Nomadismo mercantil, sedentarismo intelectual

Momento de duda metódica entre irse o quedarse

Momento de duda metódica entre irse o quedarse

Leyendo el libro de Jacques Attali El hombre nómada (no está publicado en España, su traducción al español debe agradecerse a la pequeña editorial colombiana Luna Libros, el enlace a la cuál encontrarán aquí) uno llega a ciertas exploraciones derivativas. Cosa bastante normal y lógica, teniendo en cuenta que el hueso de la obra es precisamente la historia (bastante oculta y ocultada) del nomadismo y del viaje errante como factor estructural de buena parte lo que somos. Es un libro que cuesta acabar, porque uno se entretiene en ciertos recodos que le hacen salir del libro e irse bastante lejos, o muy lejos. Dependiendo del ánimo aventurero de cada uno, del tiempo que esté dispuesto a pasar fuera de casa. Hay ciertos episodios de aridez y otros en los que las cosas fluyen con rapidez, evocando esa escritura apresurada con la que Attali ventiló de un plumazo la economía política de la música en el magistral Ruidos.

En una de esas prospecciones apresuradas, en las que cada palabra parece contener en realidad dos o más y en las que por lo tanto uno tiene que, paradójicamente, detenerse, Attali habla de la tercera globalización y del nomadismo mercantil. Establece clasificaciones bastante interesantes entre las empresas-companía teatral (nodos operativos que se reúnen por un cierto tiempo, representan su obra / producto y después se dispersan) y las empresas-circo, que juegan la baza de una marca familiar/corporativa y de un cierto filón generacional que las convierte en santuarios de una política del espectáculo igualmente nómada, pero mucho más estable a ojos de la opinión pública.

Pero esto no es de lo que quería hablar.

Quería hablar de aquella categoría de individuos que Attali llama hipernómadas: lo que en el lenguaje habitual podríamos llamar “profesionales liberales, artistas y diseñadores de tendencias”. Su nomadismo es voluntario, profesional, hipertenso. Viajan y hacen viajar con el resultado de sus pesquisas. Son los representantes mayores de la volatilización del objeto cultural en tanto valor de mercado. Lo proyectan a todas partes y en todos los tiempos posibles, remendando el planeta con una combinación de múltiples hilos de Ariadna que constituyen las razones (más o menos provisionales) de nuestros actos culturales. El trazado de moda en el laberinto de turno. Y, sin embargo, como el propio Attali menciona (si bien no queda claro cuál es su toma de partido en el asuntom aunque me atrevería a imaginar que sus épocas de corsario intelectual quedaron atrás), estos hipernómadas tienen que bregar con el activismo de otro tipo de nómadas mucho más asilvestrados, a los que ha puesto el nombre de “piratas”. Es decir, tiene que proteger la propiedad intelectual de su trabajo. Y sin embargo, qué paradójico resulta, ¿no les parece? Un nomadismo casi translúcido, casi impalpable, que al mismo tiempo reclama para sí una parcela de algo tan poco dado a la volatilidad y al tránsito como es la “propiedad”. Al fin y al cabo, la noción de propiedad no deja de ser el factótum constitutivo, en el plano físico y mental, de lo sedentario. Si el cercamiento fue la transposición topológica y topográfica del concepto de propiedad, el derecho derivado del proteccionismo a ultranza en la industria cultural es el equivalente imagénico, casi pulsional, de ese mismo concepto. La obra entendida como juguete-fetiche. Es decir, que el hipernómada reserva para sí un espacio de sedentarismo, en este caso intelectual: la circulación y el consumo de la obra-producto-espectáculo de hecho está convenientemente arancelado. No hay movilidad universal, no hay transhumancia. El hipernómada es un hipernómada-para-sí, una especie de hiper-mónada (ya ven lo poco que cuesta mutar una partícula errante en una entidad cerrada y sin ventanas, cómo el lenguaje permite pasar de Spinoza a Leibniz un simple juego de letras). Lo cual supone, en el fondo, que no estamos hablando de nomadismo a no ser que asumamos que, como en todo el resto de cosas de la vida, tal nomadismo lo será en tanto sea mercantil. Todo será mercantil, de alguna forma, o no será. Y entonces nos topamos con el último retruécano: los nómadas que reclaman el verdadero nomadismo cultural, es decir, la circulación apátrida, comunitaria y solidaria de las obras, son llamados piratas, es decir, forajidos, fuera-de-la-ley. El nomadismo admitido es aquél que, ligado a la legislación, sedentariza sus principios mentales. El resto es, sencillamente, crimen des-organizado. Siempre ha sido así. A los tuaregs se les respetaba en tanto se les instrumentalizaba para abrir pasos de comercio y militares en África. A los indígenas de decenas de regiones de América del Sur se les dejó seguir con vida a cambio de que contribuyeran a exterminar a sus propios congéneres. Y a la cultura se le permite seguir existiendo en tanto se someta a aquello que la desnaturaliza, a lo que la confina al concepto de reserva mental. ¿Si fuerzan un poco la imaginación, serían capaces de imaginar una cultura sobreviviendo sin desplazarse? ¿Sin contribuir a una economía ecológica de su propio entorno y de otros más lejanos? Pues al parecer ellos sí son capaces. Y cuando no lo son, sencillamente la eliminan. Otros vendrán a sentarse a la mesa, tarde o temprano.

 

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