Selección de informes para una academia (uncut)

Precesión de simulacros

Precesión de simulacros

Alguien dijo hace tiempo (no recuerdo quién ni cuando exactamente, aunque eso quizás no sea relevante a estas alturas, la única memoria de largo recorrido que nos queda es la memoria distorsionada, completamente poetizada sea para fines lucrativos o meramente escapistas) que tras la construcción del gran mamotreto del El Triangle y la gigantesca reforma de El Corte Inglés de Plaça Catalunya el paisaje resultante era algo parecido al desembarco de Normandía, con esos titánicos edificios emulando destructores navales y la plaza convertida en un arenal abierto a la refriega bélica, con el monumento a Macià reducido a la condición de albóndiga solitaria flotando en el lodazal de un caldo agrio y espeso. Por lo que a mi respecta no he dejado de tener la sensación de que seguimos en guerra. Aunque se trata de una guerra extraña, más estúpida si cabe que la drôle de guerre en las trincheras del 14, una guerra que es en sí misma ya una postguerra, el rastro de ceniza de una batalla librada a nuestras espaldas, mientras dormíamos y cuyo rédito es consumido fantasmagóricamente en un plano de la realidad que nos ha sido usurpado. Nosotros llegamos tarde a la contienda, alguien se encargó de modificar oportunamente los husos horarios para que nos limitáramos a recoger la congoja, las migajas de miseria y la asfixia que provoca la desertización del territorio tras haber sido sistemáticamente bombardeado, drenado, expurgado. Desde entonces, sin resuello alguno, circulamos por nuestra pequeña y miserable tierra con la lividez de un gas, incapaces de poner los pies en el suelo, de hallar un recodo de descanso. Desvaneciéndonos a cada pequeña ráfaga de aire, expatriados de cualquier posibilidad de hogar, de sensación doméstica. Somos las partículas flotantes que surcan la atmósfera viciada del no mans land. No se trata de que nos hayamos simbiotizado con el curso de los tiempos, fluidificado, adquirido su propiedad evanescente. Eso sería un consuelo, un revés postmoderno con el que poder agruparnos molecularmente hasta formar torrentes que pudieran romper los diques y volver a bañar los páramos. Sencillamente nos hemos disipado en un grado máximo. Tan ingrávidos, tan vaporosos que ya nada nos pertenece porque nos ha sido extirpada la cualidad fundamental de todo cuerpo, que es la de ocupar un lugar en el espacio. Los lugares se ocupan a sí mismos, son escenarios vacíos que se regodean en la pulcritud de sus encajes y de sus atrezzos y que ya no necesitan de actores, a lo sumo tramoyistas que les hagan cada cierto tiempo una puesta a punto e inversores que se encarguen de pagar las facturas. El teatro se ha hecho tan grande que ha deglutido el patio de butacas, incluso el foyer donde esperaban los espectadores el inicio de la función. La pantalla del cine ha ampliado su espectro y ha adoptado la circularidad infinita de una cinta de Möbius, todo sistemáticamente proyectado sobre todo. Haces de luz, gas, polvo. ¿No fue T. S. Eliott el que dijo eso de “te mostraré el terror en un puñado de polvo”? Pues a día de hoy semejante invitación al pavor resulta inviable, puesto que la mano que debería mostrarnos ese puñado de polvo es en sí misma también polvo, grumos microscópicos confundidos unos con otros; el terror sigue campando a sus anchas pero no hay materia sólida desde la que se pueda mostrar, no hay asidero para encofrar nuestras percepciones. Hemos accedido al grado 0 de nosotros mismos, polvo y cosmos galvanizados, reducidos a la mínima expresión. El universo no se expande ni se contrae, simplemente se deshace. Primero se deseca, después se gasifica y finalmente desaparece, esparcido por la nada. La última gran tendencia. La nada es trending topic sin necesidad de que nadie la mencione puesto que ella misma es la mención de todas las cosas, el mínimo común múltiple que harmoniza la desintegración de la realidad en una misma espiral de polvo. El espectáculo del anorreamiento es un proceso enclavado en el tiempo gerundio, que está sucediendo constantemente pero que a pesar de ello nos impregna con la sensación de que en realidad ya sucedió y de que por lo tanto no podemos hacer nada al respecto. Pánico diferido, sintomatologías inútiles. Me estoy poniendo nervioso.
(…)
Y así, ligados por la indefectible verdad de nuestra afección compartida la ciudad y yo nos encaminamos hacia nuestras respectivas misiones imposibles. Ella esforzándose por mantener las formas, sostener los cimientos y los andamios de su representación. Yo buscando una convicción que me aleje de la ansiedad. Por pequeña que sea. Una polilla rescatada en el último momento del fondo de la caja de Pandora. Dispongo de exactamente 34 minutos para encauzarme: cruzar buena parte de la ciudad, abandonar la retícula inánime del Eixample Dret, descender hasta los pastos del Raval, adentrarme en los pasillos de la Facultad de Filosofía y Letras, despachar las urgencias acumuladas sobre la mesa de mi despacho (que intuyo escasas por no decir inexistentes), esquivar la tentación del cigarrillo mentolado y presentarme en el aula con el aspecto y el temple propios de quien expone en perfecta distancia crítica las principales tesis sobre la Filosofía del Derecho de Hegel. Cubro buena parte del recorrido encofrado en un vagón del metro lleno hasta los topes, en una especie de viaje por los conductos freáticos del reino de los muertos o mejor del limbo, puesto que la muerte como tal parece a estas alturas una resolución inalcanzable, un mito desarticulado por obra y gracia de una realidad eternamente reproducible. La precesión inacabable de los simulacros. Lo subterráneo dejó de ser el conducto a través del cual se fraguaba en la clandestinidad la toma de la superficie, el reverso en las sombras en el que dar forma a las conjuras y a los conjuros. Aquí abajo todo es parco, una aritmética funcional destinada a dejar en suspensión el juicio y el movimiento mientras allí arriba se ultiman los detalles de la siguiente función. Un calvario de baja intensidad, con sus pasos y sus estaciones, sus penitentes sin recuerdo alguno de qué peaje les toca cubrir, sin la capacidad de síntesis de remordimiento o de pena alguna. Un estadio incluso más simplificado que el del zombie, el del no-muerto o muerto en vida o muerto viviente, puesto que a estos aún les espolea el hambre, la compulsión por devorar, ingerir vísceras ajenas y saciar de esta manera un prurito autómata que anima sus pasos tambaleantes. Pero en este calvario se ha perdido incluso la apetencia animal. La gente ha aprendido con docilidad a mantenerse en el filo de una dieta constante, mitigado las apetencias bajo el augurio de que la simple contemplación pasiva de los espectáculos exteriores sería suficiente para nutrir sus empequeñecidos estómagos. El alimento se ha tornado algo volátil, engorroso, un reducto de tiempos previos al desarrollo pleno de nuestras facultades productivas. Una torpeza del intelecto que afortunadamente hemos conseguido subsanar a tiempo y sustituir por la complacida sensación de hartazgo controlado, esa condescendencia con la que uno ignora la oferta del anfitrión en la mesa dando a entender que está más que satisfecho, que sus inquietudes pasan ya por otros derroteros. Me parece un insulto, un agravio repugnante que seamos capaces de acceder a esta forma de ascetismo inducido, recrearnos en la continencia impostada cuando la otra parte del planeta sigue aferrada al dolor del hambre, al quejido del estómago retorciéndose como lo hace la madera carcomida de un mueble viejo. Apelando entre espasmos y contracciones al contacto telúrico con la tierra y el porvenir mientras aquí estamos a un paso de liquidar una cosa y otra sin alterar siquiera la cadencia del parpadeo matutino, bamboleados en el interior de estos sarcófagos. Pasamos estadio tras estadio. Dejamos atrás Girona, Passeig de Gràcia, cambiamos el tercio cromático de esta ensoñación vacía y pendulamos hacia el lila, me sorprendo a mí mismo tomando la línea 2 a pesar de que entre esta estación y la de Universitat no media nada, dos puntos casi contiguos y a pesar de ello me he habituado a recorrer la distancia entre ambos entregado a la inercia mórbida, descartando el contacto directo con esa distancia, escenificando una especie de derrota asumida, un desprecio absoluto por la perspectiva, la toma de oxígeno, la escucha activa.
(…)
El problema es el tema de la significación. No ya el hecho de que pueda o no considerar ciertamente estos tiempos como significativos, sino algo mucho más profundo, grave y sobre todo difícil de articular de una manera comprensible: la convicción de que algo ha sucedido de un tiempo a esta parte que ha erradicado cualquier interés por mi parte en el asunto. No me interesa para nada si las cosas son o no significativas, me he convertido en una especie de punto muerto en el juego estructural de la significación, una membrana contra la que rebotan los signos externos, todo intento de algo por representar algo. Me he sumergido en la búsqueda mucho más tenaz e ingrata del sentido, del valor primordial, y por el camino todo el resto ha quedado reducido a condición de residuo. Barbecho inútil. Sufro una intoxicación permanente de incredulidad semántica. Difícil postularse con semejante predisposición. No renuncio a ofrecer esa posibilidad al resto, en ocasiones comparto lemas y consignas y argumentos empujado por la esperanza algo difusa de que ellos puedan operar en un plano de la realidad al que ya no pertenezco. Les animo a intervenir, a criticar, a entrenar intelectualmente el hartazgo y la indiganción. Pero es una invitación extrañada de sí misma, una absoluta delegación de funciones que encubre en el fondo mi total carencia de voluntad al respecto.

(…)

 

 

 

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