Watusis y desarrollistas

Grupo de españoles medios a un paso de la Transición

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El libro canónico de Marshall Berman Todo lo sólido se desvanece en el aire (libro que desentraña no sólo las pesquisas de un afilado teórico e historiador sino también las inquietudes de un hombre de marcado carácter ético, lo cual siempre resulta balsámico) apunta que la figura faústica clave para entender el proceso de lo que denominamos modernidad es la que él denomina desarrollista: una caracterización que bebe tanto del trágico emprendedor de Goethe como de las flechas ideológicas disparadas por Marx en su análisis del materialismo histórico. El desarrollista es un personaje que, atrapado en el magma hiperactivo de los tiempos, canaliza esa energía con el propósito de modificar radicalmente su entorno social; poner las bases de lo que vendría a ser el nuevo orden de un nuevo mundo. Estos desarrollistas no conocen el desaliento y sus perspectivas frente a los cambios de rumbo que debe de tomar su época vienen casi siempre armados con tantas razones como dosis de violencia impositiva. Incluso de crueldad. Siempre se producen daños colaterales en el advenimiento de lo moderno, siempre quedan atrás aplastadas rémoras arqueológicas de un tiempo ya obsoleto, inoperante.

La figura del desarrollista emerge de una forma muy interesante en El Día del Watusi, que vendría a ser algo así como El Capital de Francisco Casavella. Un viaje frenético a través de más de dos décadas de desopilante transformación social, política y económica en España a través del periplo metamórfico de Fernando Atienza, un mindundi del mundo chavolero de Barcelona que, empujado por su afán por redescubrir el pliegue mítico de la existencia acaba embrancado en un viaje en el que la economía y la narcosis se simbiotizan hasta el extremo de hacerse casi indistinguibles. Atienza es el prototípico ejemplo de personaje que sucumbe con todo su aparato vital y estilístico en los cauces de la modernidad y sus espectros desarrollistas. En concreto la modernidad y el desarrollismo español, algo muy arraigado en los mimbres del país desde que Franco lo instauró como evolución lúdico-capitalista del nacionalcatolicismo. La novela recorre tres décadas, desde los 70’s hasta los 90’s y da cuenta del despliegue biográfico de lo que hoy en día no tenemos ninguna duda en catalogar de la gran farsa de la Cultura de la Transición (CT): esa forma de entender la modernidad consistente en extraer y abrillantar sin reponer ni cimentar. Puro ejercicio de bisutería, arabescos rociados en vino de marca y cocaína de marca y bolsos de marca bajo los cuales no hay pero ni edificio ni andamiaje. Espectrología de la acumulación de capital económico y social tomada como documento veraz gracias a la garantía de resignación de unos y a la predisposición a la esclerosis ideológica de otros. En España triunfaron estos desarrollistas (en su paso por distintos tejidos en sus trajes y distintos conceptos de obra y servicio público, de los pantanos y los apartamentos a la pura abstracción fiduciaria) y lo hicieron por encima de los múltiples Watusis que, como el de esta historia, acabaron también flotando en ríos pestilentes tras haber sufrido las consecuencias de una justicia suburbana pasada de rosca. El Watusi al que Atienza busca desesperadamente aún y cuando cree no estar buscándolo no es otra cosa que la marca de un estrato arcaico, una disposición telúrica y violenta que sin embargo caracterizaba un medio natural y unas leyes inmanentes. La polarización entre watusis y desarrollistas en España siguió más allá de la última página del libro de Casavella, más allá de faldas de montañas peladas, peñascos cochambrosos y vidas imaginarias flotando entre la aventura descarnada y la apariencia vampíririca, igualmente descarnada. Ha seguido hasta hoy, cuando las pulsaciones de unos y otros se han hecho más arrítmicas que nunca y cuando casi ya no media espacio entre ambos polos. Leer El Día del Watusi bajo semejantes presiones conextuales no hace más que reponer el tono a una farsa que sobrevino a una tragedia (volviendo a Marx): la de una modernidad que jamás llegó a España sino tan sólo para dejar claro que tan sólo pensaba dejar allí sus residuos.

Casavella atesora múltiples motivos para ser leído. Pero leer El Día del Watusi le deja a uno la sensación de que, más que un motivo, es una acuciante necesidad histórica y moral. Jamás Barcelona tuvo una Gran Novela como ésta ni España un Informe Semanal de semejante rigor. Abarcar la historia de Atienza aloja una pequeña esperanza, aunque sea en el coto de la escritura, de que en el lodazal barcelonés (y español) quede algo sólido que no acabe también disuelto en el aire.

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