Can Vies y la Gran Novela de Barcelona

Barcelona és bona quan la trama explota

Barcelona és bona quan la trama explota

Toda ciudad es una realidad incompleta (algunos más optimistas o condescendientes la denominan realidad en construcción) que, como toda vida socializada, reclama para sí una parcela de ficción con la que agasajar sus pulsiones y sus espacios desiderativos allí donde el despliegue de lo real no consigue echar raíces. Uno fantasea con cosas que pudo haber hecho o que hará, las incorpora a sus ensoñaciones diurnas e incluso es posible que en algún momento se le sorprenda hablando solo, recitándose a sí mismo esos salmos, esas piruetas ficticias cuya materialidad no traspasa el umbral de una incierta y muy interiorizada potencia narrativa. En el caso de las ciudades, especialmente esas ciudades que se han desarrollado como grandes ciudades o que han pretendido serlo sin serlo realmente, esa palabrería ensimismada adquiere otras proporciones acorde con las dimensiones del teatro urbano y social. Reclama un mayor espacio para aposentarse y, sobre todo, reclama lectores dispuestos a compartir esa modulación ficticia de los lugares comunes. Y he ahí que aparece la novela, la Gran Novela de una ciudad, ese artefacto que, sea escrito desde el pertrechamiento aburguesado o desde el inconformismo de la vanguardia o la conciencia de clase (aunque en la mayoría de ocasiones el asunto se afianza en una extraña bisagra entre ambas cosas) se adhiere a la piel de lo vivido añadiendo un suplemento energético que sirve para embellecer el mapeado urbano, emfatizar su magia histórica, taxonomizar sus habitantes o, sencillamente, contribuir a un mito fundacional en constante proceso de renovación. Así fue con el París de Victor Hugo, con el Londres de Dickens, el Berlin de Döblin, el San Petersburgo de Dostoievski o el New York de Dos Passos, por poner algunos ejemplos heteróclitos cuyas últimas motivaciones morales y estéticas tampoco es necesario detallar aquí.

¿Y Barcelona? Pues Barcelona, como buena ciudad construída a base de fagocitaciones territoriales (Sants, Gràcia, Sant Andreu, Sant Martí, etc) y espirituales, también anheló desde siempre poder presumir de su Gran Novela. Su narración épica (aunque fuera una épica de tono y perfiles bajos, ya se sabe que a los catalanes nunca nos ha gustado demasiado eso de hacer ruido, será porque nos distrae a la hora de echar cuentas) que le permitiera atravesar las épocas exhibiéndose como un producto cada vez más acabado, en el sentido de perfilado y definido. Barcelona, una vez consolidado el factor habitáculo y habitante (aunque fuera por anexión administrativa o por aglomeración industrial) requería también tener sus propios lectores. Y eso funcionó, a trancas y barrancas. Primero con los intentos de la burguesía noucentista  de fraguar una mitología novelesca de Barcelona cuyos parámetros resultaban tan previsibles y comercializables como las retículas del Eixample (pienso en Vida Privada de J. M. de Sagarra, sobre todo). Después con el despegue de toda esa novelística sin aspiraciones aparentes de Gran Novela pero a la que el cánon literario acabó situando en ese pedestal, una novelística de aroma charnego y coordenadas periféricas destinada a implantar la visión panorámica en una ciudad estrecha de miras (Marsé, Candel, Vázquez Montalbán en cierta, sólo cierta medida) y cuyo epígono final, glorioso y por eso mismo bastardo hasta la médula, fue Francisco Casavella. Y ha habido otras novelísticas que buscaron la grandeur de Barcelona, incluso novelísticas fílmicas llegadas con el pasaporte turístico y una mirada de espectro pacato por no decir sonrojante (las madres de Almodóvar, las Vickys y Cristinas de Woody Allen). En fin.

El precio que paga una ciudad por abusar de la narrativa mitologizante es incurrir en la fantasmagoría generalizada. Cuando el ámbito de la ficción ya no es suficiente para dibujar la fantasía, el fantasma se libera y se propaga en lo real. Las costuras de la Gran Novela de Barcelona estallaron desde el momento en el que las administraciones decidieron que, en lugar de tener su Gran Novela, Barcelona misma sería una ficción perfectamente novelada y disponible en cómodas entregas para el recreo de los millones de lectores que cada año pasarían, convenientemente adiestrados, sus páginas. Páginas con cada vez menos texto y fotografías a todo color y tamaño, Gigafotos que acabarían envolviendo las propias páginas, desbordándolas y convirtiendo la novela en un artefacto esférico sin un punto de arranque ni uno final. Curiosamente, la mejor manera que encontraron de encumbrar la ciudad fue que esta ciudad dejara de existir, que aparentera que quizás no había existido jamás fuera de los catálogos y las guías y el palimpsesto de escaparates. Pero todo fármaco tiene sus efectos secundarios. Más aún si se ingiere de manera irresponsable y en sobreabundancia. Con el tiempo, mientras la materialidad fáctica y real de la ciudad quedaba reducida a la constatación de su encarecimiento abusivo y de su desertización pública, Barcelona fue perdiendo lectores entre su propia masa de ciudadanos. Hasta que ha llegado el momento en el que ni se la cree ni se la lee. Sus pasajes embellecidos van a parar directamente a las agencias de promoción de congresos y a los Hubs turísticos, cuando no a la reflectante superficialidad de las pantallas en las que las noticias se proyectan y rebotan, cada vez más lejos. En la base lectora de esta Novela ya no queda casi nadie capaz de digerir un solo párrafo más sin sentirse profundamente engañado, como se siente el lector que constata, mientras avanza en su best seller de turno, que el autor ha acabado tomándole por idiota. Barcelona es una novela que ha tomado por idiotas a sus lectores, hasta el punto de forzarlos a ser personajes de una trama que no les pertenece y expulsándolos en cambio de aquellos hilos argumentales que habían ido construyendo paulatinamente con el paso de un tiempo que, ese sí, era todo suyo.

La mecha de este despropósito narrativo se encendió con el desalojo de Can Vies, en Sants. Pero esa mecha llevaba mucho tiempo preparada, demasiado cerca de material altamente inflamable. el #EfecteCanVies no ha sido tan sólo el arrebato ciudadano frente a políticas extractivas y despóticas por parte de las administraciones, así como frente a las lesivas formas correctivas que las fuerzas de seguridad patrias siguen practicando cada vez de manera más sociópata y extendida. Eso, creo, resulta tan palpable que debería generar incluso rubor la simple necesidad de referirse a ello con ánimo explicativo. Al margen de esto el #EfecteCanVies ha sido el carpetazo de mucha gente a una trama novelesca que, inoculada en la de lo real, ya no es capaz de sustentar ninguno de sus trucos ni ninguna de sus trampas. Ha sido el estallido de una narratividad común destinada a cortocircuitar de manera performativa lo que la ciudad había intentado petrificar o, por el contrario, erosionar por medio de sus aparatos discursivos y punitivos. La Gran Novela de Barcelona ha sido aniquilada. Pero lo más crucial es que con ella también ha sido aniquilada la propia ciudad y su imagen, indistinguibles entre sí y respecto a la ficción novelada de las mismas. Es un salto al vacío mucho más relevante de lo que podemos pensar, una especie de shock argumental que transporta la ciudad a un paisaje ex nihilo del que no sabemos si volverá a recuperarse. Lo único cierto es que, en caso de hacerlo, Barcelona tendrá que ser reescrita por otras manos y otras mentes. Quizás requiera también entonces sus particulares artilugios mitológicos, pero estos serán ya sólo para explicar y no para encubrir o deglutir lo real. No nos habíamos dado cuenta y estábamos a las puertas de poner los cimientos (ardientes, inestables) de una gran obra. Extremadamente realista y colectiva.

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