La gran investigación

Hipótesis imagénica de encapsulamiento de lo real

Hipótesis imagénica de encapsulamiento de lo real

En el curso de la Feria del Libro de Bogotá a la que fui gentilmente invitado (lo de gentil es un calificativo que cabría aplicar de forma generalizada en los rasgos de carácter de la gente de esos lares, pero eso es algo que trataré en otra ocasión, cuando me pueda la escopofília antropologista) el pasado mes de abril, tuve la oportunidad de participar en una charla junto al escritor colombiano Antonio García. La premisa era la novela negra y el hilo conductor pretendía abrir sendas de exploración en la laberíntica relación que el género mantiene con su contexto social inmediato. Hay que aclarar que cuando me refiero a laberinto no lo hago en el sentido de que dicha relación sea complicada de transitar o que posea un perímetro complejo. Es algo más bien relacionado con la sinuosidad de su estructura y los arabescos que tiende a realizar quebrando el camino de las aparentes líneas rectas. Una cuestión de estilo más que de ética, me atrevería a decir.

En relación a esto expuse algunos bocetos mentales que con el tiempo mi mente ha ido consolidando. Ignoro si desde un punto de vista de calidad de los materiales o sencillamente por costumbre de habitación. El caso es que la idea fundamental que rondó por mi cabeza entonces sigue siendo vigente. La idea de que el género negro (y también la ciencia-ficción) resultan hoy especialmente pertinentes en tanto que dispositivos de investigación por una razón muy simple y aterradora. Porque la realidad nos ha sido usurpada. Se ha cometido el gran secuestro, el crimen por excelencia del que ya hablaba hace dos décadas Baudrillard. El secuestro de la realidad y su confinamiento en un lóbrego cautiverio de ubicación desconocida. Ante un crimen de esas proporciones la misión de la literatura prospectiva o anticipativa (es decir, la novela negra o la de ciencia ficción) ya no es la de explicar la realidad o hipotetizarla, sino algo mucho más acuciante: encontrarla. En tanto últimos representantes de algo que podríamos llamar literatura mitopoética y arquetípica, ambos géneros comparten con el relato mitológico una urdimbre íntima con lo real: ficcionándolo exponen su estructura profunda, dinamitando en muchas ocasiones los fortines de retórica que impiden el acceso inmediato a las cosas. Deshilachan argumentos y tramas para clarificar nuestra posición en el mundo, aún a costa del mantenimiento de ciertos enigmas fundamentales. Una buena novela negra nunca deja todos los crímenes resueltos, así como una buena novela sci-fi nunca desvela todos los secretos del insondable más allá o más acá. Hay un pliegue en el que el crimen y el misterio permanecen y mantienen vivo el pulso con la realidad dominante.

Ahora bien, cuando la realidad dominante es el fruto de una realidad usurpada, cuando la pregunta remite más bien a “¿qué han hecho con mi realidad, con nuestra realidad?” “¿Dónde la tienen cautiva?”, el operativo ficcional y exploratorio de la novela da un salto cualitativo: lo que muestra y desgaja es el trampantojo total, la hiperimpostura de una simulación orquestada por encima y a través de una intimidad individual y colectiva que ha sido violentada. La novela negra ya no debe de resolver crímenes puntuales, sino etapas sucesivas de un gran crimen global. La ciencia ficción ya no explora alternativas a nuestra realidad en tanto opciones plausibles, sino en tanto vías de supervivencia necesaria ante la ausencia de realidad. Camastros conceptuales e imaginarios con los que podernos encontrar cuando saltemos al vacío creciente frente a nuestros ojos. Hay, por lo tanto, una urgencia permanente en el cultivo de estos géneros en la actualidad. Una urgencia que, por descontado, va pareja con el auge de páginas y páginas escritas al respecto.

¿En qué consiste este crimen? ¿Cuáles son los detalles de esta usurpación? Ahí radica la primera fase de las investigaciones literarias, puesto que lo más grave de todo es que no hay diferencia aparente entre lo que hay y lo que no hay. Un aparente crimen perfecto. Crimen por simbiosis extrema. Entre el usurpador y lo usurpado. A medida que avanza la realidad la misma realidad retrocede. Es un movimiento especular y retráctil al mismo tiempo, cuyas desavenencias internas tan sólo pueden ser descubiertas en tanto la literatura se atreva a interpelar la supuesta realidad como aquello que és: una ficción mediatizada e hipostasiada privilegiadamente en relación a las múltiples otras. Esa realidad de la que Nietzsche denunciaba su mistifiación y su carencia de metáforas. Es ahí donde se da el combate y donde la ficción literaria puede hallar la clave de su prevalencia: en la guerra de estilo. En la confrontación de sentidos y de gestos. La realidad que nos han impuesto no sabe cocinar metáforas, no tiene aptitudes para el gesto trópico. Así que en un duelo a muerte con las armas del estilo su cochambre interior no puede hacer más que quedar al descubierto. Cuando en una novela negra el malo de turno es capturado o simplemente reconocido la impostura global del orden en el que vivimos sufre una fractura, al tiempo que la realidad usurpada exhala una breve respiración de alivio. Ahora, más que nunca, el género negro ha devenido metaliterario en tanto que extremadamente social, puesto que lo social no es más que un juego de buenas y malas literaturas. Así como la ciencia-ficción ha incrementado su poder disruptivo en tanto sintetiza el juego a un envite de hipótesis y fábulas de entre las cuales ya no hay que dirimir las más o menos fiables, sino las más o menos saludables. El valor de la literatura se enzarza, pues, en una microfísica de pequeñas luchas por pequeños valores. Los tornillos hasta ahora sueltos de la gran caja de herramientas con la que ajustamos de tanto en tanto nuestro cerebro.

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