Pobreza obliga

Secuencia del descalabro del ascensor social

Secuencia del descalabro del ascensor social

Aún y cuando es parte de un juego aritmético y como tal tan sólo remotamente humano (a no ser que los humanos acabemos irreversiblemente atrapados en la esfera de la pura abstracción), la estadística sobre la pobreza apremia. La membrana que separa y distingue de manera harto cuestionable la escasez de la pobreza se ha hecho más fina y porosa. En resumidas cuentas: los pobres aumentan. Cuantitativa y cualitativamente. La pobreza experimenta un auge exponencial en tanto que concepto. Se es pobre de formas cada vez más diversas y todas ellas reales y letales. Pobreza material, pobreza social (llamada tamién eufemísticamente “exclusión”), pobreza energética, pobreza intelectual. Hace un tiempo muchas de estas formas de ser pobre no eran oficialmente contempladas como tales. Se hablaba en todo caso de carencias, de precariedad, de falta de acceso a X. Pero ahora la pobreza es un fenómeno transversal y rizomático imposible de paliar y de encubrir a través de las rancias propuestas de caridad institucionalizadas por medios y organismos (para)oficiales.

¿A qué se debe esto? Más allá de secuencias de corte dramático que nos hablen de casos particulares, esos casos de adiestramiento monotorizado de los dramatis personae que hacen que entendamos la pobreza como algo que les sucede a ellos, nos parece que la respuesta es flagrante. Hay más pobres porque los procesos de producción se han multiplicado de manera proporcional, si bien anterior a la proliferación de la miseria. La producción ya no afecta tan sólo a objetos o bienes materiales de consumo. De hecho casi nunca fue así, pero los rasgos conceptuales y procedimentales del capitalismo industrial fagocitaban la experiencia productiva y la recluían en el ámbito de aquello que surgía en cadena de las factorías. Pero llegó un momento en el que el capitalismo no tuvo suficiente con producir objetos y amplió el espectro para producir también sujetos. A nivel físico, corporal y también a nivel vivencial. La existencia individual y colectiva pasó a ser el marco de una producción. Una super-producción de rango espectacular. Se produjeron individualidades, rasgos de clase, mentalidades y usufructos vitales de todo tipo. Los medios de producción se diversificaron hasta desarrollar incluso la producción en serie de realidades presumiblemente abstractas, como el tiempo o el espacio.

La conclusión a extraer de todo esto es pavorosa y aplastante como el estómago de una ballena. Empleando rastrojos del análisis marxista podríamos decir (y de hecho lo decimos o habría que decirlo) el incremento de los modos de producción y su consiguiente factor de propiedad conllevó también el incremento de situaciones de alienación y de contextos de desposesión. Cuanta más realidad se produce menos gente tiene acceso a los medios de producción de esa realidad y por lo tanto menos parcela de lo real penetra en su espacio vivencial. La pobreza es producto (obviamente) de la sobreabundancia productiva que reclama una ampliación del margen de beneficio a manos de sus propietarios y administradores. El intelecto, la energía básica y fundamental (en sus fuentes y en sus canales de distribución) para sustentar el devenir cotidiano, la propagación más o menos ordenada (o re-producción) de carácter social, el simple posicionamiento en un contexto social son ámbitos de producción progresivamente externalizada y privatizada y que, por lógica instrumental, generan sus particulares cuotas de pobreza. El proletariado deja de ser un sector y, en tanto que condición desfavorable y explotada pasa a ser un modo ontológico, un atributo adherido a la mayoría de los seres sociales constituídos en sustancias secundarias o subalternas (usuarios, consumidores, pacientes, receptores).

Hasta que no seamos capaces de asumir que toda pobreza proviene de un régimen de apropiación / expropiación de los modos de producción (de la propia existencia en útlimo término) las bagatelas caritativas seguirán infectando la conciencia social acerca de la pobreza, generando esa falsa conciencia hegeliana del espíritu incapaz de reconocerse en el proceso de alienación propio y ajeno. La pobreza, en definitiva, sólo es un problema de índole moral en tanto sepamos detectar hasta qué nivel la moral misma es un instrumento producido. Conviene aquí aproximarse a intempestivas prácticas genealógicas puesto que lo actual desdibuja el plano productivo de la moiral y todavía se aviene a presentarla como algo íntimo o adventício. Como algo simplemente dado.

Somos pobres porque somos producto marginado de la producción de espacios vitales y formas significativas de subjetividad más allá de considerar el significado de algo como el rasgo connotativo de su mera funcionalidad. Somos pobres porque no hemos (podido) acometer todavía la transformación por medio de la cual apropiarnos de los modos de producción. De todos. Es decir, re-apropiarnos de nosotros mismos. Si es necesario, por la fuerza. Ese proceso de reapropiación productiva despojada de alienación y de exclusión puede llamarse de distintas formas. Una de ellas es dignidad. La otra, revolución.

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