El mapa y el territorio (reloaded)

Quizás alguno de ustedes conozca la obra de Harun Farocki. Pertence a esa rara estirpe de cineastas que utilizan lo fílmico como plataforma de interrogación radical no sólo de la realidad, sino incluso de sus fundamentos más evidentes. Cineastas-ensayistas de discurso afilado y prácticas poco ortodoxas. Quizás Farocki no goce de ese aura de irresistible genialidad que rodea a gente como Chris Marker o Jonas Mekas, tal vez su propuesta atraviese terrenos de mayor aridez y menos dados a la poética instantánea de la imagen temblorosa, pero sus acuciantes y obsesivas aproximaciones a la naturaleza de la imagen no deberían pasar desapercibidas.

Farocki hace suya la línea de investigación de Foucault en relación a los dispositivos de lo visible y lo enunciable. Es decir, no tanto aquello que vemos y decimos como aquello que hace susceptibles a las cosas de ser vistas y enunciadas. Las particulares disposiciones de afectación que irrumpen en el orden de los acontecimientos y generan situaciones de conocimiento (y de poder) específicas que son, en última instancia, aquello que explica al mismo tiempo que destripa nuestro presente. Una de las obras más reconocidas de la difícil filmografía de Harun Farocki es sin duda Bilder der Welt uns Inschrift des Krieges (algo así como Imágenes del mundo y epitafios de la guerra); un ensayo de múltiples tesis que se entrecruzan pero de las que hay una especialmente relevante por su brillante sencillez: cómo el mundo ha sido reducido a un concepto de distancia prudencial por medio de la cartografía militar. La perspectiva aérea (o más que área, cósmica, perspectivas que beben incluso de un nivel de abstracción mucho mayor que la altura a la que pueden elevarse los satélites) empleada por la tecnología militar como mecanismo de distinción por un lado y de autoprotección por el otro fue la transducción en los planes de la guerra de esa noción borgiana del mapa y el territorio. Para el dispositivo militar (o el aparato del Estado-Imperio) el mundo puede ser definitivamente coagulado en una planície que, situada a una distancia efectiva, permite controlar el conflicto y, sobre todo, evitar que el conflicto desborde las propias coordenadas y leyendas del mapa. Ubicar objetivos, planificar estrategias, crear toda una narración sobre lo que ese territorio fue y puede llegar a ser se convirtió en un ejercicio de cierta videncia abstracta en la que el poder instituído cada vez ponía en riesgo menos elementos de su parte. La vigencia del mapa constituyó la deformación del propio concepto de imagen, que pasó a convertirse en el diorama de una imagen previa de sí misma: la imagen que del mundo confeccionó la mentalidad militar.

Geolocalizando. Modo militar gerundio

Geolocalizando. Modo militar gerundio

Las reflexiones de Farocki resultan pertinentes en un momento como ahora en el que podemos decir que el sistema (¿qué es el sistema? Tal vez sería un buen momento para empezar a preguntárselo… quizás el sistema sea la secreta interioridad de todo cuanto parece que se encuentra fuera de nosotros, la soberana identidad para consigo mismo de un poder que se ha transgredido incluso a sí mismo, saliéndose de sus goznes) empieza a temer por el control del mapa. Por la gestión de las distancias. Porque ahora, cuando miramos los mapas, cuando asistimos a la catarata de recursos tecnológicos destinados a lo que se ha venido a llamar visualización o el mapeado de datos nos encontramos con algo muy distinto. El mapa ya no sirve para establecer los parámetros de control presente y futuro del conflicto, sino para mantener viva la conciencia de esa insurrección invisible de un millón de mentes de las hablaba Alexander Trocchi. El mapa muestra el fuera-de-control del mapa mismo, la propagación de las fisuras en la representación del espacio político supuestamente soberano y dibuja, como si de un palimpsesto se tratara, los confines múltiples y evanescentes de un nuevo territorio que no es ningún territorio en concreto, sino las dinámicas transfronterizas que dibujan sus líneas de fuga. El mapa parece haber cambiado de bando. Hay una revuelta en los parámetros de la geolocalización. Como si la imagen del mundo implosionara desde dentro y advirtiera que esa cartografía ya no va a ser útil ni solvente en el futuro. Ya no permite ubicar los focos de resistencia o los nodos ígneos de una guerra para combatir en una profilática distancia su insurrección o sus amenazas, sino que constata la absoluta imposibilidad de llevar a cabo semejante sofocación. Y así vemos que estos mapas (como los mapeados que se llevaron a cabo en junio de este año con motivo de la revuelta de la plaza Taksim de Estambul y por medio de los cuales vimos como otro mapa (el de la información y sus efectos performativos en cadena) no se solapaba al anterior, sino que creía de su propio cuerpo, lo hería de muerte y lo rasgaba hasta hacerlo irreconocible.

Ante la cada vez más manifiesta incapacidad para generar mapas que sirvan a sus intereses, los poderes instituídos buscarán una solución de raíz: no ya generar una nueva cartografía, sino una realidad inédita con la que poder empezar a diseñar nuevos mapas desde cero. Pero, al igual que sucede con el espacio, su tiempo soberano está empezando a verse seriamente cuestionado y amenazado. Se nota en la urgencia de sus estrategias. En el temblor nada poético (e incluso ni siquiera cinematográfico) de sus imágenes.

Nuevas leyendas cartográficas a raíz de la revuelta turca: lo común

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La revuelta mostrando los micelios informativos de su propagación

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