Summa Thuristica

Imagen muy nítida y sobreexpuesta de una ciudad muy nítida y sobreexpuesta

Imagen muy nítida y sobreexpuesta de una ciudad muy nítida y sobreexpuesta

Veamos.

Ciertamente una buena parte de esta exposición sonará a obviedad. A sobre-exposición. O, cuanto menos, a una cierta distribución, más o menos ingeniosa, de lugares comunes. De trópicos habituales en formato folleto. Pero en los tiempos que corren a veces la literalidad y la ausencia de escrúpulos poéticos resultan necesarias: se nos está escatimando la realidad a un ritmo de crecimiento exponencial y nuestra circunstancia particular (individual y / o colectiva) pierde espesor al tiempo que se con-funde alegremente con la textura catódica de esos universos paralelos que cristalizan en esa cosa llamada espactáculo. Recuperar la densidad matérica de las cuestiones evidentes es pues un asunto farmacológico urgente. Y no debemos olvidar que para los griegos (los antiguos, los arcaicos que dictaban las mitologías en lugar de sucumbir a otras interpuestas desde las tierras bárbaras) el fármaco era tanto la cura medicinal como la toxina alucinógena.

Partimos pues de un hecho objetivo, inapelable. Un fenómeno que, de hecho, podría considerarse el relevo contemporáneo de ese concepto universal con el que las ciudades y sus gentes afrontaron la luminaria iridiscente de su Ilustración: la ciudadanía. Un concepto que se ha ido marchitando, sea por el usufructo negligente que las instituciones han llevado a cabo del reservorio natural de esa ciudadanía (ergo la ciudad), sea por el empleo librecambista y adúltero que ha hecho de esa noción cierta high class con ánimos revanchistas y gentrificadores. Sea como fuere la ciudadanía, como poso fundacional y articulador de un modelo global de habitante y usuario del espacio urbano (unido a un sentimiento de fructífera copertenencia entre entre ambos), ha sido poco a poco borrado del mapa. O, mejor dicho, se ha ido elaborando un mapa alternativo de cuyas leyendas y símbolos la ciudadanía ha sido excluída. Pero no se azoren, hoy en día existe un recambio a esa figura: el turista. El turista ha devenido la única categoría onto-sociológica con un potencial de dispersión y de injerto en el imaginario global capaz de ser tildado de universal. Incluso más que universal, absoluto. El turismo, que nació en Inglaterra en el siglo XIX como proyecto de movilización y de proselitismo de las ligas anti-alcohol los miembros de las cuales eran empaquetados y lanzados a volunariosas peregrinaciones en ferrocarril perfectamente organizadas (un siglo más tarde ese peregrinaje sigue teniendo en muchos casos el alcohol como elemento aglutinador, si bien más por apología que por censura). Y que ha desarrollado en su historia reciente la más perfecta maquinaria generativa y exportadora de prototipos, rutinas, valores endémicos y dinámicas económicas. Que ha hecho indistinguibles a los individuos y a las ciudades contituyendo sin duda el proceso revolucionario más exitoso de los tiempos recientes.

En serio. A pesar de la obviedad que resulta a estas alturas hablar del turismo como concepto y del turista como especímen derivado de dicho organum universalis, a un servidor ambas cosas le siguen provocando un terrible desasosiego físico y también espiritual. En lo perteneciente a la esfera física o material el desasosiego es prístino y sus causas tan feacientes como escandalosas: remodelación de los espacios, uniformización de los territorios, gentrificación, hipertrofia, adocenamiento y estetización trascendental. Pero el reverso espiritual no deja de ser también terrorífico. Como asistir una y otra vez al cumplimiento de una profecía. Ser testigo de una escatología que se consuma y se renueva a sí misma una vez tras otra. En cierta forma el turismo, atraído por la espectacularización de los territorios globales, ha devenido él mismo un fenómeno espectral: translúcido e imposible de apresar, se escapa de entre nuestros dedos y nuestros pensamientos y de repente nos volvemos a topar con él, implacable e impecable, dispuesto en la casilla de salida. Listo y preparado para volver a la carga. El turismo ha convertido el viaje y el descubrimiento en el eterno retorno de la misma imagen. El pliegue y repliegue del mundo sobre la misma ínfima costura.

Valdria la pena quizás incorporar algún tipo de conocimiento de causa a título personal en toda esta carga de especulaciones. Hace tiempo, paseando por Lagos (el Lloret del Algarve), pensé en que tendría que llegar el día en el que un avispado cineasta con espíritu de antropólogo y visión periférica de documentalista ensayara un experimento parecido al que llevó a cabo Norman Spurlock con SuperSize Me, permutando el consumoi de hamburguesas por la simbiosis turística: ¿qué pasaría si un atrevido voluntario se ofreciera a experimentar en primera persona lo que supone vivir durante 30 días y de forma ininterrumpida como un turista? ¿Mapeando el espacio como un turista, practicando el criterio dietético de un turista, estableciendo la misma eacala de valores patrimoniales de un turista y su misma captación de memorias colectivas? Seguramente el único capaz de responder a esta pregunta sería, en efecto, un turista. Pero por norma general el turista no responde a preguntas: las formula. Por lo tanto, la esencia universal de la condición turística es un enigma que tan solo podría resolverse por medio del acto sacrificial de ser-uno-de-ellos, consciente de que después de eso uno ya no será capaz de recordar ni de retener otra cosa que aquello que de hecho ya había recordado y retenido antes gracias a ese eficiente dispositivo llamado propaganda.

Quedaría sólo entonces la opción de contemplar. No me malinterpreten, no estoy rechazando la resistencia contra los efectos de la marea turística y de sus conspícuos sicarios políticos y empresariales, sino expresando la consternación ante el misterio irresoluble que supone el turista como causa sui. Despojados de la virulencia física y de la revolución geográfica, intentando penetrar en vano en el núcleo metafisico de los por qués y los cómos de esa categoría universal que es el turista, nos hallamos frente a algo imposible de interpelar. Algo que reclama ser observado en la distancia prudencial, separados por esa invisible y al tiempoo impenetrable barrera que nos distingue a nosotros, meros soñadores, de esa nueva y soberana ciudadanía del planeta. Con ellos culmina toda una historia llamada, por descontado, Historia Universal.

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