Traumnovelle

Vista así la vida es sueño

Vista así la vida es sueño

(variación Goldberg sobre un texto publicado en Nativa la víspera de Navidad de 2010)

El hombre ha salido de casa alertado por la llamada desesperada de una amiga. Antes de esto había mantenido con su novia -comisaria de exposiciones en paro- una conversación que, probablemente fruto de las caladas de la marihuana, había derivado en acalorada discusión. Un intercambio bastante delirante de recriminaciones sobre la fidelidad a la pareja, provocada por un sueño de ella en que un barbudo y corpulento batería de pop-folk la poseía en el camarote del barco de un diputado de CDC mientras él apuraba su último gintónic con sus amigos en cubierta. A raíz de esta anécdota onírica habían surgido otras escenas, éstas basadas en hechos reales: que si el flirteo de él con dos modelos durante la fiesta de aniversario de un sello discográfico, que si los voluptuosos acercamientos de ella a un escritor ex-reportero de guerra perteneciente a la  categoría cárnica de “canoso interesante” en el momento en que otra fiesta en casa de alguien que ya no recuerdan había desembocado en la inevitable pista de baile.
La discusión no ha dado más de sí porque él -periodista cultural muy amigo de sus amigos- ha tenido que salir con celeridad de casa a consecuencia de una inesperada llamada. Cruza media ciudad en un taxi mientras las palabras de su amiga le resuenan a la cabeza como un fondo de dubstep en un momento inapropiado : “tal -su compañero- se ha tomado no sé qué y no se despierta, no sé qué hacer”. Naturalmente, ella había sido novia de nuestro protagonista hace ya un tiempo, y de hecho parece que nunca ha conseguido desprenderse de un evidente sentimiento de dependencia emocional respecto a él. La situación en casa de la pareja resulta especialmente violenta, pero no porque la vida del compañero de su ex-novia -y que también, obviamente, es muy amigo suyo- corra peligro, sino por las explícitas insinuaciones que ella le lanza, todas ellas encaminadas a hacerle ver la necesidad de que retomen su relación frustrada. Antes de que la escena llegue a unos extremos que lo obliguen a ser desagradable, cosa que detesta, decide poner los pies en polvorosa (cómo le gusta esta expresión modernamente recuperada, qué bien la ejecuta en las mesas de los bares tras varias copas de más) una vez se ha asegurado no dejar ningún herido de muerte en aquella casa.
Mientras toma el camino de vuelta decide iniciar una paseo a pie. No puede evitar  pensar en el sueño que ella le ha explicado, en aquel músico barbudo -que él conoce perfectamente a pesar de que no forme parte del grupo de sus mejores amistades- descargando su lubriidtad melódica y al mismo tiempo cavernícola sobre su mujer, completamente entregada a la causa. Pentrándola mientras canturrea su último drama doméstico con la cafetera. Sin darse cuenta, mientras se recrea de manera un poco masoquista en esta imagen, sus pies lo han conducido a un bar musical donde casualmente un amigo de la infancia a quien no veía desde hacía tiempo toca con una formación de free jazz integrada por músicos locales. Un gintónic le hace recuperar una cierta solidez mental, o al menos una cierta laxitud emocional. Abrazos con el amigo, intercambio breve de anécdotas de hace un montón de años y, finalmente, su amigo pasándole la mano por la espalda e invitándolo a venir a una fiesta muy exclusiva en un local del centro, que de hecho es la casa de un artista a quien no conoce, pero este detalle es irrelevante. Él actuará poniendo música a un happening que promete hacer historia. “Un rollo entre Fluxus, Cabaret Voltaire y el proto-conceptualismo romántico, ya me entiendes”, le dice.
Las 3 de la madrugada. Nuestro periodista duda sobre si conviene encaminarse ya hacia aunque es verdad que en estos momentos le da una notable pereza reencontrarse con ella -con su novia-, aunque el episodio de infidelidad haya sido un mero sueño. En el feudo de su inconsciente, desea hacerla sufrir un poco. Relamer sádicamente el suspense bajo su perfilado bigote. Así que le manda un mensaje de móvil diciéndole que llegará tarde, que necesita quedarse en casa de su amiga cuidando de su amigo -procura no mencionar nada de ella, por si acaso- hasta que no venga el médico. Silencia el móvil, detiene a un taxi y le da las indicaciones pertinentes. Una vez lo deja ante la imponente puerta de entrada del local -que más que un local parece un palacete veneciano-, el coche se da a la fuga con una rapidez inusitada. La noche para los profanos sigue siendo un cuento de Cenicientas.
Lo que vive dentro de aquel local es algo que no le gusta recordar. Decenas de oficiantes vestidos con los mismos colores púrpura y las mismas combinaciones de terciopelo vintage y gafas de pasta oscuras tras las cuales sus rostros resultan difícilmente reconocibles. Música electroacústica acometida con una displicencia entre esnob y psicópata, y un inacabable baile de parejas que se pierden y se reencuentran detrás de las puertas de los lavabos o a las terrazas de cada uno de los pisos del local. La performance, que incluye desnudos, sangre falseada y gorgojeos de violencia bastante hipócrita, tampoco le deja una sensación precisamente agradable. Y menos aún cuando, de uno de los lavabos , oye un chillido agudo y afilado seguido de una carrerilla que indica, sin sombra de duda, que algo realmente hype acaba de tener lugar. Pero ya que no quiere verse involucrado en un asunto turbio -siempre le ha intimidado la idea de encontrarse dentro de un local en plena redada de los mossos, más ahora que dan cuenta de gente de todo tipo y estrato-, decide tomar el camino de salida. Antes de desvanecerse, una parte de los asistentes lo mira con gesticulaciones de desaprobación: sólo ahora se da cuenta de que es el único que no llevaba aquellas gafas de pasta ni aquellos trajes entallados y que la clave de paso que ha dado en la entrada (“Dialéctica Negativa”), si bien era correcta, no era suficiente, puesto que había que dar otra para acceder a las dependencias interiores del local. Nunca sabrá cuál era ésta.
De camino hacia casa imagina como encajará su novia esta maratoniana ausencia. Sabedor de lo que ha estallado en las otras ocasiones en las que ha intentado encubrir la verdad con crónicas impostadas que muy bien habrían podido publicarse en alguna de las revistas de tendencias donde escribe, llega a la conclusión de que lo mejor será decirle la verdad, por mucho que le resulte desagradable exponerse como un pendón de este modo. Cuando las aguas se tranquilicen entre ellos dos (que espera no sea muy tarde, en dos días tienen cenar de Nadal y después marchan a Berlín a casa de una pareja de modern dancers recientemente descubiertos como amigos íntimos), él le preguntará qué harán con su vida a partir de aquel momento. Y ella, con expresión de no acabar de tenerlo claro, pero también de saber que a estas alturas de la vida los atajos del cognitariado empiezan a escasear, le dirá: “pues, de momento, y ante todo, follar”.

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