Pop-up & surfing: aproximación práctica sin metáforas

Marco general de una ventana emergente

Marco general de una ventana emergente

Ahí está, frente a él. En la pantalla. El mundo abriéndose y desplegándose en ventanas emergentes. Surgen del interior de la matriz, ese interior que es en realidad el borde exterior de todas las cosas, el espacio de fluctuación de lo indiscernible. Irrumpen y se muestran, desflorando sus promesas en el grado justo, buscando el resorte exacto y preciso en el que se genera la expectación enfermiza.

Una mujer dibujada con trazos de tira cómica vintage, atada de pies y manos y con la boca sellada por una bola recibe por detrás embestidas salvajes, acometidas de sexo urgente en una secuencia .flv de cuatro planos que se repite hasta el infinito. En otra parte un ex-futbolista con el cráneo rapado y rallando la obesidad le invita a adentrarse en un casino flotante situado en una dimensión donde tan sólo existe la velocidad de propagación de los datos, el espectro lumínico del dinero fácil. Y aún hay más. Hay alertas de virus malignos por doquier, flotando como pompas de jabón venenoso; hay también cuerpos viles y felices queriendo contar cómo consiguieron compactar los músculos de su torso sin un ápice de esfuerzo.

Piensa en todos los rastreadores, en las agencias gubernamentales y para-extra-gubernamentales que se dedican a monitorizar los movimientos, las visitas y las esperas de los internautas. En los especialistas de la NSA, del CNI, del CESICAT o de cualquier otro conglomerado de intelectos focales al servicio de la paranoia global: auscultando las pulsaciones del espectro, siguiendo el rastro de los flujos, ampliando las zonas de riesgo hasta conseguir el perfil nítido de una posible amenaza. Un atisbo de presunción se aloja en la recámara de su cerebro cuando piensa en que en estos momentos puede estar siendo localizado, mapeado según complejas aplicaciones de visualización de datos. Los operativos de rastreo anclados en su IP, esperando infructuosamente a que lleve a cabo algo ilícito, a que manifieste de un momento a otro su condición insurrecta. Una enzima catalizadora del terror antisistema. Descargar algún archivo de manera ilegal bastaría. Inmiscuirse en un foro de pedófilos, por pura curiosidad entomológica, le haría subir sin duda algunos peldaños. Tiene en su mano la posibilidad de convertirse definitivamente en un factor significativo de su época. Transformarse, con un solo gesto, con un movimiento del puntero sobre la pestaña adecuada, en un peligro público.

El exjugador de futbol rollizo, flirteando con la obesidad, le muestra una mano de cinco cartas desplegadas por el dorso. Una pequeña luz negra centellea en el fondo de sus ojos pixelados, ese filón microscópico que se abre paso a través de carne transmutada y cifrada. Un pequeño monstruo. “Puedes empezar con una apuesta de regalo de 30 €. Así de fácil. Únete a una comunidad virtual de miles de usuarios que ya saben cómo hacer dinero fácil y divertirse jugando”. Acciona inconscientemente la mano dentro del bolsillo de su pantalón como si estuviera en disposición de darle esos 30 € en mano, salvando todas las distancias digitales y todo el abismo virtual. Conflagrándose hasta el final con la ilusión infográfica. Pero el bolsillo está vacío y en el interior del bolsillo vacío sus dedos ejecutan una danza extraña, como pequeños seres autónomos ritualizando su necesidad de independizarse, de buscar el clima adecuado.

El exjugador parece haberse cansado de esperar y desaparece tras una cortinilla publicitaria, una rutilante cascada de oportunidades perdidas. Quizás en cierta manera se trata de eso, de perder oportunidades. Mantener la distancia justa, ajustar y modular el despecho para obtener lo único realmente posible: la información. La pura logística de las cosas que pasan. No parece haber mucho más. Hubo un tiempo en el que había también literatura, confianza sistemática en la posibilidad de producir y reproducir, afianzar y propagar mundos. Un cierto ánimo conspirativo. Pero ahora las conspiraciones surgen de la nada y a ella vuelven, todo desemboca en el vacío sin haber tomado tierra en ningún momento. Sabe que no tienen ya sentido la metáfora ni cualquier otra figura que remita al sentimiento de fábula. No hay literatura posible ante la circulación incesante de los hechos consumados: en algún punto de la madeja de fibra óptica otros individuos semejantes a él acoplan su cuerpo y su mente a la violencia ineluctable, asumen el regodeo de las miles de muertes, mutilaciones, violaciones que estallan en una cercanía invisible. No existe espacio alguno que le permita a uno pensar que quizás las cosas no suceden tal y como parece que estén sucediendo. La realidad se ha convertido en algo inmediato e indudable. Hace unos días hubo un estrepitoso terremoto en Filipinas, en Bangladesh, en Puerto Rico; en un rincón del planeta que ya no tiene espesor ni densidad y en el que por lo tanto un temblor de tierra es tan sólo el dato frío y calculado de una tragedia, sin el temor ni la fantasía monstruosa generadas por la duda acerca de cómo se produjo, de qué pavor exacto propagó entre las gentes. En este mismo instante centenares de personas lo están perdiendo todo de un plumazo, su existencia material se disipa y lo único que esos pequeños desastres particulares son capaces de proponer es la oquedad que se abre bajo la floritura de cada drama personal. Hay que aligerar el peso de los hechos para que estos puedan moverse velozmente, desplazarse al ritmo adecuado y en la aceleración constante que se espera de ellos.

Se abre otra ventana en la pantalla. Una voz muda y automática le ofrece sexo sin escrúpulos y con la garantía de la proximidad. Está muy cerca de él, le dice. A escasos centenares de metros, recluída en una existencia doméstica aburrida de la que consigue escapar puntualmente cada vez que se transmuta en ese avatar semidesnudo, precariamente provocativo. La oferta se multiplica ante la ausencia de demanda, el chat desperdiga líneas de diálogo que se pierden en el vacío.

-Hola, guapo, estoy sola en casa.

-Estoy sola en casa y estoy caliente, me gustaría

-ser mala contigo y que quisieras metérmela toda

-¿Te animas?

-¿Sigues ahí?

-No. No sigo aquí. No sigo en ninguna parte ni tú tampoco, no eres más que la rebaba de una paja inexistente, eres un vicio difuso y caduco y yo ya me corrí, eyaculé entre los pliegues de un cuerpo real adosado a una mente perturbada que se dio a la fuga y me dejó expuesto a cosas como tú. Conozco el motor rutinario de tus inputs, sé que tras cuatro expresiones azarosas vas a quedar ahí petrificada, coagulada en tu imposibilidad hasta que yo me decida a clicar sobre tí, a inmiscuirme en tus no-asuntos y dejarme llevar por una nueva concatenación retráctil de trampas que llevan a otras trampas. ¿O acaso creías que no iba a saberlo, mala puta? ¿El sexo es un encadenamiento de pretextos sin fondo, es eso lo que no eres capaz de decirme? No te molestes, ya lo sé. Lo sé perfectamente.

Podría estar toda la noche monologando de esta forma. La situación le permite una carencia absoluta de sutilezas, insultar las formaciones aleatorias del código binario tiene algo de vicio privado impune, una cadencia que puede incrementar obsesivamente sin riesgo alguno. Quizás sea esto lo que haya acabando sustituyendo a la literatura: la información y la interpelación obsesivas, indoloras. Hay una paradójica vinculación con la inmortalidad en todo esto. No sólo con respecto a la muerte de la litertura, sino también de la muerte de él mismo, del mundo entero: mientras se mantengan abiertos los canales se podrá informar eternamente de ello. Larga vida a la muerte.

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