Pasarelas y hegemonía

Decía Gramsci que la hegemonía era el estadio de dominación político-social en el que el aparato ideológico aparece convenientemente reforzado gracias al control añadido de los medios que integran aquello que convenimos en llamar superestructura cultural: medios de comunicación, capital simbólico, patrimonio. Esa zona de indiscernibilidad en la que no parece haber grietas por las que escapar del sistema porque éste ha fagocitado incluso los recursos que habitualmente se emplean para tal empresa: a saber, la esfera (o mejor dicho, el poliedro) de la cultura y la comunicación. Es algo que no por viejo (si bien no tanto como el propio capitalismo) deja de tener vigencia. Si bien los parámetros con los que medir el alcance de la hegemonía se adaptan históricamente a las modificaciones y extensiones del propio concepto de cultura.

De esta forma nos hallamos, por medio de un salto cronológico para nada descabellado, en esa fase que pregonizó Bourdieu y que, a medida que pasa el tiempo, no hace sino echar raíces con más fuerza y determinación: el llamado capital cultural mediado por los criterios de distinción. Es decir, el ejercicio de la hegemonía no sólo por medio del control de los contenidos y las direccionalidades de la cultura sino también por su sometimiento a la gentrificación clasista. El dominio del contexto a través de la estratificación jerárquica de las parcelas culturales. Hasta llegar al extremo de que determinadas alternativas sociales y políticas son demonizadas no tanto por su contenido enunciativo como por la formulación de su exoesqueleto de apariencias. Por la manera en como trabaja su epidermis. Eso es algo que se ha asentado de manera paulatina a medida que el mercado de la moda se ha hecho un hueco entre los flecos cada vez más deshilachados del discurso cultural. Cuando las pasarelas, modistos y modelos se han encumbrado a cierto nivel olímpico, propagando una cierta adicción popular al concepto de consensualización de las formas (cuando no de exhibición de tendencias) cuya búsqueda y aceptación integra al individuo en el cánon de la ciudadanía cultural respetable en tanto que asimilada al curso de las mutaciones de ese fenómeno moderno (quizás fundacionalmente moderno, si hacemos caso a Simmel, cosa que recomiendo) llamado “la moda”.

Digo todo esto porque parece muy significativo que en el actual contexto de polarización a nivel planetario que está experimentando la galaxia informativa-propagandística los blancos preferidos de ciertos medios afines al liberalismo (o directamente refractarios al izquierdismo socialista sin  necesidad de argumentar réplicas específicas)  sean aquellos que, lejos de proferir un ajuste anatómico a las leyes del corte y confección que inducen a la respetabilidad de las cámaras (las fotográficas y las de representantes) se “dejan llevar” por un informalismo estético que sospecho en muchos casos solivianta más que la propia capacidad ignífuga de sus discursos políticos. Tenemos el ejemplo de ese movimiento guerrillero llamado “chandalismo”, cuyos representantes de la América bolivariana, Castro, Chávez primero y Maduro después, son re-presentados ante el respetable público como una casta de dictadores en los que uno no sabe si resulta más ofensiva su manera de ejercer la política o su manera de vestir. Sintomático que un personaje tan dado al divismo estético de colegio de pago y papel couché como Boris Izaguirre se haya implicado de manera muy fotogénica en las protestas de la oposición venezolana, llena de rostros enchidos de bótox y fantasías millonarias. Por no hablar de la forma en como la crítica ideológica se ha vestido de escarnio zafio a la hora de retratar el “ponchismo” de Evo Morales. Hay sin duda un complejo factor de negligencia étnica combinado con un aparatoso dispositivo fantasmático de clase en este tipo de recurso a la hegemonía de la apariencia estética. En el rechazo frontal de todo cuanto huele a informalismo macarra, a socialismo “dominguero”.

Conspiración chandalista

Conspiración chandalista

Estupendismo casual

Estupendismo casual

En Catalunya tenemos también un ejemplo preclaro: las críticas que en su día recibieron los diputados de las CUP por la forma en cómo “insultaban” la respetabilidad del Parlamento apareciendo de una guisa del todo inadecuada: nada de trajes cruzados ni corbatas, sino camisetas y tejanos algo vetustos. La distinción ya no es sólo un factor de distinción cultural: cuando hablamos de un contexto hegemónico la distinción es una arma política empleada para modelar subliminalmente a un público en ocasiones poco interesado en tratar frontalmente el propio asunto de la política. Y resulta difícil desprenderse de su yugo cuando, visitando las páginas de la mayoría de periódicos, uno no puede evitar toparse, en la misma franja visual, con la tragedia humana a un lado y el exitoso devenir del diseñador de turno por el otro. La parametrización de la condición humana convierte la moda en un refugio a la muerte, cuando la misma moda nació como fenómeno ligado a la efimeridad y la transitoriedad del mundo moderno. Elevada al cenáculo de la mitología capitalista la moda ya no es transitoria: es una aspiración de buen gusto, un virtuosismo que, como la fe religiosa, garantiza la respetabilidad de aquél que la persigue y la promesa de una vida eterna entre sedas y tules. A los que se atreven a practicar la política enfundados en chándales, ponchos o sudaderas les espera directamente el infierno. En ocasiones incluso en vida.

El soberanismo es cosa de hombres (elegantes)

El soberanismo es cosa de hombres (elegantes)

El informalismo trotskista a punto de asaltar el Parlamento

El informalismo trotskista a punto de asaltar el Parlamento

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5 Respuestas a “Pasarelas y hegemonía

  1. Un análisis brillante sobre el poder hegemonizador de los parámetros estéticos. Me posiciono y me pregunto ¿cómo resistir y no ser excluida?

    • Gracias por el elogio. Es un asunto que de tan superficial (por evidente) parece banal. Pero precisamente la banalidad es una de las formas que tiene la hegemonía de encubrir el alcance de su dominio. La gente está más mentalizada para asociar la ideología a lo crucial, no para asumir que un chándal es también un posicionamiento político. El día en que un representante de la política de partidos tradicional empiece a hacer campaña en chándal tendremos que buscar una contraréplica. Quizás unas pieles de oso…

    • Evidentemente se trata de un código. Pero lo que distingue un código de otro es su capacidad para formalizar o contribuir a formalizar una hegemonía. Y a nivel global el discurso hegemónico está vinculado a unos patrones de distinción propios del liberalismo, que construye unos cánones excluyentes-segregacionistas en los que se sintetiza el gusto estético con el conflicto de clase. Al discurso hegemónico le facilita mucho las cosas que a determinado nivel de análisis la gente pueda ser proclive a juzgar un político por su aspecto y no por su discurso. Los diputados de las CUP, por ejemplo, fueron demonizados por CiU y el PP antes de que pudieran siquiera abrir la boca en el hemiciclo, tan sólo por el tipo de ropa “poco respetable” que llevaban.

  2. Tienes razón. La moda y el liberalismo van muy de la mano. Un traje precisa de unos buenos materiales y un buen sastre. Y eso es muy caro. Un chandal suele estar confeccionado con materiales sintéticos que abaratan los costes de producción (aunque a la larga esto sea más dañino para el planeta). Yo no me meto en el discurso político, solo en la manera en la que se presentan ante el mundo. Es una opción personal y privada decidir qué se pone una persona por las mañanas. Y los demás, que piensen lo que quieran…

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