Kiev, Ceuta: una crítica cinematográfica

¿Siguen controlando la vertical y también la horizontal?

¿Siguen controlando la vertical y también la horizontal?

Ante todo que nadie se alarme. No vamos a despedazar la consistencia de la dramaturgia real en favor de la casquería cínica ni la frivolidad de quien todo lo ve en términos de situaciones bidemensionales sin profundidad moral. Al contrario, se trata de un tema muy serio. Tan serio que no sólo afecta a aquello que sucede sino también a cómo observamos y consumimos aquello que sucede. Qué régimen de escopofília nos permitimos incorporar en nuestra deglución diaria de imágenes y de imaginarios. Esto es relevante por cuanto indica a qué distancia se halla el perímetro de contención entre nuestra mirada y los hechos ocurridos.

Vamos por partes. Las revueltas (¿o tendríamos que hablar de una sola revuelta? ¿Es un conglomerado de imágenes o una sola y gigantesca imagen multiplicada?) en Kiev (por el momento son las únicas que han generado un avatar videográfico digno de exhibirse en todas las pantallas) se nos aparecen como un montaje. Pero entiéndase: no en el sentido de una farsa, sino en el sentido de algo extremadamente compacto, lustroso y efectivo a nivel de impacto visual. Es decir, que más allá de lo terrible de cuanto sucede y que no pretendemos cuestionar, una de las cosas que más llama la atención de esas filmaciones es lo bien encuadradas, filmadas y expuestas que aparecen. La preheminencia de cierto espectáculo dantesco se combina en justas proporciones con secuencias de plano medio en las que tenemos la oportunidad de establecer mínimos vínculos de empatía con los protagonistas, si bien estos se nos ofrecen caracterizados más como personajes que como personas: acorazados, encubiertos, contagiados del caos ignífugo del entorno su papel corre el riesgo de quedar reducido al de meros figurantes en favor del verdadero protagonista de la situación fílmica: el caos, el estruendo. el blockbuster. Y me temo que la forma en como consumimos esas imágenes, sea a través de la TV o de Internet (al fin y al cabo se trata de los mismos cortes, los mismos teasers de una realidad que difícilmente vamos a poder ver en su metraje completo) no hace sino intensificar y complementar esa construcción de lo real en tanto que desastre mainstream en la línea de las catástrofes de Michael Bay o de la factoría Bruckheimer en general: atropellados por la magnificencia de la hecatombe imagénica acabamos tan consumidos como las imágenes que hemos consumido y al final apenas si quedan fuerzas para preguntarse a uno mismo no sólo qué ha pasado sino qué ha visto realmente. Si es que realmente ha visto algo, por supuesto.

Por su parte la tragedia de los inmigrantes subsaharianos fallecidos en su “asalto” a Ceuta tiene un cariz muy distinto. Se podría decir que se debe en gran medida a una cuestión de proximidad geográfica, pero eso es muy relativo: ¿cuán cerca nos queda Ceuta a cualquiera de nosotros? ¿No estamos hablando de un drama acaecido en una especie de topografía marítima cuya potestad no parece querer reclamar nadie, condenándola a ser un no man’s sea? Quizás deberíamos pensar en qué otros resortes (al margen de la empatía moral más allá de las distancias físicas, un fenómeno casi esotérico) son los que posibilitan que conectemos en tanto que espectadores con lo sucedido en esa pequeña y desafortunada porción de tierra. Se trata de filmaciones situadas en el polo opuesto a las de Kiev: encuadres lejanos, brumosos, sin posibilidad de identificación más allá de pequeños manchurrones que convenimos en considerar personas. La toma, en planos fijos, casi no ofrece variabilidad de situaciones. Obliga y fuerza la atención para discernir la profundidad de la tragedia, en una especie de escamoteo de lo evidente que nos posiciona en tanto que espectadores más cerca de una de esas incómodas sesiones de Haneke que del carrussel de evidencias casi pornográficas de Bruckheimer. Podríamos concluir que en el caso de Kiev la explicitación de los hechos a través de la maquinaria visual lleva a la realidad a una saturación de sí misma tan completa que la vuelve prácticamente invisible a nuestros ojos. En cambio en el caso de las imágenes de Ceuta éstas desvelan un algo casi invisible que sin embargo en su dramática e insalvable sutileza desvela lo real hasta hacerlo insoportablemente e-vidente.

E insisto: a pesar de que todo esto pueda parecer el remozamiento superficial de realidades reducidas a pequeños espectáculos fílmicos, el hecho es muy distinto. Se trata de una crítica a la realidad, en su intento de (a)parecerse ante nuestros ojos habituados al espectáculo, como una filmación más que someterse a nuestros juicios contemplativos. En un caso las imágenes son excesivas y la realidad casi deficiente. En el otro, las imágenes deficientes nos remiten a una realidad excesiva. Y demasiado repetida como para que nos la tomemos como una ficción.

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