Las divorciadas mecánicas de Katmandú

Sin título

(Tema macromássico en ausencia de Macromassa)

No se sabe con certeza en qué reflujo,
base ácida o arabesco
se les empezó a perder la pista.
Algunos testigos, aquejados aún
de falsas aproximaciones al metal,
aseguraban, entre quejidos,
que les habían robado el ajuar de plata
y un considerable número de esquinas.
Otros, quizás más precavidos con sus cosas,
advertían haberlas visto retirarse con sigilo
por los aledaños del parque,
cargadas de estrías y retomando
extrañas conversaciones en un lenguaje
sin vínculos con este mundo.
Sea como fuere, la devastación
que las divorciadas mecánicas de Katmandú
dejaron a su paso era más que evidente.
La señal más notoria de todo ello, sin duda,
era la proliferación de puntiagudas
escamas en las legumbres así como
la implantación, a todas luces ilegal,
de una semiótica destinada
a los derivados del petróleo, que al parecer
había arraigado con cierta fuerza
en determinados vectores de la comunidad.
El surgimiento de un estructuralismo
envasado al vacío era, por esos lares,
sólo cuestión de tiempo.
Las pistas materiales que dejaron
para futuras investigaciones fueron escasas.
Cuanto menos, aquellas que permitieran
encausarlas en algún tipo de delito relevante.
Las evidencias antes mencionadas
serían en el fondo inconsistentes
ante cualquier tribunal,
que podría perfectamente tomarlas como fruto
de un salto evolutivo o de un consumo masivo
de enteógenos.
Del resto de señales sólo cabe destacar
un goteo de iridio vertido en el deambulatorio
del bar de alterne Casiopea y,
siendo generosos,
un ticket de aparcamiento
donde la fecha y el importe habían sido sustituídos,
mediante alguna técnica desconocida,
por quemaduras de cigarrillo.
Por supuesto, este rastro
supuestamente linguístico
tampoco pudo ser descifrado.
La comarca quedó así yerma
de sus típicas y alegres suspicacias,
y las férulas volvieron a aparecer en los menús de mediodía.
Un dato quedó pero sepultado:
se llamaban Nitrógena, Edurne y Camila.
Yo las desposé en su momento
y por el mismo orden les segué la vida
para después rehacerlas según marcan los cánones.
Aunque eso, evidentemente, es imposible.

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