Performatividad y terror

Huella de un acto performativo alienígena en la corteza social terrestre

De un tiempo a esta parte parece que el país recrudece la actualidad de su propio pasado. Como si fuera un territorio que ha despejado cualquier esperanza en el futuro asistimos al violentamiento del presente por medio de una pragmática del lenguaje que nos remite a períodos que algunos definen como inquisitoriales, otros como fascistas y algunos -los que llevan la voz cantante, el moderato cantabile del estado de las cosas- como llanamente “peligrosos” y “afines al terrorismo”. Ese terrorismo que, más allá de su realidad específica, ha servido de moneda de cambio (o de comodín, al fin y al cabo) para tantas y tan elocuentes formas de aplicar la política de Estado.

Coinciden, casualidades de la vida crítica, dos situaciones que parecen desembocar en fenómenos parejos. En situaciones de perversión en el ámbito del lenguaje. Por un lado las Nuevas Generaciones, los cachorros lustrosamente peinados y entrenados del gobierno del Partido Popular, lanzan una ejemplarizante campanya en Castellón para motivar a los alumnos a ejercer su responsabilidad política, que no es otra que frenar el avance de heréticos comportamientos docentes en los que su reflexiva madurez intelectual (la propia de un escolar de, pongamos, 12 o 13 años) detecte un incipiente adoctrinamiento ideológico. Ya saben, la histórica práctica de la delación, esa estrategia fatal y genial al mismo tiempo diseñada por la Inquisición y que permitía introyectar la sospecha en el cuerpo individual de cada súbdito para después proyectarlo en el cuerpo colectivo de lo social, señalando culpables a diestro y siniestro. Una maniobra que instauró por primera vez en la historia la visión panóptica, fundamento de la arquitectura perceptiva de los modelos penitenciarios modernos. En este contexto escolar los alumnos son llamados a ejercer su responsabilidad ciudadana delatando a todos aquellos profesores que consideren sospechosos de distribuir panfletariamente mensajes de apocalipsis sistémico, arengas bajo las cuales subyace el socavamiento del espíritu de la Transición. Dudas muy poco razonables. Por todos es sabido que entre los claustros de profesores dormitan células latentes de activismo terrorista, huellas incólumes de la Baader-Meinhoff, del sangriento separatismo vasco o incluso algún reducto cátaro que proclame la necesidad del amor libre. De esta forma el Estado, a través de sus jóvenes hipostasías militantes, se asegura el derecho de pernada en el mundo educativo, dando a entender que en última instancia la doctrina siempre emana desde arriba, y no se genera -ingenuos de nosotros- en la interpelación transversal de la realidad a través de profesores y alumnos.

Por otra parte el fenómeno del escrache (esto de asediar el fortín doméstico de los prohombres y promujeres con el objetivo de señalarles con el dedo en tanto que presuntos culpables de algún tipo de barbarie social, del genocidio político al financiero) empieza a ser sistemáticamente acusado de complicidad terrorista. Esto de señalar con el dedo es de mala eduación, siempre nos lo han dicho. Y si encima se señala con el dedo a aquellos que ostentan la única potestad de señalar, de designar el estadio de legitimidad de las cosas, los Adanes del nuevo orden, la mala educación se convierte directamente en un ejercicio de terror involucionista que nos retrotrae a esas épocas oscuras en las que la disensión se dirimía con artefactos explosivos. Ya deben recordarlo, la época de los violentos contra los garantes de la Constitución. Qué ilustrativo que resulta este juego especular: pone de manifiesto el poder performativo del acto linguístico, sea éste locucional (la delación) como vagamente semiótico (asediar y señalar). Sin embargo, parece que no toda la performatividad cae en el mismo bando. En un caso es un uso administrado con sentido común, encaminado a reestablecer ese orden prístino que jamás debió torcerse y que, quien sabe, tal vez empezó a traicionarse a sí mismo cuando se dejó en manos de la ciudadanía un pequeño retazo de esa performatividad en forma de trampantojo electoral. En el otro caso, el acto performativo que convierte al señalado en culpable resulta una aberración moral. Una invitación al caos. ¿Cómo puede un simple desahuciado tener el poder como para transformar la realidad de esta forma? ¿Cómo vamos a permitir que lo que vivía plácidamente en el terreno del simulacro, de la representación, usurpe la esfera totémica y sagrada de la performatividad y con ella adquiera el dominio sobre las palabras y las cosas? De esto se trata. El escrache es la transgresión del lenguaje performativo y con él de la realidad misma. Su extensión más allá de los cenáculos que habían usurpado su usufructo, inoculando históricamente la convicción de que había una casta privilegiada que tenía el derecho y la autoridad para ejercer semejante poder. Sin embargo hay un poder que surge de la precariedad, que brota del desánimo compartido y de la desesperación ígnea. Pueden llamar a esto terrorismo, sin duda. Porque es terror lo que genera. Pero tan sólo en aquellos que hasta ahora tenían la exclusiva de la delación y de la ilocución culpabilizadora. Que los dedos que señalan y las miradas que persiguen sean ahora no simplemente otras, sino las otras, es el gérmen de su pánico. Quizás el regreso de la estrategia panóptica e inquisitorial sirva de cortina de humo. Pero llegados a este punto también se han aprendido otras cosas. Como por ejemplo, que un dedo puede señalar el humo como elemento de una secuencia que empezó con un incendio. Cosas de la relación causa-efecto.

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