos de respuesta a los mecanismos coercitivos que se han legitimado al amparo del metarrelato de la crisis se encaminan hacia formas disruptivas que buscan también, prioritariamente, la recuperación de espacios de sentido y a la perturbación de los lugares comunes en los que se ha subsumido el ámbito de lo social. Ejemplos como los de Occupy Wall Street, algunas de las formulaciones del 15M -las más alejadas del folclorismo antisistema-, Reclaim the Streets, constituyen metodologías de performatividad social en las que el espacio público pasa a ser realmente un espacio, entendido como ámbito de acción y de disrupción. La idea que en ellas se maneja de “hackear el espacio público” implica en primer lugar mapear las directrices de la coerción institucionalizada como un código abierto: una vez evidenciados los resortes de este código la disrupción pasa por inocular en él prácticas que cortocircuiten su rutina de funcionamiento. Y en un nivel extremadamente básico y paradójico, lo que más cortocircuita el espacio público es el propio espacio público. O, mejor dicho, la puesta en práctica del espacio público. El espacio público no es (lo que se nos dice), si no que se hace (tal y como se nos dice que no hagamos).
Hablamos de lo procesual. Y habría que añadir también aquí, y a colación de estos últimos ejemplos, la noción de lo problemático. Todo lo abierto genera siempre problemas. Los sistemas abiertos acostumbran a estar alejados del equilibrio y a generar situaciones problemáticas. La libre circulación de ideas y de acciones genera problemas. Incluso una ventana abierta fuera del periodo previsto es problemática. Abrir la sobrecodificación de los flujos sociales genera la posibilidad de problemáticas aplicaciones en los mismos. Y por supuesto el arte abierto y procesual también es un foco constante de problemas, puesto que no deja de ser un marco vivencial, un campo afectivo. Existe un arte adocenado, amaestrado para ejercitar las posturas y las muecas que de él se esperan tras los barrotes invisibles del museo zoológico. El arte que tiene su lugar. Aunque sea usurpando su propio espacio.
Ese arte “lugareño” es el correlato estético de la propia ciudadanía: los objetos de uno y los cuerpos de la otra son equiparables. Se puede trazar fácilmente una historia común: las grandes colecciones de arte de los museos surgen simultáneamente a las grandes colecciones de ciudadanos de las urbes modernas. La taxonomía del objeto artístico y del cuerpo social sintetizan una serie de dispositivos de registro y de control bastante similares: sobreexposición, etiquetaje, clasificación, validación crítica y, en el peor de los casos, almacenaje en las catacumbas. Incluso la sanción y la disciplina sobre los mismos corre pareja: en el mismo momento en el que se quemaban obras consideradas impías se quemaban personas consideradas herejes. Con el paso del tiempo se concluyó que era mucho más efectivo censurar unas y otras, e incluso introyectar en ellas el requerimiento de su propio control: hacer del objeto artístico y del cuerpo social algo correcto y respetable. De esta forma, la experiencia estética acaba siendo un circuito cerrado en el que obra artística y usuario se consumen mútuamente en un ejercicio de recíproca minusvalía. Cuesta distinguir a estas alturas entre una instalación y un grupo de visitantes instalados en el museo, de la misma forma que cuesta distinguir una estatua humana de un turista.
[…]
Nota: la panorámica completa del artículo, del que esto es tan sólo un escorzo -y que fue producto de la participación en el Booksprint #Ment3 organizado por La Caldera en julio del 2012- puede consultarse aquí
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