Un mal día lo tiene cualquiera

El pánico está contraindicado en situaciones como ésta

El pánico está contraindicado en situaciones como ésta

(Publicado originalmente en Quimera, 2010)

Sin que hubiésemos prestado atención –aunque en nuestro descargo hay que decir que tampoco se nos había avisado al respecto- el mundo ha llegado a su fin. Lo ha hecho de súbito, como se acaba un disco que hasta ese momento iba rodando y creando una agradable melodía de fondo y que de repente se interrumpe, dando paso a un silencio amplio e incómodo. Lo he notado nada más levantarme, al ver como después de un buen rato esperando el café seguía sin brotar. Tampoco ha hecho acto de presencia el murmullo de los vecinos que, puntualmente, actuaban cada mañana como un despertador en la recámara; los niños correteando de un lado para otro, la madre envolviendo los bocadillos en un ruidoso papel de aluminio, el padre iniciando en la ducha los primeros compases de una zarzuela. Nada de todo esto ha acompañado hoy el despuntar del día. De hecho, siendo rigurosos, cabría decir que el día no ha llegado tampoco a despuntar. Ha quedado paralizado en una ténue rojez inmóvil filtrada por leves cordones amarillentos, y de allí no ha pasado. Todo suspendido en el vacío. Así, como si la cosa no fuera con él, el mundo ha pasado de ser una interminable película a permanecer estático como una fotografía, con los colores y los contrastes justos como para decorar un bonito calendario de los días que ya no vendrán.
Y, por supuesto, una vez llegados a esta tesitura, uno se plantea qué debe hacerse. Porque convendrán conmigo en que una cosa es que todo se acabe, que la vida desaparezca de un plumazo sin dejar rastro y aquí paz y después gloria –que dicen, que decían- y otra muy distinta que solo el mundo se acabe, como se acaban los contratos de alquiler, como se agrieta la pintura de la pared o como fenece el trasfondo de las cosas sin que las cosas mismas consigan hallar un final: acabarse el mundo sin que eso acabe contigo, he aquí la desdicha. Y que a raíz de eso le toque a uno cargar con una existencia carente de fondo, sin decorado. ¿Qué se supone que debe hacerse, entonces? Tanto da quedarse en casa como salir al exterior, entre otras razones porque tanto una como el otro forman ahora parte de la misma nada. Por lo tanto, toda acción resta falta de motivo, resulta indiferente hacer como no hacerlo, reir o llorar, vestirse o arrancarse la piel a jirones. ¿Relacionarse con los supervivientes del cataclismo resultará igualmente estéril: ¿dónde ir? ¿A qué aspirar? ¿Escoger entre una nada o la otra, que son una y la misma? Todos somos ahora como silenciosas figuritas de porcelana  flotando en el éter, sin aspiraciones de ningún tipo, sin estantes donde al menos poder dejar en reposo la propia desgracia. Y lo que es peor: si el mundo se ha acabado y  nosotros (presupongo un nosotros a pesar de no haber constatado todavía si los demás siguen en su sitio; lo doy por hecho porque no creo haber hecho nada en la vida como para merecer ser el último hombre vivo sobre la tierra como lo fue Charlton Heston en su momento) nos mantenemos en pie… ¿implica eso que somos eternos?
Solo faltaría eso. Sobrevivir eternamente sin tener nada que hacer, sin poder ir al cine, ni despacharse a gusto con la política de turno, ni oler la retama en contados fines de semana, ni planificar las vacaciones de verano, ni caer enfermos en esas mismas vacaciones fruto de alguna extraña epidemia de origen exótico, ni acumular desperdicios que nos denoten como sujetos consumidores y que permitan así producir toneladas de compostaje, ni hallar factores de inspiración para futuros poemas, ni ir al teatro –hay que decir que jamás tuve eso entre mis planes-, ni perderse por callejuelas en las que creíamos haber estado en alguna otra ocasión, ni coger manzanas del árbol, ni correr como hurones en pos de las rebajas, ni jugarse todos los ahorros a una tirada de dados en el casino, ni tener la oportunidad de seguir trabajando para acumular el suficiente capital como para jugárselo a una tirada de dados en el casino, ni recibir buenas o malas o regulares noticias de alguien situado en el otro extremo del mundo, ni asistir a exposiciones de valiosos tesoros robados por enormes potencias a terceros, cuartos o quintos países, ni recibir correo comercial, ni pasear por los malecones del puerto oyendo como chirrían las quillas de los barcos amarrados, ni tener orgasmos a base de ficciones construídas sobre imágenes excitantes que tal vez hemos contemplado en algún momento del día, ni tener tan solo la opción de contemplar imágenes, ni sufrir la consabida crisis de ansiedad que sobreviene siempre en algún momento ante el advenimiento del futuro, ni sufrir tampoco la consabida crisis de ansiedad que también sobreviene siempre en algún momento a causa de un pasado mal resuelto, ni esto, ni aquello, ni lo de más allá –porque ya no hay más allá en un vacío en el que las medidas y las distancias dejan de tener sentido- y, con todo eso, nosotros ahí dale que te pego, incansablemente ensartados en una existencia sin trama. Que desvarío.
Miro por la ventana que ya no es ventana  veo cómo dejo de ver la calle, sus silencios que ya no son ni eso porque no existe ruido alguno con el que contrastarlos. En general, la sensación es bastante equívoca, supongo que por falta de hábito. Y así seguirá, puesto que tampoco parece haber nada a lo que acostumbrarse. Un verdadero embrollo, y eso que tampoco no hay indicios de que pueda haber nada que complique la nada misma.
Quizás fuera una buena idea bajar a comprobar si los vecinos todavía existen. De hecho, tal vez no sea necesario ni el hecho de bajar. Sin hacer nada estaré ya en la misma nada en la que se encuentran o dejan de encontrarse. Sin llamar a la puerta que ya no será del piso en el que ya no vivirán, a pesar de que ellos permanezcan todavía en alguna especie de broma o de bruma que provisionalmente podríamos llamar “allí”. A pesar de todo ello, con la voluntad de la que creo ya no disponemos, quizás podremos incluso dar a entender que nos saludamos, que todavía existe cordialidad en esta ausencia de todo. Y con un poco más de suerte –aquí sin duda estoy ya fantaseando en base a nada- podríamos aprovechar que ninguno de nosotros llegará tarde a ninguna parte para intercambiar silencios y promíscuos asombros, mientras la vida deja de pasar por delante –o por detrás, o al lado- de nuestros inservibles ojos.
Y ahondando todavía más en el despropósito, algo perfectamente lícito cuando no existe ya ningún tipo de propósito de ninguna clase, podemos aún pensar que existe lugar para el optimismo. Podría darse el caso de que la mente perturbada que un buen día decidió imaginarnos con todo lujo de detalles y darnos forma de manera no tan exitosa –nadie es perfecto- recupere nuevamente la inspiración y vuelva a llenar este vacío con algún otro mundo, cualquiera, en el cual nuestra existencia retome su curso o bien adquiera otro diametralmente distinto. Dadas las actuales circunstancias, no me importaría despertar un buen día convertido ni que fuera en un insecto. Algo es algo, que dijo un calvo.

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