Es mi juguete, y me lo llevo

Exoesqueleto abandonado. Por el momento la víscera resulta más dúctil.

Exoesqueleto abandonado. Por el momento la víscera resulta más dúctil.

Lo bueno que tiene el cine es que incluso en sus episodios menos relevantes apunta y arrastra cuestiones que ni siquiera sus incautos hacedores son capaces de calibrar en su justa medida. Situaciones de (clari)videncia que se revuelven contra la nimiedad de su propia carcasa y entroncan, por medio de vericuetos imprevistos, con los pliegues más fascinerosos y peliagudos de la realidad. Un ejemplo de ello es una película del año 2006 titulada Repo Man y cuyo protagonista era Jude Law. Poco más importa decir sobre los entresijos nominales del filme, y tampoco cabría decir mucho más acerca del argumento si no fuera porque de repente, como en un estallido de serendípia no euclidiana, dicho argumento ha abandonado el lodazal de las virtualidades ociosas para devenir algo terriblemente actual. El filme sucedía en un futuro no muy lejano en el que existían brigadas especializadas en perseguir y castigar a ciudadanos que habían sufrido transplantes de órganos a cuyos costes no podían hacer frente. Parejas de agentes armados se encargaban de revertir esa luctuosa situación, devolviendo al infeliz a un estado pre-cura que en muchos casos suponía una fase de post-vida. Así de simple. Ya dijimos al principio que no nos ibamos a recrear mucho más en el filme, algo que para quien tenga la ocasión de visionarlo resultará una decisión evidente.

Siete años más tarde, en Valencia, un joven es sometido a una operación quirúrgica por medio de la cual se le implanta una prótesis de rodilla. Algo que al parecer su maltrecha pierna demandaba desde hacía tiempo, cuando sufrió un desafortunado accidente de montañismo. Horas después de esa intervención, el siniestro aparato de capitalización del dispositivo protésico se puso en marcha, reclamando un importe por el mismo que la familia no podía costear. El resultado fue terriblemente cinematográfico: nueva intervención, extirpación de la prótesis y reseteado de todas las esperanzas del joven, condenado a una pedestre alternativa de yeso, como en los tiempos en los que los adolescentes se rompían una y otra vez, prestos a dejar espacios en blanco para las firmas de sus compañeros. Más allá de la anécdota personal, lo realmente ominoso del asunto es que resucita un fantasma cinematográfico que en su plasmación inicial no tenía otra intención que entretener bajo un ligerísimo barniz de especulación científico-social, para nada convencida de sí misma. Y sin embargo aquí lo tenemos. Un nuevo estadio en el cauce de la biopolítica, que hasta ahora se contentaba con el control riguroso de los cuerpos y en los casos más desarrollados, su modulación productiva sometiéndolo a múltiples dispositivos de injerto y simbiosis. Nos decían que el cyborg era ese espacio intersticial en el que por un lado se nos convertía en artefactos adjuntos del propio devenir del sistema, difíciles de distinguir de cualquiera de sus productos someramente acabados. Por otro, también se nos apuntaba la posibilidad de que por medio de ese lance de hibridación nuestra identidad podría traspasar las membranosas fronteras de nuestra propia condición humana y, como en las fantasías de Gibson o Sterling, devenir agentes de disrupción sistémica cuyo potencial no llegábamos si quiera a intuir.

Pero todo eso formaba parte de un contexto de cierta abundancia, o cuanto menos de estabilidad. El imaginario se nutría de ficciones basadas en operativos de añadido, complementación, addición. El control o la transgresión operaban en el campo de ese valor añadido. De un tiempo a esta parte hemos descubierto el reverso enjuto y tenebroso de la biopolítica: no ya la intromisión corporal, sino la extracción. La usurpación. En tanto que ejemplares de nuda vida (tal y como Agamben se encargó de anotar ampliamente en su saga Homo Sacer, un trabajo que es como un reflejo especular y terrible de cualquier saga de distopías sci-fi), ya sólo somos receptáculos de cálculos operativos y estrategias cuyo tablero queda lejos de nuestro campo de visión. En tanto que los canales por los que fluye el combustible de la realidad permitan que esta realidad sea impostada por medio de su hipertrofia, viviremos la ilusión de la sobreabundancia de dispositivos, incluído nuestro propio cuerpo. Veremos crecer las opciones, las variables, llegaremos incluso a sentir vértigo ante todas las opciones de desborde de nosotros mismos que se nos presentan. Pero cuando la circulación de estos flujos de combustible se vea, no interrumpida, sino segmentada, frenada en su avance geométrico (que no detenida), la biopolítica no tendrá reparos en mostrar el otro filo de la misma guadaña: ya no la hipertrofia de nuestra realidad, sino su extracción. Nuestros cuerpos no nos pertenecen -sabemos que eso es una prerrogativa directa desde hace mucho, mucho tiempo-, y de la misma forma que en base a esa premisa pueden multiplicar sus enlaces periféricos respecto al sistema, también pueden, en el otro extremo, ver usurpadas las conexiones fundamentales con su propia intimidad. Ya no somos fuerza de trabajo, sino tan sólo materia de inversión y de ganancia. Empezaron con una prótesis de rodilla en ese futuro distópico y no muy lejano en el que se ha convertido Valencia de un tiempo a esta parte. Seguirán con órganos transplantados y quien sabe si al final de esta cadena de anticipaciones realizadas encontraremos una escatología universal en forma de galletas. Pueden llamarse Soylent Green, o Cuétara. Poco importará la procedencia y la nomenclatura.

Sirva esto de simple enunciación algo temblorosa: el ladrocinio no se detiene en la materia fluctuante del dinero. Nuestro cuerpo acabará siendo, tarde o temprano, el único recodo de valor posible. Y entonces, sumidos en el festín caníbal de un sistema transportado a su esencia más salvaje, veremos en nuestras propias carnes cómo empezó realmente la historia.

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