Campos de Londres, Campos de Castilla

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Por lo general uno acostumbra a sentir recelos ante la posibilidad de empatizar hasta un cierto nivel con todo cuanto llega escrito desde Inglaterra. Y digo Inglaterra y no Gran Bretaña porque en ese cúmulo de islas existen diferenciales: la literatura irlandesa, por ejemplo, bastante más ebria y patética (en un sentido catártico) parece fluir con mayor suavidad por las antesalas de nuestros espíritus cada vez más deshidratados y carentes de víscera. Y si no, dénse un paseo por Dublinesca, de Vila-Matas. Pero la literatura inglesa… Ahí tenemos esa constelación de arquetipos y lugares comunes: que si el humor inglés, que si la diplomacia inglesa, que si los modales y el protocolo ingleses. El té, el rugby, el cricket, la dichosa libra esterlina. Hay como una especie de cesura cultural interpuesta, quizás fantasmagórica, más allá de las incomposibilidades entre lo insular y lo peninsular. Cuando uno se aproxima a la literatura inglesa (Shakespeares y goticismos a parte) se topa o bien con muros de grueso granito o bien con sinuosos laberintos que no dejan de remitir constantemente a su propio centro. Autarquía. De Jane Austen a Julian Barnes, el camino está trufado de ejemplos de eso que podríamos llamar una irreductible idiosincrasia.

Hagan sin embargo la prueba de leer una novela escrita por Martin Amis allá por finales de la lejana década de los 80: London Fields (Campos de Londres). Más allá de que puedan o no considerar a Amis Jr como el más brillante narrador de la armada inglesa que eclosionó en esa década y parte de la siguiente, Campos de Londres posee una cualidad aterradora. Pavorosa. En ella el salto psicogeográfico es de ida y vuelta. Uno viaja a Londres para después regresar y pensar que tal vez no ha viajado tan lejos, sino tan sólo evidenciado la sintomatología de un viaje compartido. Para quien no sepa el meollo de la trama, Campos de Londres describe un sórdido cuarteto de perdedores, de distintas calañas y estilos, ligados entre sí por una pulsión tanatológica y un arribismo de bajas presiones que desemboca en lo que tiene que desembocar. En un desastre consumado. Todo ello transcurre en una Inglaterra casi distópica. La distopía se manifiesta a distintos niveles: uno climático, ambiental. Metereologías extremas, constantes amenazas de hecatombe y un eclipse en la lejanía que actúa de motor simbólico. Pero hay otro nivel de distopía que cruza como una línea de napalm el terreno de lo social. La distopía de una Inglaterra que metaboliza hasta el extremo los postulados de la política tatcheriana: saturada de polución ideológica, sesgada, trágicamente polarizada entre una extensísima clase baja de individuos aferrados a sus particulares formas de la nada y que confluyen en pubs oscuros y mugrientos, alimentados por el dogma de la competitividad y adaptándolo a sus escasísimos recursos: competitividad sexual, ludópata, etílica. Competitividad de idioteces. Y por otra parte ciertos destellos de una oligarquía sumida en otra nada: la de no tener nada verdaderamente importante de lo que cuidarse, la transparencia fatídica del capital siempre contante, sonante y fluyente. La vida como un simple ejercicio de estilo que, llegado al extremo, reclama un último acto de arte por el arte, o de muerte por la muerte. El engaño convertido en la única verdad posible. Todo ello sazonado y registrado por miradas literarias perversas, escritores abocados a participar de la crueldad porque su vida y su talento están mortalmente enfermos y son mortalmente estériles.

Tras releerla estos días no pude dejar de pensar que esos Campos de Londres fueron el avance clarividente de lo que son ahora nuestros particulares Campos de Castilla. No es ninguna primicia que el modelo socio-político británico y especialmente el de la capital londinense ha sido y es un punto de referencia para la conformación del nuevo orden extractivo, precarizador y depredador que en España se está implantando a la vez que solazando. La desintegración de la clase media, la transformación de las clases bajas en algo menos aún que proletarias, simples deshechos sin rumbo ni oficio ni beneficio, instrumentalizadas para consumirse en la narcosis de baja calidad y en unas formas espectrales de competitividad, cuando no de simple nihilismo. Una clase alta que pronto no tendrá frente a quien presumir de su condición de clase alta y tal vez se vea obligada a descender a los infiernos para poder volver a sentir la pasión rutilante de la jerarquía. El sexo como artefacto simbólico y mercantilizado que arrastra y arrasa los afectos y los deglute en su lógica. Ciudades-vertedero, ciudades-turbina, ciudades-ruína. Y un mundo literario que lo observa todo desde la distancia, presumible documentador de la decadencia, herido de muerte y al mismo tiempo convertido él mismo en un artefaco mortífero, letal, por su total carencia de dispositivos de rearme ético. El páramo que deriva de este cruce de condicionantes son los Campos de Londres pero también son nuestros Campos de Castilla. Si bien en ellos no hay poesía o cuanto menos resulta complicado extraerla del suelo yermo y del aire contaminado. Son campos minados. Intransitables. Pero ahí están. Extendiéndose como plaga, manifestándose en tanto que (parafraseando a Javier Avilés) constatación brutal del presente.

Y es posible que nosotros ya no tengamos suficiente cielo sobre nuestras cabezas para, al menos, contentarnos con la parousía simbólica de un eclipse. Incluso los astros habrán emigrado a otra galaxia con más posibilidades.

 

 

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