El mayor espectáculo del mejor de los mundos posibles

Olimpo capitalista bajo bóveda de cristal (detalle)

Olimpo capitalista bajo bóveda de cristal (detalle)

Incluso en tiempos de crisis y deflagración generalizada conviene no perder el buen ánimo. Pensar y no dejar de pensar en que la vida puede y debe ser un festival. Y ahí está la mitología del capitalismo para recordárnoslo. Olviden las fiestas paganas, los rituales celebrativos que en épocas previas a la historia canalizaban la pulsión conmemorativa de la comunidad y, de paso, aplacaban las cuentas pendientes que los poderes trascendentes pudieran tener para con ella. El mundo no se reconcilia consigo mismo hasta que el capitalismo no desembarca en la conciencia (y el inconsciente) colectivo trayendo consigo la noción de espectáculo y, con ella, la de utopía realizada en la tierra bajo el formato del festival.

Todo empezó (y cuando decimos todo nos referimos a que desde la perspectiva capitalista parece que no hubiera existido nada antes) con las exposiciones universales e internacionales que surcaron las capitales imperiales de Europa a finales del siglo XIX. Londres, París, fueron los nodos en los que se materializó el devenir del capital como acontecimiento. Los pabellones y gigantescas infrastructuras que se construyeron a la sazón sirvieron de receptáculo para exponer los mayores logros del capitalismo industrial de aquel entonces, de una manera en la que los objetos y mercancías expuestos adquirían cualidad de obra de arte y exigían una pleitesía cultual y reverencial por parte del visitante (eso que Benjamin llamaba el aura y que, curiosamente, el objeto artístico perdió paulatinamente en cuanto la logística industrial se infiltró en su esencia e instauró la era de su reproducción técnica). Se trataba de un espectáculo unidireccional, masivo y pasivo. Mirar, admirar y no tocar. Alrededor de esos fetiches del capital expuestos como si de epifenómenos mágicos se tratara se generaba todo un dispositivo social y político que tenía, en última instancia, el propósito de deslumbrar al visitante (en una gran proporción obreros que peregrinaban hasta el lugar sagrado en desplazamientos la mayoría de las ocasiones gestionados por las empresas y los respectivos estados) con la evidencia adventícia de que la realidad histórica tocaba ya a su resolución definitiva. Los imperios se recreaban en la solidez y multiplicidad creativa de sus conquistas industriales y sociales. El festival del capitalismo venía a demostrar que cualquier arrebato revolucionario era ya innecesario en un mundo que, sazonado con semejante despliegue industrial y económico, no podía sino ser el mejor de los mundos posibles. Fantasmagoría que daba paso a la utopía.

Todo esto tiene una historia que no finaliza allí donde supuestamente finalizaba. O, mejor dicho, la historia viene finalizando desde entonces, añadiendo simples variaciones a una misma pieza escatológica que se viene interpretando en los más variados escenarios y las más diversas situaciones. Sirve como apostilla muy oportuna esta referencia musical, puesto que uno de los contextos en los que ese espíritu emprendedor y orgiástico del capitalismo contemplándose a sí mismo en el espejo se da de forma más preclara es precisamente el festival musical. Esa gigantomaquia que eclosionó como un vendaval antes de que se precipitara la depresión económica pero que, aún y ello, sigue gozando de una salud inquebrantable, si bien ya no puede someterse a según que excesos. España tomó el relevo a Inglaterra o Francia en lo que a fenómenos expositivos universales de la mano de su circuito de festivales que plagaron en su día el territorio de otros tantos puntos de peregrinaje de melómanos consumidores.

El fenómeno no deja de ser curioso. Conviene, en primer lugar, olvidarse de ciertas especificidades que pueden otorgarse a la música en directo en tanto que situación singular. De lo que aquí se trata no es de celebrar el poder disruptivo o simplemente creativo de un artista y de su obra sino de celebrar la omnipotencia salvífica de la industria cultural. Ese conglomerado de ideas, proyectos y oportunidades que lleva hasta el extremo esa paradójica circunstancia a la que remetíamos anteriormente, aquella en la que el objeto industrial deviene obra de arte y la obra de arte se mimetiza con los procesos de propagación y exhibición de la industria. En festivales como Sónar, Primavera Sound, Benicássim, etc, la monumentalidad y el culto al poder envolvente del capital cultural y de su industria fagocita la particularidad de cuanto se exhibe. Porque uno tiene la sensación de que los músicos invitados a esos festivales (incluso aquellos cuyo nombre parece evocar una naturaleza sagrada de tipo superior a la de la misma industria) no son actores ejecutantes, sino objetos expuestos. Reemplazables con cierta facilidad en el momento en el que uno de ellos “caiga” del programa. Su directo, tamizado por la expectativa masiva y hasta cierto punto pasiva de un público transformado en hormiguero y carente de una apelación sensible más o menos autónoma, tiene algo de falso directo. Un directo-reproducido en el mismo momento en el que se interpreta como tal, aunque se den felices casos en los que la potencia artística se sobrepone al poder de la mera exhibición. Lo único que parece suceder en un tiempo real y plenamente aurático es la fantasmagoría del propio festival, la monumentalidad y la épica de su constitución que construyen todo un mecanismo de fascinación pública que, en última instancia, convierte el recinto del festival (salvo que ciertos artistas decidan cortocircuitarlo fuera de toda previsión de los organizadores, cosa que afortunadamente aún se sigue dando) en una cápsula de aislamiento de todo conflicto social. Buena prueba la tenemos en la edición del Primavera Sound que coincidió, en el 2011, con la brutales cargas policiales de los Mossos d’Esquadra en la Plaza Catalunya. Ese mismo día el Parc del Fórum (esa especie de Crystal Palace barcelonés, un santuario erigido a la nada que pretende borrar la memoria del vertedero urbano y con ella la propia memoria urbana) acogió un despliegue de hedonismo musical cuya harmonía preestablecida tan sólo fue rota de forma ostensible por el bueno de Jarvis Cocker, que empleó el escenario en el que Pulp se disponía a tocar para denunciar la violencia policial. Poco más. El festival siguió su curso, las actuaciones se sucedieron y el gran espíritu de nuestros tiempos selló otra impecable velada de solazamiento y contemplación mística colectiva.

¿Y hoy en día? Ya hemos dicho al principio que, por paradójico que pueda sonar, la crisis económica no sólo no ha debilitado el concepto de festival musical, sino que lo ha reforzado. La razón es simple y tiene mucho que ver con ciertos parámetros de la evolución natural (un marco teórico que el capitalismo siempre tiene a mano para aportar nuevos andamiajes y fundamentos a sus prácticas corrosivas): tan sólo los festivales mejor preparados sobreviven. Esta preparación debe de ser entendida en términos de estrategia: los festivales estratégicos no sólo capean el temporal de los ciclos económicos, sino que, por su componente precisamente estratégico, reciben el cuidado y todas las técnicas de preservación necesarias motivando enormes alianzas corporativas entre el estado (o las administraciones públicas autonómicas y locales) y el mundo empresarial. Son la nueva marca del nuevo Imperio. La industria cultural actúa entonces como catalizador de esas marcas, como poso en el que se acumulan los enunciados y los mecanismos de fortalecimiento y propagación de esas renovadas utopías. La cultura como factoría de objetos y como seno de un nuevo contexto donde la conexión entre arte y revolución vuelve a romperse de forma dramática. Se ha borrado del mapa todo festival que no fuera capaz de sobrevivir al propio espectáculo que generaba y con ello también toda cultura que no apelara a la necesidad de sucumbir a esa fascinación en favor de la concordia. Un país sin festivales es un país sin espíritu y por lo tanto expulsado del tiempo histórico.

Así que, ya saben: olviden todo cuanto acaban de leer y corran a por sus entradas.

 

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