Capitalismo de vanguardia

Típica secuencia interactiva entre una pieza de capitalismo conceptual y su usuario/consumidor

Típica secuencia interactiva entre una pieza de capitalismo conceptual y su usuario/consumidor

LLevamos tiempo incorporando a nuestras apreciaciones diarias de la realidad (cada vez más comprimidas, cada vez más febriles e histéricas) una letanía que se ha asentado en el panteón de mitos recientes. Tan recientes que no disponemos todavía de la distancia suficiente como para experimentarlos de esa manera, por lo que acabamos recurriendo a ellos no como mitos sino como relatos. No son metarrelatos, no nos sirven para aglutinar ni coagular los oceános de dudas que arrastra la Historia desde que se le impuso esa mayúscula (muda, aspirada) en el grafismo de su propio inicio. Son en todo caso relatos ignífugos, demasiado entrópicos para generar la certeza de un discurso fundador pero demasiado literales, explícitos para caer en el bando de las simples suposiciones metafóricas. Uno de estos relatos es el que describe, con meticulosidad forense, la desaparición de la economía como ámbito regulado de prácticas y posicionamientos morales desde los cuales parametrizar y preveer el comportamiento salvaje de eso que llamamos “capital”. Razones de peso para esas argumentaciones no faltan. Han sido sobradamente descritas por otras voces y en otros ámbitos y no me pertenece a mi el dudoso privilegio de actualizarlas hasta su versión 2.0.

Pero lo que sí tengo la tentación de actualizar es la ubicación del capitalismo en ese contexto de deflagración de la “ciencia económica”. Establecerlo como un epígono ideológico me parece cuanto menos parcial, sesgado. Su ligazón con la ideología es evidente, pero no así la mimetización de uno en la otra. Por otra parte, el contexto de “lo político” supone un marco de definición demasiado general. Al fin y al cabo estamos viviendo una época en la que todos, más o menos, admitimos que al mismo tiempo que la oligarquía política ha entrado en un descrèdito sin límites el propio concepto de política ha experimentado un crecimiento exponencial de su radio de influencia. Nos hemos percatado, en definitiva, que todo, una vez superada la frontera de lo meramente biológico, es política. Poco aporta por lo tanto, suponer que el capital pertenece al ámbito de lo político. Tanto como otras nociones supervivientes de la crisis de la economía como son las de “bien común”, por ejemplo.

Una interesante, quizás descabellada hipótesis que se renueva en los capítulos espectrales de cierta crítica de la cultura es (o sería) la impregnación del capital en el ámbito estético. ¿Por qué no considerar que el capitalismo, lejos de ser una simple manifestación histórica de la diacronía económica, sea en realidad un avatar a-histórico de la ucronía estética? De aquí uno podría deducir, no sin antes aceptar los riesgos argumentales que eso conlleva, que el capitalismo no es otra cosa que la última gran vanguardia artística. Un movimiento artístico que, si bien ciertamente nació bajo los auspicios científico-sociales de la academia económica, ha experimentado en su autonomía respecto la misma un giro morfológico y procedimental que la sitúan en el terreno de prerrogativas, funciones y modelos propios de una corriente estética que no sólo ha triunfado sobre el resto de rivales en el tapete de la crítica artística, sino también sobre la propia distribución de tapetes: una vanguardia que, en su expansión incontrolable, ha fagocitado el propio campo de la cultura haciendo imposible su distinción como aberración estética. Al fin y al cabo el capitalismo tiene mucho de esas aspiraciones del arte conceptual más árido y estricto, que en estricta consonancia con la lógica formal pretendía ser capaz de reducir la realidad y sus conceptos a una matriz de formulaciones objetivas, exactas, que al mismo tiempo que penetraban en la verdad de las cosas hacían de estas mismas cosas algo volátil, translúcido. El arte conceptual volatilizó el mundo del objeto artístico tal y como el arte capitalisa volatilizó el mundo del objeto-en-sí. Empezando por el objeto-dinero, diluído en los flujos financieros y en la expansión geométrica y fractal de la especulación.

De la misma manera que el capitalismo, en sus fases más recientes de desarrollo, incorporó y mejoró los réditos del arte conceptual en su proceso de espectralización de la realidad, también hizo lo propio con el happening: ya saben que uno de sus pioneros, Jean-Jacques Lebel, lo definió en su día como “algo que tenía que suceder” en el momento que sucedió. Una forma de arte expandido presidido por la necesidad contextual y la efimeridad en lo que a huellas y rastros visibles del mismo se refiere. No creo que el espectáculo financiero de los mercados se aleje mucho de la noción de happening de Lebel: una irrupción efímera (cuánto tiempo de exposición en nuestra persistencia retiniana, en nuestra sedimentación mnemónica, se permite el mercado respecto a sí mismo?) cuya realización efectiva expande el ámbito mismo del mercado para integrarse y confundirse con la misma realidad. Artistas como Beuys y otros epígonos del happening y el arte de acción también hacían incapié en esta identificación progresiva, casi trágica, del arte con la vida. El capitalismo neoliberal es, desde esta perspectiva, la mayor culminación procedimental del fenómeno del happening: el arte del mercado, imperceptible, sagaz y al mismo tiempo irremediablemente confundido con la vida misma. Por no hablar de otras formas de happening enclavadas en otras formas de espacio no necesariamente físico o inmediato, como por ejemplo el cinematográfico: también allí (lejos queda el pudor de los Lumière al filmar a los obreros saliendo de la fábrica) el capitalismo se ha erigido como un movimiento de vanguardia global, propagando la superficie porosa y reflectante al mismo tiempo de una pantalla total que aspira a recubrir hasta en el más mínimo punto la corteza de la experiencia de lo real.

En el caso del pop art sobran comentarios. El capitalismo es pop art y el pop art es capitalismo. La cinta de Möbius circula a sus anchas en este dibujo. Y, por otra parte, de nada sirve matizar esta asimilación por medio del recurso exculpatorio de la crítica. Criticar el capitalismo no es de ninguna forma sinónimo necesario de permanecer en el exterior del propio capitalismo. Como lo fue el comunismo en su momento (más cercano a una religión que a una forma de arte, tal vez, aunque igual de omniambicioso), el capitalismo no es tan sólo un modelo, una estructura abierta de la que se pueda salir para contemplar en la distancia su perímetro y sus posibles deficiencias. El capitalismo es un modo de pensar, una matriz cerebral. Salir de ella, aunque posible, es algo mucho más complicado que pedir cita para una sesión de análisis crítico de la mano de la academia o de ciertos conatos de revolución.

Cuanto más pienso en esta correlación más diáfana me parece la identificación. Si el arte de vanguardia pretendía implosionar las costuras de la realidad aparente, habitual y habitada, por un conjunto de prácticas emergentes, fluídas, fugaces en su manifestación pero irredentes en su implantación hasta conseguir que el arte se fundiera con la vida transformándola irreversiblemente, el capitalismo tendría que ocupar un lugar destacado en las historiografías contemporáneas del arte. Especialmente en aquellas que concluyen con profecías escatológicas sobre el fin mismo del arte, estilo Arthur Danto: sería oportuno que en ellas se hiciera un hueco para añadir el capitalismo a las hazañas terminales de la historia del arte. Es posible que sea con él que se da (o se pretende dar) el último carpetazo a la evolución de las ideas artísticas. Otra cosa muy distinta es que podamos seguir irrumpiendo en el circo global de la vanguardia capitalista con aspiraciones de cortocircuitarla. La única consideración que deberíamos hacer en ese caso es si podemos llamar “arte” a esos cortocircuitos.

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