(Vana) Tentativa de agotamiento de un lugar colombiano

ebechihi

(Este texto se integra en el recién publicado volumen colectivo Bogotá Contada, parte del proyecto homónimo auspiciado por Idartes, Instituto Distrital de las Artes de Bogotá. Dicho volumen es de distribución gratuíta entre la ciudadanía y se suma a todos los títulos publicados anteriormente dentro de la iniciativa de fomento de la lectura Libro al viento coordinada por el escritor caleño y buen amigo Antonio García Ángel. Dicho lo cual, pasemos a la película)

Todo empieza con un templo apostado en los cerros, a tres mil metros sobre el nivel del mar y rodeado por un amorfo e ingrávido manto de bruma. Como una promesa atávica, como la coagulación primordial de la historia que después se derrama por la ladera, infundiendo el caos y el orden a partes iguales por un territorio que no parece conocer las profundidades más que en la superficie. Desde Montserrate, en los albores de la mañana, con una puntualidad anterior a los devaneos de la cultura y los retrasos de la moral, una narración se vierte ineluctable sobre la ciudad. Un relato que se complica progresivamente hasta transformarse en un palimpsesto de relatos que se superponen, se suceden y se contaminan mutuamente.
Una vez allanada en su discurrir diario, atravesada por el tiempo urgente e inmediato, Bogotá transcurre permanentemente en la superficie. La ausencia de metro subterráneo, algo casi impensable en las rutinas de las grandes metrópolis, supone la metáfora material de una ciudad que parece no esconder trama alguna en sus entrañas. Una ciudad que transcurre enteramente a nivel epidérmico, una piel transparente en la que siempre son visibles sus arterias, sus nervaduras. Pero en la que resulta difícil detectar el compás articulado de un organismo. El propósito unificado de una colección de funciones y hábitos procesando sinfónicamente su existencia y la de su entorno. Las vísceras de la ciudad están desparramadas, molecularizadas: la suya es una anatomía de la que parece casi imposible figurar una imagen única y estable.

Bogotá, CsO (Ciudad sin Órganos)

La ciudad es una fantasmagoría. Hablar de ciudad es adentrarse en un terreno casi utópico, en una figuración que se pretende unitaria o cuanto menos armónica, domesticable por medio del rastreo distanciado y ecuánime de la razón y de sus proyectos a corto y medio plazo. Pero esta figuración es justo eso: una figuración. Una aspiración política, intelectual e incluso estética. Pero tras la ciudad se esconde y ruge su propia descomposición. La paradoja y la fractura incluso en la más simple curva del espacio / tiempo. Una ciudad es en realidad siempre muchas ciudades y ninguna. Una especie de fenómeno incierto, como el gato de Schrödinger: en función de variables inasibles esa ciudad puede estar y puede no estar. Puede haber encontrado un instante de asueto en el que recomponer fugazmente sus partículas y al mismo tiempo puede haberse fugado de sí misma y del encierro imagénico que pretendía enclaustrarla.
Todo esto sirve como preámbulo y en cierta forma excusa para la confesión que sigue: aquí no se va a hablar de Bogotá. Sería imposible, cuanto menos si no se quiere incurrir en la narración panfletaria o en el prospecto de instrucciones de uso para consumidores de los espectáculos urbanos envasados al vacío. Bogotá, como cualquier espacio urbano que vive al filo de su propia imposibilidad (aunque tampoco hay tantos ejemplares de esta especie, la mayoría de ciudades han desertado de sus particulares abismos y se contemplan gozosas desde la atalaya del Fin de la Historia), genera situaciones basadas en la necesidad de sobrevivir a la imagen de sí misma. Vórtices. Cualquier tentativa de recorrer Bogotá y extraer de ello algún retazo de conocimiento, algun diagrama de sus constantes vitales, pasa de forma indefectible por esa asunción. Por el reconocimiento de que jamás se podrá hablar de la ciudad de Bogotá. En todo caso de la experiencia urbana que a uno le atraviesa mientras se deja llevar, en la medida que lo permita su vértigo, por la velocidad de propagación de la misma.
Las cartografías de las guías ya prefiguran este fracaso de la visión panóptica: los mapas aparecen cuarteados, fragmentados, dispuestos según la lógica sencuencial de las páginas y no según la omnipotencia del ojo panorámico. Seis cuadrantes poblados por abigarradas retículas cada uno de los cuales apunta, según las leyes establecidas de los mapas y las leyendas, el paso al siguiente y por lo tanto su inminente defunción como señal y mathesis del territorio. Asumen la preeminencia de la multiplicidad, incluso de la incomposibilidad: Leibniz definía así la incapacidad metafísica que tienen ciertas substancias para coexistir en un régimen de mutua identificación o asimilación. En este sentido Bogotá es una especie de aporía metafísica, la zona crítica en la que todo pensamiento totalizador sobre lo urbano se embarranca. Llegando de Europa, donde la civitas vive en los estertores de sus diferencias, sumida en una dialéctica entre la pulsión higiénica y unificadora de la especulación financiera por un lado y la indignación social como única matriz de diferencias por el otro, Bogotá aparece al visitante (o a cierto tipo de visitante) como una especie de monstruo. La palabra monstruo proviene del latín mostrare: es, pues, más un factor de videncia que una aparición abyecta. Si nos dejáramos llevar por la poética piadosa incluso podríamos hablar de epifanías. Montserrate rodeada por las brumas a primera hora de todas las mañanas del mundo sería una de ellas. Lejana en la distancia pero que parece respirar a ras de nuestros oídos.

Cristales, vectores, tiempos

Evidentemente existen ciertos puntos estratégicos en los que uno puede aproximarse bastante a la ilusión visual de la completud: desde el Parque de la Independencia, cerca del Planetario, desde las colinas más elevadas del Parque Nacional Olaya Herrera, allí donde la vegetación urbana empieza a fundirse con el verdor fractal de los cerros. Desde los ventanales de la casa de un magnífico escritor y anfitrión bogotano, en Bosque Izquierdo. O, incluso, por qué no, vislumbrando desde miles de pies de altura la ciudad en las maniobras de descenso del avión recién llegado. Pero en todas estas ocasiones, como diría la Gestalt, no hacemos otra cosa que adecuar el tapiz a nuestras necesidades de percepción unitaria. Incluso así, aquello que llega a nosotros de Bogotá es una pequeña porción, o una finísima membrana.
La nomenclatura callejera, por su parte, contribuye a esparcir un desconcierto esotérico: la numerología de su retícula, lejos de facilitar un plano fijo de orientación, hace explícita la condición de esta ciudad como enigma casi cabalístico. No son coordenadas (por mucho que uno disponga de los apuntes del N y del S, de la transversalidad de las carreras y la longitudinalidad de las calles), sino índices hermenéuticos del caos en cuyas confluencias se condensan pequeñas revelaciones iniciáticas: 25C-17/26A-91. A lo sumo movimientos en un inmenso tablero cuyo juego y reglas cambian con la misma pasión mutante que la propia ciudad.
Los cálculos y desplazamientos a través de los cuales se expresa Bogotá transcurren en su mayoría a gran velocidad: la velocidad del tráfico, de los andares presurosos o desordenados, de los intercambios de plata y mercancías en los millones de nodos de comercio callejero, de las gemas en la 7a a los pequeños vicios portátiles (dulces, tabaco, minutos de celular) amontonados en los puestecitos ambulantes apostados por doquier. Ahí Bogotá se aparece como un conjunto de vectores, líneas de vértigo en las que la ciudad se construye y se deconstruye al mismo tiempo. Uno tan sólo ha experimentado un rasgo de sosiego en ciertos enclaves del sur, en los aledaños de Ciudad Bolívar o en Venecia. Allí el ritmo tiene otra cadencia, se respira un compás popular algo más lento, quizás surgido de la tensa calma tras el crecimiento urbano abrupto o los pretéritos estallidos de violencia.
Es algo poético, quizás incluso hermoso (aunque resulta difícil hoy en día hablar en estos términos sin parecer un pacato) que sea en el Museo del Oro donde se tiene  una de las escasas oportunidades de experimentar la sobria quietud de la memoria y del archivo. De la historia en el sentido propedéutico del término. Esas piezas, esos miles de objetos, gestos de ofrenda y recogimiento o exhibición ceremonial permiten pensar, aunque sea tan sólo por un rato, en el flujo del tiempo y de las cosas coagulándose. Como el oro, como el metal pasando de las arterias candentes, del fulgor líquido a la toma de posesión de una forma representativa. El furor momentáneamente detenido, controlado. Transformado en huella y, por ende, en cultura. En pocos casos uno tiene la sensación de la contrastada necesidad de un museo en un entorno urbano como en el caso del Museo del Oro de Bogotá. Más allá de todo sentimiento de culpa o de rabia ante el espectro del colonialismo. Más allá de la repulsa inmanente que provoca la revisión del exterminio y del expolio. A título individual el museo es un remanso de quietud temporal. Una suspensión provisional del tiempo disipativo a través del metal más preciado, del cromatismo más simbólico. El tiempo es oro. Nunca mejor dicho.

Diferencia y repetición

Otro tipo de experiencia del tiempo merece ser pensada hasta cierto nivel de herida en el intelecto y en los párpados. La atmósfera, los estratos inasibles que atraviesan el aire montañoso de Bogotá están teñidos por una aporía climática. Algo de eso anuncia ya la visión brumosa, en contrapicado, de Montserrate desde las llanuras urbanas. El derrame incontestable de Aión sobre Cronos. Del Mito sobre la Historia. En Bogotá conviven la climatología Ilustrada y la del irredento e imprevisible mito estacional. No hay estaciones y sin embargo todas implosionan en la ciudad, en la región. Subsiste una rígida franja de separación entre el día y la noche, como si el atávico apareamiento de ambas deidades hubiera acabado en un divorcio formalísimo al que siguiera una no menos formal repartición de bienes: “tú te quedas el mundo de 6 de la mañana a 6 de la tarde. A partir de ese momento yo tengo su custodia”. Y así se cumple. El juez de paz de las altas capas del mundo consiguió un acuerdo a priori imposible. Los días se suceden con la misma cadencia de entrada y salida, su registro es puntual, exacto. Repetitivo hasta una saciedad que puede resultar agotadora. Eso condiciona gran parte de los hábitos, de las sensaciones de reclusión o de las necesidades de escape. El alba y el crepúsculo parecen hechos según los criterios de la obra de arte en el periodo de su reproducción técnica, tal y como lo designó Walter Benjamin.
Y, sin embargo, en esta cadencia repetitiva, en el interior de su intervalo diario, se sucede el caos. La diferenciación irreductible, la sucesión imprevisible. El otoño se superpone al verano, el invierno despunta con un simple indicio de su gélido filo mientras a su alrededor el aire empieza a formar bolsas calientes, densas y pesadas. Hay una sensación muy nietzscheana de Eterno Retorno de lo Siempre Diferente. Una matriz dionisíaca maneja los hilos y los resortes del clima, de la respiración, de la transpiración. Si la urbe parece removerse a sí misma a cada instante como la de Dark City (Alex Proyas, 1998), la metereología muta y se reordena con la misma naturalidad dislocada. El orden y el caos surfean uno en el otro de forma constante, hasta hacerse en ocasiones indistinguibles.
Orden  y caos también se funden, se calibran mutuamente en las superficies de los muros, en los corredores de cemento que flanquean y en ocasiones separan sin éxito los ramales de la ciudad. En esas superficies de granito o de conglomerado los grafittis serpentean alrededor de un panteón de motivos cuyo peso y densidad moral contrastan con la ligereza, la ingravidad bidemensional de las formas extendidas. Es como si en un mismo emplazamiento perviviera la memoria histórica (profunda, tridimensional, grave hasta cierto punto) con lo narrado por una esquiva mímesis legendaria (vaporoso, ligero en sus trazos, siseante). En cierta forma el grafitti expone la pasión no siempre verbal ni verbalizable de una ciudad que se adhiere a la necesidad y a la voluntad compulsiva de ser siempre una y diferente. De retornar, figurada y desfigurada al mismo tiempo, en el recoveco espiral de su peculiaridad irreductible. Bogotá es como una abigarrada leyenda trazada sobre la grisácea textura de un tiempo cementado. Casi borrándose, casi emergiendo de su propio fondo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s