1/3 de miedo

Plano picado de un episodio terrorífico

Plano picado de un episodio terrorífico

-Puede usted disponer de toda la casa a su antojo -le había dicho el arrendatario, marcando las palabras con una pátina metálica, similar a la de un toque de campana- a excepción de la habitación que se halla al final del pasillo.

-¿Y por qué motivo no debo acceder a ella? -preguntó él, y mientras esperaba la respuesta movía las llaves en su mano, sacudiéndolas ligeramente, como si fueran alguna especie de amuleto cuyo bamboleo permitiera extirpar del ambiente algún tipo de presencia indeseada.

-Bueno, la casa es vieja. Su estructura está en buen estado, por eso no debe preocuparse. Pero es su memoria la que no ha aguantado bien el paso del tiempo. Hay ciertos lugares en los que se amontonan malos recuerdos. Historias desafortunadas.

-Entiendo.

-Eso espero, amigo. Es necesario que entienda bien lo que le estoy diciendo y que lo siga a rajatabla. Nunca debe de abrir la puerta del final del pasillo.

Pasados los días desde esa última formalidad protocolaria, de esa última consigna no escrita en el contrato, la prudencia fue desgajándose, perdiendo peso y autoridad en el contexto de un hogar que, si bien ofrecía las comodidades previstas, parecía sufrir algún tipo de tara. La amputación  de uno de sus miembros. Se paseaba por la casa, pisaba los tablones de madera que crujían ligeramente en el piso superior, mientras que en la plantaja baja sus pies se deslizaban sobre un parqué recién instalado. Las habitaciones eran amplias, veteadas de claroscuros en determinados momentos del día. Y al margen de todos estos detalles estaba ESA habitación. ESA puerta. El linde supuestamente infranqueable. Lo cierto es que se sentía cada vez más tentado a abrirla. No sabría decir si era una forma muy modesta de espíritu aventurero o sencillamente esa forma de actuar más bien infantil que implica el reverso negativo de toda instrucción u orden recibida. “Nunca debe de abrir la puerta del final del pasillo”. ¿Qué escondía esa habitación? ¿Que mal augurio coagulado en un instante pretérito había tras esa puerta?

Finalmente un día se decidió. Su decisión coincidió con la llegada del crepúsculo y con un repentino cambio en la luminosidad de las estancias, que ahora adquirían el tono de un rostro asfixiado, inundándonse de un color malva algo brillante. Una tersura carente de aire. Se dirigió lentamente hacia la puerta, cuya llave, a pesar de las rotundas advertencias, siempre había tenido a mano, en uno de los cajones de la cómoda que había en el pasillo. Llave en mano encaminó sus pasos hacia esa puerta. Notó como, a medida que se acercaba, su respiración se tornaba sombría. Sus latidos sufrían un cambio de densidad, marcaban el movimiento de una instancia gelatinosa que parecía crecer en el centro mismo de su corazón, un incipiente temor en forma de ameba que extendía sus tentáculos. Aún y así decidió seguir. Sus pasos se hicieron más breves, más concisos y circunspectos. En cada uno de ellos resonaba la voz ya casi cadavérica, irreal, del casero: “…ciertos lugares en los que se amontonan malos recuerdos”. ¿Qué clase de malos recuerdos? ¿Se trataba de la reedición de algún trasnochado folletín terrorífico con sus familias desestructuradas por la intromisión de una fuerza demoníaca? ¿Un padre o una madre enloquecidos y convertidos en ángeles exterminadores? ¿El espíritu de un imaginario colectivo exterminado por la mano instrumental de la civilización? Le costaba imaginar semejantes hipótesis como reales. Pero entonces, ¿a qué se debía ese miedo creciente, que excavaba en el interior de su pecho, amenazando con salir al exterior, quebrando la resistencia de sus costillas y de su caja torácica?

El crepúsculo se hizo más opaco, y en la lejanía de los matorrales que rodeaban la casa creyó oir un graznido chirriante, como el de una grulla. O tal vez fuera el lamento de un cuervo. El miedo se transformó en un conato de pánico. Extremadamente sintético, firme. Y a pesar de ello no cejó en su empeño escrutador. Introdujo la llave en la cerradura, que cedió tras algunas trabajosas vueltas. “Puede disponer de la casa a su antojo, a excepción de la habitación que se halla al final del pasillo”. La habitación cuya puerta abría justo en ese momento.

Y fue en ese preciso instante, y en los pocos que se sucedieron, que el contenido de ese cuarto trastero, que había permanecido sellado durante tanto tiempo, se precipitó sobre él hasta aplastarle.

“Uhh-Uhh. Uhh-Uhh”, se oyó ahí fuera.

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