La casta maldita

Levantáos, levantáos, malditos

Levantáos, levantáos, malditos

Es de sobras sabido (o cuanto menos debería serlo, pero ya conocemos los meandros a veces tan sutiles por los cuales el saber se nos hurta y en su lugar se interpone algo llamado opinión o prejucio) hasta qué punto la memoria, cuando coagula en la palabra y la declamación popular, porta con ella verdades irreductibles. Verdades que son como el lichtung del que habla Heidegger, esos destellos de claridad que irrumpen en la espesura a veces sombría del lenguaje. No se trata de verdades matemáticas, no son postulados lógicos o axiomas metafísicos. Se trata de verdades históricas y materiales, verdades que, con la perspectiva del tiempo, actúan a la manera de las epifanías e iluminaciones que mencionaba Walter Benjamin en su alambicada e inconclusa misión filosófica de los Passagem.

El cancionero popular es un muy buen ejemplo de ello. La lírica populista (en su acepción no instrumental, esa acepción que con tanto tino emplea el colectivo Fundación Robo, por ejemplo) es un transductor de la verdad en tanto en ella subsisten distintos estratos de la percepción histórica, no siempre accesibles en una primera aproximación. En ocasiones requieren que la piel se endurezca o cuanto menos sedimente en ella los anticuerpos necesarios para inmunizarse a la pandemia de lo obvio. Lo obvio que vuelve a las cosas invisibles. La historia como un juego de cajas chinas, como un entramado de planos que nos llevan a profundidades abisales del sentido colectivo. Válgame aquí emplear una muestra reducida, casi microscópica de ello. Las dos primeras frases del Himno de la Internacional. Ante un artefacto en ocasiones tan sometido a hipetrofia, mercadeado, simplificado, cosificado, las punciones quirúrgicas en ciertos puntos neurálgicos pueden vivificar reacciones motrices insospechadas. Esas dos primeras frases rezan: “¡Arriba, parias de la tierra / en pie, famélica legión!”.

Más allá del carácter de proclama universal que supone este primer escorzo del himno, de la inequívoca llamada a la revuelta humana comunal, resulta de especial interés una palabra en concreto. El uso del término “paria” no es ni mucho menos gratuíto o sencillamente metafórico. Como tampoco lo es la palabra empleada en la versión en catalán del mismo himno: “Amunt els damnats de la terra / amunt els qui pateixem fam!”. Aquí el término “paria” es susituído por el de “damnats”. Se trata de una sustitución que, más que sustitución, es una vigorosa amplificación del sentido implícito en el término. “Damnat” es una palabra que comparte la misma etimología que el inglés “damned” cuyo significado es, literalmente, “maldito”. El diccionario del IEC define la voz “damnat” como aquél “condenado a penas eternas”, mientras que las derivaciones de esa misma raíz, que han viajado por igual al catalán y al castellano (“damnificado”, por ejemplo), eliminan el componente judicatorio pero mantienen el poso de sufrimiento ante una debacle imposible de revertir. Parias y malditos. Ahí reside un vórtice de significado profundo y etéreo al mismo tiempo. Puesto que, con ello, la declamación con la que se abre el Himno de la Internacional adquiere una agudeza que reclama un cierto tino y cuidado hermenéutico.

Los parias son el peldaño más bajo dentro del sistema de castas del esquema socio-religioso hindú. Han sido tocadas por el nivel más miserable en el mecanismo de la rueda de las reencarnaciones y cargan con el determinismo de una existencia carente de cualquier dignidad ni representatividad pública. Son intocables, es cierto, pero ese carácter de anti-fetiche despliega una contrapartida más que dudosa. Un poder negativo del que los depositarios raras veces obtienen otro beneficio que el desprecio o la distancia máxima entre ellos y cualquier otro punto del espacio. Algo similar ocurre con el maldito. De manera más genérica el maldito es aquél sobre el que ha recaído una maldición. Ungido por la fatalidad, su condición es tan irrevocable que, como en el caso del paria, sólo puede revertirse entregándose al devenir cósmico o a la reparación trascendente operada por agentes externos a su propia existencia. El destino o Dios(es) y sólo ellos tienen en sus manos cambiar el curso futuro de esas pequeñas historias, aún y cuando es más que probable que el cambio se dé fuera de la Historia y por lo tanto cuando la subsistencia real del individuo ya no pueda gozar de sus efectos en el plano mundano.

Ahí es nada. Dos frases del cancionero revolucionario que no sólo encienden la premisa del levantamiento en un sentido político y social sino también en un sentido ontológico: lo que se pone en liza va más allá de la significación coyuntural y atañe a la sustancia misma de lo humano. Se trata del rescate de la conciencia histórica. La superación del determinismo como correa de transmisión de las condiciones de exclusión y explotación del proletariado y de toda clase subalterna en general. Mucho más agudo que cualquier ejercicio fenomenológico (aquí sí hay un espíritu objetivándose, encontrándose consigo mismo) y mucho más profundo que cualquier apelación proselitista al uso. Abandonar la condición de paria y/o de maldito, emerger de las marismas del automatismo con el que la narración burguesa ha domado inflexiblemente el curso de la historia, la dominación sobre los medios de producción. Hacer saltar por los aires toda la estructura totémica del capitalismo para, a golpe de ritornelo, otorgar al sujeto colectivo el papel de motor histórico (íntimo y también universal) que le corresponde. No me dirán que no es algo verdaderamente hermoso.

 

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