Guerra y mente estratificada; apuntes geográficos y geológicos de la locura

Tal y como podemos observar en la imagen

Tal y como podemos observar en la imagen

En el fondo todo es una cuestión geológica.

O topológica. Capas y estratos y las pertinentes formas de mirarlos y de aproximarse a ellos. Eso es algo que el curso de las guerras muestra sin reparo alguno, de una forma casi propedéutica. Los cadáveres de las guerras antiguas se esparcen sobre el campo de batalla, se pudren y forman sedimentos en el subsuelo que tarde o temprano alimentan el arrojo de futuros combatientes entregados a otros tantos conflictos. Mucho tiempo después, las guerras se libran en una escala de capas mucho más amplia. Los aviones surcan el cielo a alturas insondables y desde allí lanzan sus mensajes definitivos, pletóricos. Les arropa el poder de una distancia inmaculada desde la cual el mundo queda reducido a una cartografía perfectamente delimitada. Las bombas caen y en su velocidad rompen la distancia entre el cielo y la tierra, desgarran la bóveda celeste, consumen el éter y lo transforman en un condimento más con el que sazonar la explosión sobre el objetivo. Arrastran el cielo y le hacen cómplice de las deflagraciones en la tierra. Las fotos de los bombardeos sobre Barcelona en marzo de 1938 registraron visualmente esa topología por vez primera. Permitieron hacerse una idea muy gráfica de cómo la retícula de los hechos está expuesta a la barbarie. Imágenes de la guerra y epitafios para el mundo, que diría Harun Farocki. A raíz de esto uno puede preguntarse si hay lugar para investigar sobre el papel de la guerra en la psicología humana o si por el contrario es la psicología humana la que implanta sus patrones en el curso de la guerra, y con ella la política, la geoestrategia.

Cuando la historia se vuelve tan explícita en sus motivaciones descubrimos que en realidad jamás ha existido: que ha sido tan sólo una narración que cubría las tropelías que se llevaban a cabo en los estratos geográficos, en las disposiciones de los hombres y de sus actos en el espacio. Es así como funciona la mente: en ella no hay historia, tan sólo una acumulación de accidentes orográficos, estratos, grietas y sedimentos. Super-Yo sobrevuela el Yo urbanizado, vela por los intereses colectivos, distribuye los movimientos que se dan en los meandros y las callejuelas. Ello en cambio se agazapa, no siempre de forma voluntaria, en las cloacas, en los pasos subterráneos. En el contexto de una guerra los contendientes no son más que estratos de una sola mente, en pugna consigo misma: unas partes de la misma maquinan en los refugios la forma de escapar o simplemente de sobrevivir. Otras, elevadas por obra y gracia de la abstracción, de haberse convertido tan sólo en ideas o en órdenes, disfrutan de una vista de pájaro que les permite tener una imagen completa del territorio de un solo plumazo. Y en la bisagra de esos dos frentes se apretujan, corren, chillan los gajos de la conciencia. Miran al cielo y bajan la vista a las profundidades, incapaces de saber qué parte inició el conflicto, dónde se encuentra el siguiente estadio, el bando que tomará el poder tarde o temprano. Lo que es ineludible es que, venza quien venza, el trazado de esa única mente quedará definitivamente transtornado para el resto de sus días. Creará ciertos imaginarios, en ocasiones cruelmente autoritarios, por medio de los cuales perpetuar la ilusión de haber conseguido finalmente domesticar sus fantasmas. Pero como en toda dialéctica topológica eso tan sólo será el preámbulo de una nueva reordenación del territorio que reclamará, tarde o temprano, la emergencia de un nuevo episodio crítico. Esos episodios siempre llegan por medio de un cuadro psicológico mucho más nítido de lo que la información quiere darnos a entender: traumas por carencia de afecto, situaciones de baja autoestima sublimadas en ejercicios despóticos en los que se detecta una alarmante ausencia de razones. Ejercicios de doble vínculo que potencian el desbordamiento de una energía pulsional esquizofrénica. Cuando la mente en conflicto abarca la totalidad de lo existente no hay lugar para un resquicio objetivo de análisis. Los análisis quedan sometidos a la lógica inherente del propio conflicto, devienen una de sus manifestaciones aliadas. Análisis que permiten escrutar las capacidades destructivas de las armas, optimizar los cálculos paramétricos de control, garantizar la pervivencia de ciertas cadenas de pensamientos. Todo lo real es tan racional como irracional, y por lo tanto todo lo real es tan real como irreal. ¿Cómo escapar a eso? ¿Cómo conseguir pervertir la lógica sin que lo ilógico acabe siendo parte de esa misma lógica? ¿Cómo alcanzar la alquímia de la locura sin que ésta sea integrada en el conjunto de maniobras que garantizan la perpetuación de una cordura monstruosa?

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