Canned Rock; o Historia local de la infamia

Aquí, un juicioso señor noucentista.

Aquí, un juicioso señor noucentista.

(este artículo fue publicado previamente en una versión reducida del mismo en L’Independent de Gràcia, marzo de 2014)

Decía Walter Benjamin que todo objeto convertido en reliquia acoje en su seno una tensión dialéctica. La dialéctica de dos dimensiones de lo histórico: la del pasado en descomposición, desmenuzándose y desvaneciéndose, por un lado y la de su futuro inmediato, el tiempo en progreso imparable que en su discurrir febril ha fosilizado todo aquello que antaño (un antaño no muy pretérito, en ocasiones) parecía, en el momento pletórico de su uso, prácticamente inextinguible. Incluso en las primeras fases del capitalismo, allí por la mitad del siglo XIX, Benjamin creía (con toda la razón, por otra parte) hallar este poder epifánico en el amontonamiento y sucesión de mercancías que se alineaban en los pasajes cubiertos de París y de otras metrópolis industriales. Allí el objeto de mercado, ligado a las corrientes de la incipiente tiranía de la moda (la primera dictadura plenamente moderna, sin duda, y para la comprensión de cuyos efluvios es indispensable aventurarse a leer a Simmel), también exhibía a pesar de su refulgente aparienciencia esta contradictoria naturaleza decadente y pujante al mismo tiempo. Los mismos objetos que se ofertaban presuntuosos como trazas del capital y del consumo encabronado devenían simultániamente relíquias de un tiempo que en breve los dejaría fuera de circulación.

Todo esto tiene algo de espiritualidad material o de materialismo espiritual que, de buen principio parece poco indicado para abordar asuntos tan carentes de espesor como la mayoría de los que conforman y deforman nuestro día a día, tanto público como privado. Superficies que nos devuelven la literalidad (algo sesgada) de nuestra propia imagen y que se emperran en convencernos de cuán inútil resulta intentar romper a martillazos esa superfície reflectante, argumentando que tras esa no encontraremos otra cosa que una nueva superficie idéntica a la anterior. Pero todo acaba conectando con todo, no se alarmen. La visión epifánica de Benjamin resulta muy pertinente en un conexto en el que la revisitación histórica con ansiedades de apropiación indebida se ha extendido por doquier no ya como una moda sino como un ángulo de visión natural, consustancial a los nervios ópticos del sistema y, por extensión, de sus súbditos-consumidores-usuarios. Podemos llamarlo revival, vintage, memoria histórica, reclicaje patrimonial, palimpsesto, pastiche, retrocualquiercosa. Busquen y comparen, seguramente podrán emplear cualquiera de estos términos en el transcurso del cóctel de bienvenida de una exposición, de un ciclo de conciertos o del año del dragón chino; serán unánimemente elogiados por su aguda prospección del presente. Pero la verdad verdadera es que en todo este encadenamiento de re-visioones se esconde un factor dramático (por si alguien todavía no lo había sospechado). Funesto e infame, puestos a definir. La relíquia de la que hablaba Benjamin, a pesar de su vertiente ruinosa, ofrecía un potencia de la lectura de la Historia en términos generales que permitía establecer puentes de diálogo crítico entre el pasado y el presente-futuro-inminente. Una rendija interpretativa que desbordaba los cauces físicos del propio objeto y conseguía dotarlo de una profundida inestimable. Pero ahora no estamos en el París del XIX ni en los albores del capitalismo. Estamos en el declive sin freno de un sistema de consumo de vivencias colectivas a las que lima y raspa hasta hacer pura imagen sin reverso. El vinatge, el ejercicio de memoria rápida y soluble que acompaña la mayoría de saraos culturales con los que nos llenamos la boca una vez y otra también no aporta ningún tipo de dialéctica. Ningún pasaje abierto entre la ruína y el impulso histórico. De hecho, cada vez que uno asiste a un nuevo ejercicio de supuesta revivificación o recuperación de ciertos momentos factotum de la historia reciente -y con especial énfasis en esos que en su momento supusieron quizás no el estallido sino más bien la propagación a modo de pólvora de eso que se denominó contracultura, concepto bastardizado posteriormente en honor a un simulacro especular de sí mismo- tiene la sensación de que estos se producen no para revisar y preservar su componente de relíquia sino para dar a entender que, al fin y al cabo, no merece la pena pensar que llegaran a existir jamás. La imagen reproducida, plana y reflectante, suplanta al objeto patrimonial del que supuestamente es reflejo.

Sólo así consigo explicarme ciertos fenómenos como este Canet Roc(k) que, barnizado del estéril costumbrismo novecentista con el que tan habitualmente nos reconfortamos (y este nostros afecta a un notable espectro de creadores y de consumidores generados ambos por la mitología de la industria cultural), exhala la sulfurosa pestilencia de algo construído con la pretensión de hacer olvidar que en su momento se produjo un Canet Roc (sin k). El adocenamiento institucional y cultural se apodera del objeto-situación y lo transforma en un evento-mercancía. Un escenario en el que están todos, del primer grupo al último que tenga pretensiones de formar parte de un presente sin pasado, constituir ellos mismos sobre ellos mismos el monumento histórico. Puedo imaginarme el rictus de Pau Riba, de Oriol Tranvia, de los extintos laietanos ante semejante pandemónium funerario. El rictus de quién se ve obligado a ser partícipe de una farsa no por implicación, sino por referencia automáticamente borrada al ser referenciada. Hagan la prueba y tecleen en el buscador “Canet Roc” (sin k): verán hasta qué confines de la memoria telemática ha sido confinado el evento en favor de su asesino de reemplazo. Pero por mucho que la historia reciente liberada de sus goznes haya podido convertir ese Canet Roc en una relíquia (entre otras cosas porque difícilmente se pueden dar las condiciones ecológicas necesarias para que un metabolismo de estas características llegue a a reproducirse), la relíquia demanda y exige una mirada histórica para poder ser observada. Poetiza su progresiva descomposición y sin duda sobrevive en ámbitos de iluminación íntima y / o compartida que desatan más de un pensamiento peligroso. Pero la recuperación impostada, superficial, movida por medio de correas de transmisión automatizadas y financiadas por entidades bancarias y marcas de cerveza (entre otros epígonos del precepto inercial de consumo y endeudamiento) no genera historia, sino en todo caso na leve histeria que, como fenómeno también en sí mismo programado, se diluye en el momento en el que la necesidad de liquidar algún otro hito histórico señala que el momento de su obsolescencia ha llegado. Es necesario un nuevo reemplazo de reemplazos. Nos estamos acostumbrando a vivir de efemérides convertidas en espectáculo y olvidando la pasión inmanente que hizo posible ciertas cosas en ciertos momentos, por much que distancia a la que nos hallamos de la pantalla de proyección global nos los haga ver algo desenfocados. A este paso ni nosotros mismos mereceremos el tratamiento de relíquia en el caso de que quede alguna cosa por explorar de nuestra cultura en un futuro no muy lejano. Puesto que habremos renunciado a la historia, al hilo conductor. Habremos entendido finalmente que nunca hubo un Canet Roc y que por lo tanto va a poder haber tantos Canet Roc(k) en lo sucesivo como las necesidades de hegemonía doméstica así lo atestigüen.

 

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2 Respuestas a “Canned Rock; o Historia local de la infamia

  1. Excelente teorización que nos ayuda a conceptualizar el asco que sentimos a ese revival y a otras referencias del pasado idealizadas, descontextualizadas, abrillantadas, convertidas en meros souvenirs.

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