¡Silencio, el Capital os rueda!

Todo acontece en silencio. Hemos decidido prescindir de pianos, pianolas o cualquier otro artilugio complementario con el fin de focalizar la tensión argumental exclusivamente en lo que sucede este plano fijo durante sus escasos 30” de duración. A un lado se yergue un bloque, tal vez de hormigón, con una sola puerta. Un agujero de gusano en el interior de una gran pared blanca. Un rostro sin ojos y una sola boca. A su lado, lo que parece un cobertizo de madera, con su techo desnudo y sus vigas precarias, entrelazadas siguiendo las consignas de una arquitectura funcional y apresurada. De una y del otro, de la caseta y del cobertizo, flujos de personas. Primero mujeres, en su mayoría. Después hombres. Hay ciertas señales de identidad en sus indumentarias. Una cierta moda extendida, carente de aristas y de destellos. Ellas van tocadas por sombreros que parecen todos el mismo, como si algún trampantojo visual lo desplazara de una cabeza a la otra, a una velocidad suficiente como para que nuestros ojos no se percataran del engaño. Un sombrero transformado una multiplicidad de sombreros. Un individuo (tanto da, mujer como hombre) transformado en una multiplicidad de individuos. Una multitud de vidas desplegadas en un instante para voraz apetencia de un objetivo indiscreto y chafardero. Y pasados unos segundos, todo acaba. Fundido en negro y a otra cosa.
El capitalismo tardó bastante en sonsacar el misterio oculto en el medio minuto de imágenes de La sortie des ouvriers des usines Lumière à Lyon Monplaisir, rodada por los hermanos Lumière el 19 de marzo de 1895. Más allá de toda la carga fundacional que se le supone a esta pieza, su gloriosa condición de ser oficialmente la primera filmación de la que se tiene conocimiento o registro. Podríamos aventurar que no es ninguna casualidad que la primera secuencia filmada por una cámara cinematográfica fuera una escena perteneciente al naturalismo intrínseco del capitalismo: la exhibición  de la masa obrera en su indiferenciación, saliendo en tropel de su jornada laboral en la fábrica. Un primer abrazo entre el cine y el armazón productivo del capital. En cierta forma no se trata tan sólo de la primera película. Se trata del primer indicio de una mutación que el capitalismo iba a desarrollar plenamente más de medio siglo después.
Porque la filmación de los Lumière expone y captura un momento liminar de la sociedad capitalista. El de la separación entre el ámbito de la producción y el ámbito de la vida privada. Esos 30” de película son la consigna a través de la cual se visualiza esa separación y, por ende, los límites contextuales del capitalismo. El sistema llega hasta el punto que nos muestra la cámara. Cuando los obreros desaparecen del plano, se despojan de su condición de fuerza de trabajo y de sujeto alienado. Lo que viene a continuación no le pertenece ni al empresario industrial ni al cámara. Y mucho menos al atónito espectador. Les pertence exclusivamente a ellos, y en base a eso supone un secreto vedado a la representación que de ellos ofrece la filmación. Pero esa posición fronteriza de la cámara-ojo es también la resonancia presente de un acontecimiento futuro. Una huella que se anticipa a aquello que la imprime. Porque tiempo después el capitalismo realizará un travelling prodigioso y capturará ese espacio secreto. El capitalismo devendrá espectáculo cuando consiga que esa breve y magra representación, que en la película de los Lumière remitía con cierta modosidad a algo que no podía mostrarse ni reproducirse fuera de su propio contexto, se extienda precisamente a ese ámbito y lo colonice. Desde entonces, el capitalismo ha funcionado como inabarcable cinematógrafo, no sólo registrando sino proyectando en la gran pantalla del mundo la representación inagotable de sus propios productos y mercancías. El capitalismo, en definitiva, como la mejor y también quizás como la verdadera industria cinematógrafica, con sus dispositivos de encuadre, sus campañas de promoción, su merchandinsig y sus remakes. Y sus espectadores, que casualmente son los mismos que aparecen -pero que no protagonizan- esa filmación inagotable. En ella los figurantes jamás abandonan su papel, no hay saltos fuera de campo ni transiciones ni fundidos en negro. Hay sólo una gran y complicada trama que podría ser previsible si no fuera porque todos los implicados la viven en el desconocimiento autómata.

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