CONSTRUIR ENTRE TODOS EL PUEBLO MÁS DIVERTIDO

Veamos...

Veamos…

La caja tonta ha ido aprendiendo con el tiempo. Tan sólo ha sido necesario que dispusiera de los tutores calificados, que la ideología refinara sus métodos pedagógicos aunque el resultado escénico pueda seguir pareciendo burdo, grosero. Pero ese detalle estético pasa bastante desapercibido por cuanto la realidad instituída hegemónicamente también ha ido adquiriendo con el tiempo ese mismo carácter de grosería impune. Así, sin un corte definido entre una y otra forma de espectáculo, perder las formas ya no es tan grave mientras se mantenga la disciplina del fondo.

Hubo un tiempo en el que se consideró que el mayor peligro de la televisión era su potencial evasivo. Que la narratividad que propagaba adolecía de profundidad y espesor y generaba largos periodos de placentera narcosis durante los cuales el sistema se dedicaba a sus cosas, atando y socavando mientras el espectador / consumidor era sometido a un cuidadoso drenado de cerebro. La era opiácea del entretenimiento catódico (posteriormente plasmático). Más que forjar un carácter social lo que se pretendía era suspenderlo. Obturarlo y mantenerlo a flote en un éter sin atributos. O, a lo sumo, proyectarlo lo más lejos posible. A mundos de fantasía adinerada, hipersexual, rutilante. Se veía posible emplear la solemne estupidez como una poderosa arma biológica suministrada desde distancias prudenciales y sus efectos resultaban harto prometedores: esterilidad mental, atrofia muscular, progresiva degeneración de la memoria. La variante proporcionada por la manipulación informativa, que como el dinosaurio de Monterroso siempre había estado ahí, era como la cobertura de azúcar glassé de un pastel inacabable. Una repostería mediática inspirada en la figura mitológica de la Hydra: por cada zafiedad televisiva que perdía la cabeza, dos nuevas surgían de ella.

Pero bueno, eso eran otros tiempos. También el sistema de poderes era otro, entonces. Mucho más ramplón, más timorato incluso. Se conformaba con diluir la psicología colectiva y así encauzar la historia recién inaugurada en un tránsito costumbrista con sus correspondientes destellos de color. Todo esto cambió desde el momento en el que el sistema, lo bastante consolidado y reforzado como para exhibirse impúdicamente como régimen, se vio en la tesitura de dar un paso adelante. O dos, mejor dicho. Uno, en el espacio de lo fáctico y lo real, el espacio físico en el que se dirime la dialéctica de lo público y lo privado. Ya saben: usurpación, represión, exclusión. La actividad institucional se multiplicó y así ha seguido, surfeando en un crecimiento exponencial. El otro paso se ha dado en los medios. La manipulación o desinformación ha penetrado en un terreno cualitativamente distinto. Especialmente en lo referido al córtex dedicado a la diseminación del entretenimiento, ahora moviéndose a sus anchas en pantallas mucho más amplias y extrafinas en las que la separación respecto al otro lado es casi imperceptible. Es posible que esta separación marginal, insignificante, sea un corolario bastante ilustrativo del nuevo camino que sigue la televisión como aparato de captura. Ya no se trata de diluir o vaporizar el carácter, sino de re-configurarlo. Re-programarlo. Quizás con un cierto tiempo de retraso, pero los entes públicos devidamente instrumentalizados parecen haber reflexionado bastante sobre los réditos que puede arrojar eso de la construcción de la subjetividad. Sobre todo en un contexto en el que esas subjetividades parecen empezar a mostrar preocupantes signos de resistencia. De oposición frontal.

Entre todos, nada

Entre todos, nada

De ahí surgen, por ejemplo, dos aberraciones recientes. Dos engendros plenamente distópicos que, por su barniz naturalista, no hacen más que contagiar de ese factor distópico toda realidad circundante. El primero fue “Entre todos”, un perverso dispositivo de domesticación conductual construído alrededor de un espinazo de pietismo nacional-católico cuyo principal objetivo es, no la erradicación de la pobreza (el programa busca “cómplices” desinteresados entre la audiencia dispuestos a costear las penurias de otros ciudadanos, demostrando hasta qué punto la caridad individual puede suplir un deficitario sistema de coberturas públicas tan demodé y ruinoso como la propia noción de sociedad) sino la erradicación de la idea de la pobreza como fenómeno consustancial y estructural del presente. Presentándolo como un fenómeno catastrófico equiparable a los tsunamis y terremotos, una sacudida de la madre naturaleza que merece toda nuestra compasión y nuestra entrega acrítica y unidireccional. Lo que importa es la empatía teledirigida y en ningún caso la reflexión crítica sobre los orígenes de esa pobreza.

El pueblo, unido en el chipiriflautismo

El pueblo, unido en el chipiriflautismo

El segundo engendro fue parido hace muy poco. Se llama “El pueblo más divertido” y su plan es tan simple como estrambótico. Parece obra de un cerebro criminal salido de las aventuras de ese agente Flint encarnado por la versión más lozana de James Coburn. El susodicho plan busca premiar el pueblo que despliegue un sustrato más ocurrente, un catálogo de variedades humanas más pintoresco y cómico. Semejante demostración de plasticidad humorística será debidamente recompensado con una retribución económica destinada, como no, a obras de beneficencia. Ni siquiera al pobre bufón se le da el gusto de ser pagado por su trabajo. Si “Entre nosotros” busca banalizar la pobreza esta cruzada en pos de “El pueblo más divertido” exhibe una estrategia de banalización mucho más integral y salvaje. Y que actúa (o pretende actuar, ya veremos hasta cuándo aguanta) como poderoso cortafuegos a esa tendencia ignífuga que últimamente están experimentando muchos barrios y pueblos del estado español. Esa tendencia a cabrearse, a plantarse ante excavadoras, representantes consistoriales, técnicos de fracking y demás y escupir un sonoro “no va más” con sus correspondientes adminículos propios de la guerra abierta y sin tapujos: piedra, fuego, velocidad de escape, determinación. Lógico que, ante eso, el régimen busque difundir la vacuna de la alegría atolondrada, del divertimento pueblerino sazonado, además, con el infalible goteo aromático y colorante de la moral benefactora. La TV se ve en la ingrata obligación de recordarle al ciudadano que la gente es así y no como un grupo de primates encapuchados anclados en el comunalismo pretende hacer creer.

Y así, entre todos construiremos el pueblo más divertido. La jugada es peligrosa, puesto que busca la complicidad, la participación activa de la gente en el propio proceso de alienación. Una forma de alienación activa ingerida como antídoto ante la desazón provocada por la fatalidad irreductible de la miseria material y la caprichosa voluntad de unos pocos de cambiar las cosas fuera de los cauces cuatrianuales y altamente representativos de esta democracia. Y es también peligroso en la otra dirección, en la que apunta directamente a sus promotores, puesto que la banalización es también una forma de violencia simbólica y uno ya empieza a tener una gran habilidad para detectar los intentos de corte y confección y la propaganda insultante. Haría falta bastante más que eso para que muchos de nosotros olvidáramos que ahora no es tiempo de diversión. O al menos no de esa diversión, que es la de los mismos que se han divertido a nuestra costa todo este tiempo. Podremos acompañarlo todo, eso sí, de cierto grado de humorismo, puesto que éste (a diferencia de eso tan bergsoniano de “dar risa”) tiene mucho de dirupción terrorista si se aplica debidamente. Aún y así, nuestro tiempo actual es tiempo no ya de indignación sino de cólera. Y cada nuevo insulto proferido desde el otro lado no hace más que alimentarla. “El afán y la cólera”, que diría el gran Ovidi Montllor.

 

 

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