Breve conversación entre un analista de riesgos y un técnico de sistemas en el interior de un ascensor

 

Un brillante pulso dialéctico entre dos seres repugnantes

Un brillante pulso dialéctico entre dos seres repugnantes

[Pieza dialogada para dos actores y un espacio cerrado]

(En el ascensor, A coincide con otro individuo que al principio no parece percatarse de su presencia. Viste de una forma premeditadamente anacrónica: traje de tweed gris, gafas de pasta negras, zapatos italianos que apuntan hacia una Italia artesana y concisa perdida en el túnel tiempo. En su estilo confluyen el diletante del Swinging London y el burócrata del apparatus de la Europa socialista. Alfie y Erick Honecker, no necesariamente en este orden. Mantiene fija la mirada en la pantalla de su iPad, moviendo sobre ella los dedos: desplazando, contrayendo y ensanchando las retículas de cualquiera de los mundos posibles. A tiene la esperanza de que el aislacionismo se mantenga durante todo el trayecto: el abordaje de hombres desconocidos en cubiles sin escapatoria posible (ascensores, saunas, aviones) siempre le ha producido una sensación de infantilismo competitivo, de niños encerrados en una habitación sin ventanas ni juguetes buscando el triunfo protosexual por medio de su capacidad de atrevimiento, de incursión inesperada. Pero a mitad de camino el tipo levanta los ojos de su tableta como si un fogonazo de inspiración le obligara a dar un giro en sus cavilaciones. No le ofrece una mirada definida, tarda su tiempo en resituarse. La velocidad del sonido en este caso se adelanta a la velocidad de la luz. Las palabras son más rápidas que los ojos.)

B: -Siempre que estoy en un ascensor me viene a la cabeza la misma situación. Se produce una avería. El ascensor se detiene a medio trayecto. Yo y el resto de gente que vamos en él quedamos aislados del exterior. Es un pensamiento recurrente, ¿no le parece?

A: -Creo que los ascensores son buenos lugares para tener ese tipo de pensamientos. Uno se abstrae completamente, no existe ni siquiera la sensación de desplazamiento. Es como quedar encapsulado en el interior de un paréntesis.

B: -A eso me refiero. Mis imágenes van en esa dirección. Supongo que todo el mundo ha pensado alguna vez en la posibilidad de quedar atrapado en un ascensor, reconstruir la percepción de la claustrofobia, de la angustia palpitante que crece con el paso de los minutos.

A se ve a sí mismo encauzando toda una vida de violencia reprimida en el estrecho marco de una cabina de ascensor y rodeado de desconocidos. Derrotado por la presión de algo tan simple como estar suspendido en la nada. Sin nombres ni motivos, disminuido a la forma primaria del animal enjaulado entre semejantes. El poder brutal de la metáfora.

A: -Todos necesitamos proyectar un fragmento del desastre en algún momento. Supongo que tiene que ver con el factor de compensación. Mantenerse alerta, saber que las cosas tarde o temprano dejan de funcionar. Que hemos vencido a la eternidad por medio de la obsolescencia.

B: -Lo más curioso es que cuando profundizo en esos pensamientos no me siento invadido por el miedo. Todo lo contrario. ¿Sabe por qué? Porque entonces me doy cuenta de que si hubiera algún tipo de desastre, quiero decir un DESASTRE en mayúculas: una epidemia, una hecatombe nuclear, una guerra total… yo y el resto de los que estamos atrapados en ese ascensor seríamos los únicos supervivientes.

A: -Junto con el resto de personas que hubieran quedado atrapadas en otros ascensores de otros rincones del planeta en ese mismo instante.

B: -Tiene razón. Se debería establecer alguna forma en la que pudiéramos comunicarnos entre nosotros. Enviarnos información básica: nuestra posición, el número de supervivientes, la procedencia. Refundar la civilización humana a partir de un puñado de ascensores averiados convertidos en pequeñas arcas de Noé. ¿Se da cuenta? Incluso en esas circunstancias tan extremas tendríamos que recurrir al operativo de la red. Ya no podemos escapar de ella, ni tan sólo cuando sobrevenga el fin del mundo. Diría que especialmente cuando sobrevenga el fin del mundo. ¿Trabaja usted en FinCorp, no es cierto?

(A Asiente en silencio, como si en ese momento se revelara ante sus ojos que todo ha sido una pequeña treta y que en realidad ha sido sometido a un severo interrogatorio. Pero sabe que no es así. Que no es más que la saciedad, la necesidad de abrir las enclusas. La opresión de vivirse a sí mismo día tras día. Buscar salidas, alianzas ficticias y fugaces. En un ascensor, en un autobús, en la salita de espera del médico.)

B: -Yo soy técnico de sistemas.

A: -Imaginé algo parecido. Redes, comunicación, teorías sobre el desastre y las catástrofes.

B: -Um. Sí. No había caído en la cuenta. Aunque ignoro si realmente si mi trabajo me delata. Nunca me lo he planteado. Los especialistas cada vez disponemos de menos personalidad. La personalidad radica ya exclusivamente en aquello que no nos pertenece, que se nos escapa: el trabajo abstracto, el conocimiento abstracto, la violencia abstracta. Lo que nos caracteriza está fuera de nuestro control.

A: -Casi todo está fuera de nuestro control. Duodécima planta. Me temo que es mi turno.

B: -Procure mantener los nervios y el tono, amigo. Vivimos una época abonada a los desastres y hoy no tiene por qué ser la excepción.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s